VIDA EN LAS AULAS

Un grupo de estudiantes del IES Río Gállego de Zaragoza recorre el Camino de Santiago

Los jóvenes vivieron esta experiencia en primera persona realizando el tramo que va desde Somport hasta Jaca

Estudiantes del instituto Río Gallego de Zaragoza recorren el Camino de Santiago.

Estudiantes del instituto Río Gallego de Zaragoza recorren el Camino de Santiago. / IES RÍO GÁLLEGO

Javier Gallego Remiro

Beber veneno por licor suave, olvidar el provecho, amar el daño; (...) Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Se trata de unos versos que nos regaló Lope de Vega, con los que cierra un emblemático poema.

Quien probó el Camino de Santiago, sabe que se trata un recorrido histórico cargado de energía, y que permite aprender, disfrutar, estar solo y en equipo, ayudar y ser ayudado, gozar agotándose y celebrar una ducha, adorar una comida a menudo compartida.

Quizá por todo ello y mucho más, echarse al camino puede ser una actividad escolar en la que aprender una lección inolvidable: patrimonio, geografía, gastronomía, espiritualidad, amistad, gestión de dificultades, organización de trayectos, equipos y medios, etc.

El Camino de Santiago de los estudiantes del IES Río Gállego

Un grupo de quinceañeros del IES Río Gállego de Zaragoza, coordinados por Luis Sin (Red de la Experiencia) y Javier Gallego (Orientación), se lanzó a la frontera de Francia y España, Somport: e inició bajo las dificultades del frío, la lluvia y la exigencia de nuestro Pirineo la tarea de acometer el camino jacobeo aragonés, en el que iríamos sellando nuestros credenciales hasta Jaca. Allí habría de concluir nuestra primera aventura, después de pernoctar en Canfranc.

Para poder instalarnos en el espectacular albergue de peregrinos de ese pueblo oscense, no podemos ocultar nuestro estupor y rabia por haber sufrido dos horas de incertidumbre, pies empapados, espaldas doloridas, agotamiento, y la negativa de los hospitaleros voluntarios a acogernos, con pretextos realmente ‘peregrinos’. Finalmente, se impuso la razón y nuestra paciencia, buenos modales y algún tirón de orejas de ediles, jefes de la Asociación del Camino e, incluso, la presencia de la Guardia Civil, logró que pudiéramos regalarnos esa merecida ducha caliente, y una cena compartida que acabó con el hambre y la tensión.

El resto fue verdaderamente espectacular; la complicidad del equipo humano (fuimos asistidos por un tal David, verdadero ángel de la guarda), los padecimientos y risas compartidos (Ousman llevando la mochila de una Laura a punto de derrumbarse), las bromas de Aharón, una Keiryn respirando libertad y amor por la Naturaleza… así como los silencios de Miguel Ángel y Samuel, la grandeza de Daniel, la abnegación de Elena, las carcajadas de Laura, la divertida bondad de Ousman, el abominable hombre de las nieves entre nosotros -Adrián, no mucho más embalsamado en abrigos e impermeables que Lizandro-.

En definitiva, una aventura fuera del aula que ha merecido mucho la pena. Nos sentimos soldados con una misión que no ha hecho más que empezar, y que nada tiene que ver con la guerra, pero sí con la épica. Somos peregrinos, en nuestra humildad, aspirantes a llegar a Compostela; conscientes de que no es la meta, sino la ruta. Esa metáfora de la vida, que ya ha empezado a aportarnos serenidad en las dificultades, paciencia, revisión de nuestras existencias y alegría de vivir.