Rincón literario: Los alumnos del IES Miguel de Molinos charlan con sus abuelos

Dos abuelos están sentados en un banco, charlando.
El Periódico del Estudiante
Los alumnos de 4º de ESO del IES Miguel de Molinos han escrito unos relatos tras hablar con sus abuelos. Aquí, alguno de los resultados:
Mi abuelo, por Hugo Agúndez Macipe
Mi abuelo es una persona con mucha experiencia, así que es difícil centrarse en solo una de sus muchas aventuras, por eso narraré sus historias por la península antes de llegar a Aragón, donde se asentó.
Era el verano de 1962, él tenía 19 años. Su vida entonces era la de un chico de campo que nunca había salido de su pueblo natal en León, Vallecillo. Un buen día, estando cuidando del ganado, una serie de dudas comenzaron a cruzarse en sus pensamientos... ¿qué iba a hacer con su vida en el futuro?, ¿a qué se iba a dedicar?, ¿realmente quería quedarse en su pequeño pueblo toda la vida? Tenía familia en Madrid y en Barcelona, y sabía que la vida pueblerina era difícil, que vivir en grandes ciudades sería más sencillo, habría más trabajo y oportunidades. Así que se armó de valor, se despidió de la familia que aún permanecía en el pueblo y se aventuró a lo desconocido, partiría rumbo a Barcelona.
Después de bajar del tren León-Barcelona, en esa estación en la que nadie se conocía, pero todos iban al mismo sitio, le esperaba su hermano para adentrarse en esa gran ciudad, como un inmigrante en su propio país.
En Barcelona la vida era difícil, la gente pasaba y pasaba con prisa, el ruido de los coches, la contaminación presente en el ambiente, el murmullo de la gente mientras cada uno iba por su camino, edificios en lugar de horizontes... eso era lo que de verdad impresionaba a un chico de campo, que no tuvo otro remedio que adaptarse a su nueva realidad.
Mi abuelo trabajó en Barcelona durante cuatro años, en los que trabajaba por las mañanas en un taller de inyección mecánica, y por las tardes las pasaba deambulando por las angostas calles barcelonesas, dando una caminata hasta el mar para observar como las olas rompían con las rocas desapareciendo en el puerto. Esas tardes, regresaba caminando lentamente hasta la pensión en la que dormía en el barrio de Sants viendo desde la ventana de su habitación como el sol caía bajo la silueta de los edificios de Barcelona sin que se amainaran los ruidos del ajetreado exterior.
Después de cuatro largos años en la ciudad que nunca duerme, a mi abuelo le tocó hacer la mili en las Islas Baleares, otra vez cerca del mar, así que sin pensárselo dos veces, se preparó la maleta y se adentró en los entresijos del ejército. La instrucción la hizo en Palma de Mallorca para terminar el reemplazo en el cuartel de Ibiza, dónde estuvo todo un año, guardando buenos recuerdos de aquella época.
Cuando regresó a Barcelona en el 67, ya estaba harto del mar que se dibujaba en el horizonte de su ventana en la pequeña habitación del barrio de Sants y decidió viajar a la capital. Así que otra vez empacó sus cosas en una maleta y tras varias horas de viaje en un tren roñoso y con asientos mugrientos, llegó a la capital de España iluminada por un sol que teñía el cielo de color, mi abuelo recorrió sus estrechas calles y anchas avenidas hasta el atardecer, en esa Madrid todavía bajo la dictadura de Franco, pero mi abuelo estaba feliz por el cambio de aires.
La primera tarea fue encontrar alojamiento, en una pequeña pensión cerca de la Puerta del Sol y la segunda, buscar un nuevo trabajo. En Madrid mi abuelo no tardó en adaptarse, y el tiempo pasó poco a poco... primero días, luego meses y luego, tras unos cuantos años, y haciendo gala de su espíritu nómada, cogió su mochila para llegar a Zaragoza, dónde vio la majestuosa catedral del Pilar reflejándose en el Ebro. Ahí en las calles de Zaragoza, conocería al amor de su vida, a su acompañante, mi futura abuela.
Mi abuelo se asentó en Zaragoza y fundó nuestra familia que un poco como él, seguimos buscando nuestro destino. Pero él nos lleva ventaja y aunque haya hecho su última etapa, seguirá andando eternamente en los corazones de su familia.
Mi yaya Carmen, por Ana Rodríguez
¡Por fin es verano! Lo que significa que estamos yendo a Vigo a estar unos días en la antigua casa de mi padre, es decir, la casa de mi abuela Carmen. Lo que no me convence tanto, es que, aunque sea verano, el profesor de lengua nos ha mandado deberes. bueno realmente es una sola redacción, pero aun así no me gusta mucho. Además, tiene que ser sobre nuestros abuelos, pero me acabo de dar cuenta de que no sé tanto de mi yaya como yo creía.
Tras 8 horas de viaje, con mis dos hermanos mayores apretujándome en el asiento del medio, al fin llegamos. La yaya nos recibió como siempre: con un apretón fuertísimo, una energía radiante y una felicidad contagiosa. Rápidamente nos invitó a entrar a casa y aproveché para explicarle sobre la redacción que tenía que hacer.
—Siéntate en el columpio y coge una libreta que la necesitarás. —Me dijo.
Yo obedecí y me puse a escuchar atentamente a mi abuela y a escribir.
—Nací ya hace bastantes años en una ciudad de Galicia, que se llama Vigo. Es una ciudad preciosa con sus barcos y sus playas. He tenido una infancia muy bonita y unos padres muy buenos que siempre han estado a mi lado y me han querido mucho.
De pequeña fui al colegio y a los once años, la profesora me dijo que no tenía nada más que enseñarme y que tenía que ir al instituto, donde siempre saqué muy buenas notas.
—Vale yaya, ya tengo la información necesaria, ¡muchas gracias!
—De eso nada Ani. —Así es como me llama.
— Aún me queda por contarte algunas cosas más. —Continuó.
—Después del instituto estudié contabilidad, taquigrafía y mecanografía y luego trabajé en una empresa en el control, donde conocí al yayo. Estuvimos saliendo cuatro años y nuestro noviazgo fue muy bonito. Después de ese tiempo nos casamos y fue cuando dejé el trabajo para cuidar de mi familia. Al final formamos una familia muy bonita, un chico y dos chicas muy buenos. Cuando ya los niños eran algo mayores, volví a trabajar, pero esta vez en una residencia cuidando gente mayor. He sido feliz con mi marido y con mis hijos. Ahora también lo soy con mis nietos y mi nuera que los quiero con locura.
—Jolín yaya, creía que sabía muchas cosas de ti, pero me he dado cuenta de que no. —Le respondí.
—Pues aún tengo dos historias, que la verdad me marcaron mucho. ¿Quieres que te las cuente? —Me preguntó.
La verdad era que no necesitaba más información para la redacción, pero me había gustado tanto escucharla hablar sobre su vida… Además, me habían entrado ganas de saber sobre esas dos historias que le marcaron tanto.
—Primero te contaré la del puente de Rande. Resultó que cuando yo aún trabajaba, todos los días tenía que cruzar este gran puente de un color plateado. Este unía los bellos municipios de Moaña y Redondela, los cuales estaban separados por las encantadoras y pintorescas Rias Baixas. Este paisaje en días soleados era precioso ya que podía ver las bateas y los montes.
Como ya sabes, aquí hay veces que hace muy mal tiempo y justo un temporal iracundo me pillo conduciendo hacia el trabajo con una compañera. Empezó a llover muchísimo, una lluvia densa y persistente que no me dejaba ver, cuando de repente noté como el feroz viento levantaba mi pequeño Renault Clío azul oscuro, por un lado. pensé que el coche caería con nosotras dos dentro al agua. Pero gracias a Dios supe dominar la situación y logramos cruzar el puente de Rande sin ningún accidente.
—¡Eso nunca me lo contó papá! Que suerte que pudiste resolver la situación yaya.
—La verdad es que fue un milagro. Ahora te voy a contar la otra historia que esta sí que me dejo muy triste y aún me acuerdo a la perfección.
Tu sabes que a lo largo de los años hemos tenido muchos perros ¿verdad Ani?
—Si yaya.
—Bueno, pues hace más o menos treinta y tres años, teníamos dos perros: Donald, que era un pastor inglés y Moro que era un pastor alemán.
Moro era un can muy cariñoso, juguetón y nada independiente. Nos seguía a todas partes e incluso llegaba a escaparse de casa para seguirnos. Me acuerdo que muchos días, cuando tu papá iba al colegio, Moro saltaba el portal verde, que antes no estaba tan reforzado, e iba corriendo hasta el colegio para ir a junte de él. Esto lo empezó a hacer regularmente hasta que un día paso lo peor. Me iba a trabajar y Moro no se separaba de mí. Lo ignoré, cogí mi coche y me fui. Pero al parecer, salto el portal como de costumbre y me siguió corriendo.
Desgraciadamente cuando volví, tus tías me dijeron que moro había desaparecido y que hacía mucho que no volvía. Salimos a buscarlo, bajamos al parque, a la ciudad, pero moro no aparecía. Aún teníamos la esperanza de que volviese, pero eso nunca ocurrió. A día de hoy seguimos pensando en que nos robaron al pobre animalillo.
Nos dejó un vacío tremendo incluyendo a Donald. Debido a eso tuvimos que encontrarle un sustituto, el cual no se parecía en nada a Moro. Pero eso ya es otra historia, porque ya se nos ha hecho tarde y tenéis que cenar.
—Qué pena yaya. Se le veía que era un perro supercariñoso y que hubiera dado todo por vosotros. ¿Mañana me podrás seguir contando tus historias? ¡Es que me encanta escucharte!
—Claro que sí Anita, pero ya mañana. —Me dijo para finalizar la conversación.
En ese momento me di cuenta de que nunca había escuchado atentamente a mi abuela. A ella le encantaba escuchar las cosas que decíamos en la mesa y por lo tanto no nos solía contar tantos acontecimientos.
Mi abuela preparó la clásica cena de bienvenida: huevos fritos de las gallinas de su prima Limpi, con patatas fritas y chorizos gallegos. Cuando se sentó a la mesa le dije: — Oye yaya, ¿nos puedes contar una historia? Ella se río y se dispuso a contar una alocada historia sobre una serpiente.
¿Quién diría que gracias a un trabajo de lengua podría haber aprendido a escuchar a mi abuela?
*Cuando le pregunte a mi abuela para hacer esta redacción, me contó que le gustaba escribir poemas. Y la redacción como forma parte de la asignatura de lengua me pidió que si podía incluir estos poemas suyos.
Tito Paco, de Nuria Xiaojiao Bringas Gutiérrez
Mis dos padres provienen de Cantabria, una comunidad autónoma al norte de España, por lo tanto, la mayoría de mi familia reside en esas tierras pasiegas. Es por eso por lo que vamos a Santander cada vez que podemos desde que tengo memoria.
La verdad es que mis padres echan mucho de menos la familia, el mar y Cantabria en general, sobre todo mi madre, quién es muy apegada a las montañas, la costa… y no puede evitar soltar algunas lágrimas cuando debemos partir de vuelta a Zaragoza.
Mucha gente me pregunta la razón por la que estamos aún en Aragón si mi padre ya no trabaja. La razón es bastante simple: cuando mis padres pensaron en volver a su hogar, la pandemia llegó, y con ella, las esperanzas de ellos de mudarse, y ahora que ya he empezado el instituto y mi hermana tiene trabajo, no tiene remedio y solo podemos conformarnos con ver a nuestros seres queridos unas pocas semanas al año, y eso implica visitar a tito Paco.
Tito es el nombre que se le da, aunque sea extraño, a tu abuelo. Y tita, a tu abuela. Mucha gente llama así a sus tíos, pero en Cantabria todo es distinto. Allí, no decimos trapo de cocina o bayeta, se dice “rodilla”. Tampoco decimos tendedero, decimos tendal. En Cantabria hay bastante laísmo, y aunque no sea correcto, escuchar ese acento y esa manera tan peculiar de hablar te hace sentir una comodidad y alegría inexplicable, como lo que siento cada vez que llamo a la puerta del edificio frente a la iglesia. Ese edificio antiguo y común, pero que en uno de esos pisos vive mi querido tito.
Mi abuela murió hace dos años, y aunque no se llevaba bien con mi abuelo, estaban juntos y se hacían compañía. Pero ahora no. Mi abuelo está solo, aunque le visiten mis tíos y vaya al bar algunos días. La edad no ayuda, y sus ganas de salir disminuyen. Las personas mayores como mi abuelo, que tiene 93 años, no siempre están con ánimos de salir contigo a comprar o a pasear por la alameda y se frustran porque no escuchan bien, o por lo menos mi abuelo, que pasa muchos días solo y se aburre con facilidad.
Tito Paco nunca ha sido un señor muy parlanchín, pero en las cenas de Navidad, a veces, cuenta pequeñas batallitas de cuando era joven. Una que ya me sé de memoria de las veces que me lo ha contado es la historia del martillo.
Francisco en ese entonces iba de vez en cuando al taller en la bolera para matar el tiempo y fue un día, tratando de arreglar uno de los bolos, cuando con el martillo machacó uno de sus dedos. Tanto fue así, que un trozo del material se quedó incrustado hasta el día de hoy y seguramente, la eternidad.
Cuando yo era cría, me gustaba mucho enredar con ese trocito de metal, y por eso mi abuelo me contaba la historia cada tanto, aunque la historia favorita de toda la familia es la siguiente:
Hace ya muchos años, tito trabajaba en Simago y era común para él viajar de vez en cuando por trabajo, es por eso que se encontraba en Madrid aquel día. Ya tenía el billete de vuelta y a mediodía ya estaría en casa con su familia, pero a último momento se dio cuenta de que le faltaban recados que hacer, unas cosucas sin mayor importancia, y llamó al teléfono fijo de su hogar para notificar su llegada tardía. Mi tío en ese entonces trabajaba en Laredo y mi abuela no estaba en casa, por lo que la que descolgó la llamada entrante fue mi madre, quien estaba a punto de irse a la escuela y no le dio tiempo a comentárselo a nadie.
La mañana pasó sin ningún inconveniente, pero a la salida mi madre escuchó a muchos de sus compañeros hablar sobre un accidente:
El único avión de Madrid a Santander se había estrellado y no se ha encontrado ningún superviviente.
Oh no.
Mar, mi madre, corrió rápido hasta su casa, que estaba un poco lejos, esperando encontrarse ahí con su madre. Mar estaba agotada tras correr, nunca había sido muy atlética. Su cara roja y su respiración acelerada la delataban.
Una vez llegó al tercer piso del portal 2 de aquella estrecha calle, de forma acelerada, le explicó a tita que el abuelo no había cogido ese avión y por lo tanto estaba sano y salvo en Madrid. La abuela, mucho más tranquila ya, se comunicó con Paco, mi tío, para pedirle que se relajase porque su padre estaba perfectamente bien en las calles de la gran ciudad.
Así que, irónicamente, tito Paco se salvó de la muerte de una forma única, como solo él sabe hacerlo.
Y con esto me gustaría que la gente se dé cuenta de que para un abuelo, o una abuela, no quedan muchas cosas a las que aferrarse más que la familia y los recuerdos. Aunque te hayan contado la misma historia cien o mil veces. Aunque te griten o se molesten porque has puesto la cuchara que no era. Incluso si llaman cada cinco minutos y estás ocupado u ocupada. Escucha lo que tengan que decir, seguramente solo se sentían solos, como mi tito Paco.
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