EL ESTUDIANTE
El precio de la ilusión: la reflexión de una alumna del Colegio Juan de Lanuza de Zaragoza sobre la Navidad moderna
Muriel Jiménez Andreu, del Colegio Juan de Lanuza, nos ofrece un artículo de opinión sobre el consumismo y el brillo de las luces que no nos deja ver lo esencial

Compras en el centro comercial de Puerta Venecia / RUBÉN RUIZ
Muriel Jiménez Andreu
Querido Papá Noel:
No te voy a pedir nada, o al menos nada que puedas meter en un saco. Cada diciembre, las calles se llenan de luces, escaparates relucientes y villancicos que suenan en bucle en los centros comerciales. La ciudad se contamina de espíritu navideño, de brillo artificial y sonrisas en oferta. Las luces se encienden cada vez antes, el turrón aparece en los supermercados a mediados de octubre y los anuncios llegan cuando aún no hemos guardado el bañador. Lo llaman Christmas Creep, ese fenómeno en el que la Navidad se adelanta hasta devorar el calendario.
Vivimos corriendo de una festividad a otra: de Halloween al Black Friday, de ahí a la Navidad, y después a las rebajas. Noviembre ya ni existe; es solo un terreno intermedio entre un escaparate y otro. Todo parece diseñado para no dejarnos descansar, para que siempre haya algo que celebrar, algo que comprar, algo que mostrar.
Nos venden calidez, amor y reencuentros… y de paso un perfume o un teléfono. El neuromarketing ha hecho su trabajo: las marcas nos hablan directamente al corazón. Ya no nos venden productos, sino emociones. Queremos el perfume que promete amor, el abrigo que simboliza éxito y el móvil que asegura conexión.
Crecemos creyendo que pedir es sinónimo de merecer, y que recibir es la prueba de que importamos. Nos enseñan que los deseos se traducen en objetos, que la ilusión tiene un código de barras, y que la felicidad cabe en una caja envuelta en lazos dorados. Cuando el precio sustituye al significado, la esencia se pierde.
Parece que el valor del regalo se ha vuelto proporcional a la intensidad del afecto: cuanto más caro, más amor. Y aunque no lo digamos abiertamente, está ahí, en la forma en que comparamos precios y sentimos esa presión silenciosa por acertar. Dar se ha convertido en un examen emocional, y cuando lo pensamos bien, resulta inquietante: ¿desde cuándo el cariño tiene factura?
El problema no es regalar, sino haber convertido el regalo en un requisito social. A veces no regalamos por afecto, sino por miedo a quedar mal o a parecer poco generosos. Hemos confundido el gesto con la obligación y el afecto con el gasto.
Las cartas a Papá Noel ya no hablan de sueños ni agradecimientos, sino de modelos, marcas y referencias. Hemos normalizado que los niños midan su ilusión por el tamaño de los paquetes. Nos repetimos que “es por ellos”, pero quizás somos nosotros los que necesitamos seguir creyendo en esa ilusión comprada.
Y luego crecemos. Ya no pedimos juguetes, pero seguimos pidiendo cosas: un móvil nuevo, una prenda concreta, un objeto que parece darnos sentido. Lo que cambia no es el deseo, es el escaparate. Ya no hojeamos catálogos de juguetes; ahora deslizamos pantallas. Las redes son los nuevos templos del consumo, donde otros nos muestran lo que ni siquiera sabíamos que queríamos.
Los vídeos de influencers abriendo calendarios de Adviento o enseñando montañas de regalos se presentan como entretenimiento, pero en realidad nos educan otra vez en el lenguaje del “me lo pido”. Un calendario de 200 euros deja de parecer exagerado cuando lo ves cada día en TikTok. La tradición de abrir una ventanita por día se ha convertido en una carrera por enseñar quién tiene más sorpresas.
Y lo peor es que ya ni lo cuestionamos. Nos limitamos a mirar, comparar y desear, como si eso fuera lo normal. La Navidad debería ser una pausa, un momento para reconectar, pero se ha convertido en un escaparate de afecto comprado. Nos dejamos llevar por la estética de lo navideño y olvidamos que la ilusión real no se puede fabricar.
Vivimos tan rodeados de luces que ya no distinguimos si brillan porque son bonitas o porque están en oferta. Tal vez haya que aprender a mirar de otra manera. Porque las luces más bonitas no son las del centro comercial, sino las que se encienden cuando nos sentimos realmente acompañados.
Así que, querido Papá Noel, este año no quiero nada que se pueda envolver. Solo quiero que, por una vez, la Navidad no se parezca tanto a un catálogo. Que recordemos que las tradiciones no las crean las marcas, sino las personas. Que los niños vuelvan a abrir su calendario de adviento día a día, con paciencia e ilusión, y que los regalos dejen de ser medallas del afecto.
Y que nosotros, los adolescentes que crecimos entre pantallas y anuncios, aprendamos a celebrar sin depender de lo que tenemos. Porque, al final, lo que más cuesta conseguir no se compra. Y aunque no venga envuelto en papel brillante, sigue siendo el mejor regalo.
Quizá esta carta nunca llegue al Polo Norte, pero ojalá llegue a nosotros, los que seguimos confundiendo el precio con el cariño.
Con cariño, la voz de quienes aún queremos sentir ilusión.
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