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EL ESTUDIANTE

La polémica sobre las redes sociales: ¿deberían los menores de 16 años ser excluidos?

Australia ya ha dado un paso adelante y países como España o Francia estudian seguir el mismo camino

El logo de TikTok sobre la bandera de Australia

El logo de TikTok sobre la bandera de Australia / Europa Press/Contacto/Algi Febri Sugita

Rebeca Magallón

Rebeca Magallón

Zaragoza

Son las 23.48 horas y te prometes que vas a cerrar la app en cuanto termine este vídeo. Pero el siguiente dura 12 segundos. Luego viene otro. Y otro. Entre memes, dramas ajenos, un directo que solo ibas a mirar un momento y ese audio que te obligan a escuchar con el móvil pegado a la oreja, el tiempo se vuelve raro: se estira… y se escapa.

A la mañana siguiente, el despertador suena demasiado alto y tu cabeza va más lenta. En clase te cuesta engancharte. Y, aun así, cuando el profe se gira a la pizarra, aparece una necesidad casi automática: comprobar la pantalla.

Esa sensación —la de que el móvil te maneja un poco— está en el centro de un debate enorme. Tanto, que Australia ha aprobado una norma para impedir que los menores de 16 años tengan cuenta en varias redes sociales, y otros países estudian medidas parecidas. La pregunta es incómoda, pero está sobre la mesa: ¿prohibir ayuda… o solo es una tirita para un problema más grande?

Mientras tú haces scroll, algunos gobiernos están moviendo ficha para fijar una edad mínima. Francia, por ejemplo, debate impulsar una medida para restringir el acceso a redes sociales a menores de 15 años a partir del próximo curso.

¿Cómo funcionaría?

Desde el Gobierno australiano insisten en que no lo presentan como una «prohibición», sino como un retraso a la hora de abrir una cuenta. La clave es esta: serán las propias plataformas las que deberán bloquear el acceso a menores de 16 años, y podrían enfrentarse a sanciones si no aplican controles eficaces.

Entre las plataformas afectadas se citan redes como Instagram, TikTok, Snapchat, YouTube o X (antes Twitter), entre otras. En cambio, algunos servicios de mensajería o webs con otro tipo de funcionamiento quedarían fuera del foco, al no encajar en la definición de «red social» que regula esa norma.

Si les preguntamos a los protagonistas, las opiniones son diversas. Por ejemplo, Sarah Benítez Martín, alumna del IES La Azucarera de Zaragoza, no está de acuerdo "del todo con la prohibición". Considera que "muchos jóvenes saben usar las redes con responsabilidad", pero, admite que sería una buena idea establecer "una edad mínima para crearse una cuenta y evitar excesos".

Jimena Pueyo, también del IES La Azucarera, coincide con su compañera en que no está de acuerdo con la prohibición. Además, añade que "bien usadas", las redes pueden ser "una gran fuente de informnación".

Efectos nocivos

El objetivo es proteger a los jóvenes de presiones y riesgos (desde contenidos dañinos hasta comparaciones constantes), además del impacto de pasar demasiado tiempo frente a la pantalla.

Y es que el uso excesivo preocupa a los profesionales desde hace años. De momento, no se reconoce oficialmente como una adicción en todos los casos, pero sí se habla de “conductas adictivas”, explica la psicóloga Charo Molina, técnica del Centro Municipal de Atención y Prevención de las Adicciones (CMAPA) de Zaragoza.

Según Molina, hay señales claras a las que conviene estar atentos: falta de autocontrol, necesidad compulsiva de “estar” en redes y un cierto “síndrome de abstinencia” cuando no podemos conectarnos. Todo eso puede tener una repercusión física y emocional: menos descanso, más impulsividad, bajada del rendimiento académico o aislamiento y rechazo de planes presenciales.

Pero no todo es blanco o negro

Las redes sociales también pueden tener beneficios. A muchos adolescentes les sirven para mantener el contacto con amigos que están lejos, encontrar comunidades con gustos parecidos o pedir apoyo cuando se sienten solos. La clave está en el equilibrio: las redes no son “buenas” o “malas” por sí mismas, depende de cómo se usen.

Por eso, Molina insiste en la prevención: «No hay riesgo si hay control». Y ese control se construye en tres frentes: hogar, centro educativo e instituciones.

En casa y en el instituto, la idea es sencilla (aunque no siempre fácil): comunicación clara y acuerdos realistas. Hablar de lo que se ve, de lo que se siente, de por qué engancha… y poner límites que se puedan cumplir. Pero, ¿y las instituciones? ¿Qué pueden hacer para prevenir?

En España, hoy la ley fija en 14 años la edad para prestar consentimiento digital en muchos servicios, aunque existe una tendencia política y social a elevarla a 16, con posibles excepciones bajo autorización familiar. Además, organismos internacionales como la OMS llevan tiempo avisando de que no solo importa el “cuánto”, sino también el “cómo”: controlar el tiempo de pantalla ayuda, sí, pero también importa en qué se invierte ese tiempo y qué hábitos lo acompañan.

¿Sirven las prohibiciones?

Sobre el papel suena sencillo: si limitas el acceso, reduces el riesgo. Pero la realidad es más compleja: ¿se puede controlar de verdad? ¿Habrá trampas? Para Charo Molina es «más que imprescindible» regular el acceso y el contenido, pero advierte de que solo es una parte del camino. El resto tiene que ver con educación digital, pensamiento crítico y herramientas para que los jóvenes entiendan «lo que realmente pasa» en la pantalla: cómo se diseñan los algoritmos, por qué te cuesta parar o qué hacer cuando algo te incomoda.

Y, aunque hablamos de prevención, Molina recuerda que el CMAPA tiene la puerta abierta a cualquier joven que lo necesite, ya sea para informarse o para pedir apoyo y orientación.

Con todo esto, el debate está más vivo que nunca: ¿debería existir una edad mínima para tener cuenta en redes sociales? ¿Hace falta más educación digital para que seamos los propios usuarios quienes pongamos límites? Y tú, estudiante, ¿qué opinas?

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