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Entre sueños y letras: la reflexión de un profesor de Lengua y Literatura sobre la vida y los libros

El autor relata cómo sus sueños, influenciados por la lectura, han adquirido una estructura narrativa definida, similar a las novelas clásicas y con elementos oníricos

Marcador y surtido de libros vista superior

Marcador y surtido de libros vista superior / Freepik

Javier Neveo

Profesor de Lengua y Literatura en el IES Cierzo

“… Y allí, en Creta, en el interior de esa capilla, encontré, después de varios lustros y decenas de islas recorridas, el origen de esa voz femenina que me llamaba noche tras noche”.

No busquen este epílogo entre las atmósferas de Haruki Murakami o John Fowles. O tal vez sí. Al fin y al cabo, algunas novelas suyas engrosan la pila de mis libros de cabecera. Y los sueños se nutren no solo de las vivencias personales sino también de las lecturas recientes.

Les cuento: las líneas anteriores pertenecen, con voz narrativa locutada, a mi último sueño. El sueño de una noche de primavera. Y hablo de sueño y no de sueños en plural porque, desde que he adquirido el hábito de acostarme con una buena lectura entre mis manos, los sueños han ganado en continuidad y consistencia, hasta conformar una estructura narrativa bien definida (el clásico esquema de introducción, planteamiento y desenlace) tan sólida que no deja espacio para otras piezas narrativas. Ni siquiera para una breve jácara o entremés en una comedia de Lope de Vega.

Este sueño en concreto trataba una historia de amor, con su anagnórisis o reencuentro final incluido, al estilo de las novelas bizantinas del Siglo de Oro, desarrollada entre lances, naufragios y sorpresas. Claro que entre aventura y amorío se colaban escenas caóticas, alejadas de la trama y de la lógica, como elefantes zancudos o derretidos relojes insertados en cuadros de Velázquez. Al fin y al cabo, los sueños sueños son.

Así que, como vengo diciendo, últimamente los sueños han ganado en consistencia narrativa, al igual que una pera rinconera engorda las últimas semanas de su ciclo vital, he deducido que cuando lees narrativas activas esquemas mentales narrativos. Tanto despiertos como dormidos. En la salud y en la enfermedad. Y hasta que la muerte los separe.

Quizá el embrión de nuestro sueño se forma y va creciendo en esos instantes finales de la lectura nocturna, cuando Morfeo se va apropiando de nuestra mente para poder engendrar una criatura mitad racional, producto de nuestra lectura consciente, y mitad onírica, con vida propia, despojada de nuestro control.

Leer no solo nos metamorfosea en seres más empáticos, sino que también nos otorga el privilegio de vivir más vidas, explorar otros mundos, sentir otras pieles.

Leer es vivir otras vidas. Incluso cuando dormimos.

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