El Mundial 2026: ¿Puede Trump usar el fútbol para mejorar la imagen de EE. UU.?
El torneo que se celebrará en Estados Unidos, Canadá y México llega en un momento delicado para Trump y reabre el debate sobre el deporte como herramienta para suavizar la imagen de un país

El Mundial de Trump: fútbol, imagen y poder en el gran escaparate de 2026 / Octavio Guzman | Sarah Yene

El Mundial de 2026 quiere presentarse como una gran fiesta del fútbol. Estadios enormes, millones de espectadores pendientes desde todo el planeta y un escaparate perfecto para Estados Unidos. Pero esta vez el torneo no llega en un momento tranquilo. Se jugará con Donald Trump en la Casa Blanca, en medio de críticas por el precio de las entradas, advertencias sobre derechos humanos e inmigración y un descenso reciente del turismo internacional. Por eso, la gran pregunta no es solo cuánto dinero moverá el Mundial, sino también qué imagen intentará proyectar. Porque a veces un campeonato no solo sirve para decidir quién gana, sino también para mejorar la cara de quien lo enseña al mundo.
Ahora mismo, Estados Unidos atraviesa una etapa de fuerte división política y social. Trump no vive precisamente su mejor momento y su figura genera mucho rechazo tanto dentro como fuera del país. Sus políticas contra la inmigración, la subida de precios y las críticas a su forma de actuar en temas internacionales han desgastado su imagen. Y eso hace que el Mundial aparezca en un momento muy delicado.
A ese desgaste interno se suma una imagen exterior cada vez más polémica. Su posición ante algunos conflictos internacionales, su cercanía con determinados líderes y su forma de intervenir en crisis muy delicadas han provocado choques y críticas en buena parte del mundo. Todo eso dibuja a un presidente muy expuesto, muy cuestionado y con necesidad de controlar el relato.
Blanqueo deportivo
En ese contexto, no resulta raro pensar que Trump pueda aprovechar el Mundial de fútbol para intentar «lavar su imagen». El profesor de Comunicación Política de la Universidad de Zaragoza, Daniel Cabrera, lo explica de forma clara, los grandes eventos deportivos «siempre han servido para mejorar la imagen del poder». Y no es algo nuevo. Según recuerda, ya en el Imperio romano los emperadores impulsaban espectáculos para entretener a la población y conseguir que el poder fuera mejor visto.
Cabrera define este mecanismo como una «estrategia soft» con la que los dirigentes «disimulan su mala imagen». Es lo que hoy se conoce como sportswashing o blanqueo deportivo. Es decir, utilizar el deporte, los grandes eventos o el brillo de la competición para tapar o suavizar problemas políticos, sociales o de derechos humanos.
No hace falta irse tan lejos para encontrar ejemplos. El profesor recuerda el caso del Mundial de Qatar, que, en su opinión, «intentaba normalizar a los países árabes en su estrategia de petrodólares, de inundación de dinero, de trabajo injusto e incluso de explotación».
Además, Cabrera señala que la FIFA también ha jugado un papel importante en este tipo de situaciones, al intentar vender el deporte como algo que está por encima de la política, aunque, como él mismo apunta, «sin mucho éxito». Explica que se trata de hacer «promoción de política sin hablar de política».
«Un emperador en el Coliseo»
Pero más allá de la imagen del país, el objetivo de Trump también pasaría por apropiarse del foco del evento, aunque no sea su organizador directo, ya que esa función corresponde a la FIFA. En palabras de Cabrera «estamos ante un niño caprichoso que se quiere hacer con todo». Y añade algo todavía más llamativo, que el problema es que «le dan todo lo que pide».
Por eso, cree que Trump «será el protagonista» de un acontecimiento en el que se mostrará «como el emperador en lo alto del Coliseo». La imagen es potente y deja en el aire la pregunta más importante: ¿puede un Mundial hacer que durante unas semanas solo veamos la versión más brillante del país y olvidemos todo lo demás?
El experto cree que el torneo «igual no tapa las polémicas, pero sí distraerá de los problemas reales». Durante alrededor de cuarenta días, explica, la atención de medios y espectadores girará en torno al fútbol, y eso hará que otros asuntos políticos y sociales queden más escondidos. En sus palabras, «las primeras páginas siempre irán a lo deportivo», mientras que el resto de la actualidad «quedará relegada a un segundo o tercer puesto».
Y es que, en el fondo, de eso trata también «la historia del deporte internacional porque es una forma de hacer política, de comunicarse políticamente y de promocionar un tipo de idea».
Cabrera recuerda que el deporte nació ligado a una idea humanista, la de unir a personas de distintos lugares y superar fronteras a través de la competición. Pero también advierte de que desde «esas primeras Olimpiadas mucho han cambiado las cosas».
Un gran evento puede llenar hoteles, vender millones de entradas y colocar durante un mes a un país en el centro del planeta. Pero no siempre consigue borrar lo que ya estaba ahí. Porque si el fútbol funciona como escaparate, también puede funcionar como espejo. Y entonces la gran pregunta deja de ser cuánto ganó la FIFA o cuántos turistas llegaron para convertirse en otra mucho más incómoda. Cuando se apaguen los focos, ¿habrá servido el Mundial para mejorar la imagen de Trump o para enseñar, todavía con más claridad, las grietas de su país?
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