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Mucho más que un viaje: así vivieron su intercambio en Suecia los alumnos del IES La Azucarera

Darío Cano, Yaiza Embid, Ana González y Javier Lacasa recuerdan su estancia en Estocolmo como una experiencia de convivencia, aprendizaje y nuevas amistades

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio.

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio. / Servicio especial

El Periódico de Aragón

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Zaragoza

Viajar miles de kilómetros para participar en un intercambio escolar puede parecer, a simple vista, una actividad académica más. Sin embargo, para Darío Cano, Yaiza Embid, Ana González y Javier Lacasa, alumnos del IES La Azucarera, la estancia en Suecia fue mucho más que eso. Fue toda una oportunidad para conocer otra cultura, convivir con estudiantes de otro país y crear recuerdos difíciles de olvidar. Estas son sus reflexiones tras una experiencia que les dejó paisajes, aprendizajes y, sobre todo, nuevas amistades.

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio.

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio. / Servicio especial

¿Realmente vale la pena viajar 3.000 kilómetros para participar en un intercambio en Suecia?

Si se mira solo desde lo material, quizá no. Pero si se valora lo que queda en forma de experiencias, recuerdos y aprendizajes, la respuesta es un rotundo sí.

Quienes escribimos estas líneas ya habíamos participado en otros intercambios y, en un primer momento, repetir no parecía una idea tan atractiva. El curso, las tareas y la presión académica hacían dudar. Sin embargo, al recordar todo lo vivido en ocasiones anteriores, entendimos que no podíamos dejar pasar una oportunidad así.

Y menos mal que no lo hicimos. Durante esos días vivimos experiencias tan especiales como bañarnos en el Báltico, disfrutar de una sauna tradicional o recorrer en barco las islas del archipiélago de Estocolmo.

También hubo momentos de emoción y diversión con nuestros nuevos amigos, en lugares como el JumpYard o contemplando las vistas nocturnas de la ciudad. Y, por supuesto, también hubo instantes tristes, especialmente la despedida. Pero precisamente por eso merece la pena: porque todo lo vivido compensa.

Si algo nos llevamos de este viaje fue, sobre todo, la amistad. Regresamos con una docena de amigos suecos y con muchas otras personas a las que conocimos en su instituto. Además, nos llamó la atención la diversidad de orígenes que encontramos allí: no solo convivimos con jóvenes suecos, sino también con estudiantes de familias sirias, turcas, polacas, ucranianas, iraníes e incluso chilenas.

Porque un intercambio no son solo los museos que visitas. Son también las personas, la convivencia, la comida —distinta y menos variada que la española—, el ambiente y la forma de vida del lugar. Y, sobre todo, los recuerdos que permanecen.

Por eso, queremos dar las gracias a los profesores españoles y suecos que hicieron posible esta experiencia y permitieron que estudiantes como nosotros pudieran vivir algo así.

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio.

Alumnos del IES La Azucarera de Zaragoza visitan Suecia en un intercambio. / Servicio especial

Seis días en Estocolmo

Día 1

El primer día estuvo marcado por el cansancio del viaje, así que fue una jornada tranquila. Por la tarde fuimos al centro de Estocolmo para empezar a conocer la ciudad y merendamos en una hamburguesería muy popular en Suecia, lo que nos permitió tener un primer contacto con la comida local. Más tarde compartimos una barbacoa en casa de una de las estudiantes suecas, un momento muy especial porque empezamos a conocernos mejor y a crear grupo.

Día 2

Visitamos el edificio donde estudian los alumnos de un curso superior y allí comimos pannkakor, unas crepes típicas suecas que, para nosotros, fueron casi un almuerzo, ya que allí comen sobre las once. Después recorrimos la ciudad en grupos a través de un juego de pistas y disfrutamos muchísimo de sus paisajes. También hicimos el tradicional fika y probamos el famoso rollo de canela. Por la tarde visitamos el Paradox Museum y terminamos cenando todos juntos.

Día 3

Cogimos un barco para visitar el Museo Vasa, donde se conserva un barco muy famoso de Estocolmo que se hundió en su primer viaje y fue recuperado siglos después. Allí conocimos su historia y pudimos ver de cerca su impresionante estado de conservación.

Después fuimos a Skansen, un zoo al aire libre con recreaciones de casas tradicionales suecas. Allí vimos animales nórdicos que no existen en España, como alces o renos, y descubrimos mejor cómo vivían antiguamente. Fue una de las jornadas más completas del viaje.

Día 4

Fue uno de los mejores días. Pasamos dos horas en barco recorriendo las islas suecas hasta llegar a Södra Grinda, donde hicimos una barbacoa en un prado y probamos también el famoso surströmming, conocido por su fuerte olor.

Uno de los momentos más inolvidables llegó después: entramos en una sauna y, al salir, nos lanzamos al muelle, donde el agua estaba heladísima. Por la noche cenamos todos juntos en un mirador, una imagen que se nos quedó grabada para siempre.

Día 5

Visitamos las kolonilotter, pequeñas parcelas con jardines muy cuidados. Después fuimos al edificio donde estudian nuestros compañeros suecos y más tarde hicimos una visita rápida a un museo sobre la historia de Estocolmo. El día terminó en un parque de juegos con colchonetas elásticas, entre risas y también alguna lágrima, porque el final del intercambio ya se acercaba.

Día 6

El último día comenzó en el instituto con varias actividades de intercambio lingüístico. Hablamos en español con nuestros compañeros suecos y también con otros estudiantes a los que no conocíamos, lo que nos permitió ampliar aún más la experiencia. Más tarde trabajamos en una actividad sobre las diferencias entre España y Suecia y, después de comer, nos acompañaron hasta la estación, donde nos despedimos antes de volver a Zaragoza.

Todo lo que podamos contar sobre las actividades o sobre cada jornada se queda corto para explicar lo cómodos y felices que nos sentimos durante esos seis días. Fue una experiencia que recomendaríamos a cualquiera que tenga la oportunidad de vivirla.

De hecho, si algo nos queda, es la sensación de que nos habría gustado que durara más. Ver cómo se crean lazos tan fuertes en tan poco tiempo es una de las cosas más bonitas de este tipo de intercambios. En definitiva, fue una experiencia única, tanto a nivel personal como cultural, y una oportunidad que merece la pena vivir al menos una vez en la vida.

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