'El peso de un regalo cuadrado': cuando un libro todavía tenía el poder de cambiar el mundo de sitio
Una alumna del Colegio Juan de Lanuza de Zaragoza reflexiona sobre la importancia de los libros infantiles y su influencia en nuestra personalidad como adultos

Persona sentada en una mesa con libros en el parque. / Freepik
Muriel Jiménez Andreu
Hay niños que todavía agitan los regalos antes de abrirlos. Los levantan un poco, calculan el peso, intentan escuchar algo dentro. Y luego viene esa decepción al notar que el paquete es duro, perfectamente rectangular y sospechosamente ligero. Un libro.
Curiosamente, años después, suelen ser esos mismos libros los que sobreviven en alguna estantería cuando ya no queda nada de aquel cumpleaños.
Quizá por eso resulta tan extraña la relación que muchos niños tienen con la lectura. Casi todos recordamos algún libro con un cariño inmenso, pero muy pocos recuerdan haber empezado leyendo “porque era importante”.
Los niños leen por motivos mucho más serios: porque quieren vivir un rato más dentro de otro mundo, porque creen que una carta de Hogwarts todavía puede llegar con retraso, porque necesitan saber qué ocurre en la página siguiente aunque ya deberían estar dormidos. Los niños leen de una forma que los adultos olvidan demasiado rápido. Un niño puede releer el mismo libro veinte veces sin cansarse, aprender frases enteras de memoria o sentirse inexplicablemente triste cuando termina una historia y tiene que cerrar la contraportada.
A muchos niños los libros les llegan como una tarea antes que como un descubrimiento. Nos empeñamos en que la lectura “sirva para algo”: enseñar valores, ampliar vocabulario o mejorar la comprensión lectora. Pero ningún niño de siete años se enamora de un libro por sus beneficios académicos. Lo hace porque algo dentro de esas páginas le habla directamente, aunque todavía no tenga palabras suficientes para explicarlo.
Por eso hay libros infantiles que sobreviven intactos al paso del tiempo. No porque sean simples, sino porque esconden mucho más de lo que parece:
- Matilda: Sigue funcionando porque captura a la perfección la vulnerabilidad de ser pequeño en un mundo de adultos que pueden parecer absurdos, crueles y gigantes. Roald Dahl escribió desde la trinchera del niño, nunca desde el “pedestal” de un adulto.
- Momo: Nos enseña que el tiempo es lo más valioso que tenemos y que los Hombres de Gris pueden alejarnos de aquellas cosas que nos hacen disfrutar. Esa idea de que el tiempo se puede robar es una de las primeras grandes lecciones existenciales que nos regala la lectura.
- Mafalda: Es el ejemplo perfecto del libro que crece contigo. De pequeño te saca una risa; de mayor , te arranca una preocupación. Descubres que no era una niña quejica, sino una filósofa diminuta atrapada en un mundo que venía defectuoso de fábrica
Luego están los fenómenos que marcan una era. Harry Potter no solo contó una historia: consiguió que miles de niños miraran buzones con una esperanza completamente irracional y que considerasen perfectamente lógico que un andén estuviese escondido entre el nueve y el diez. Hay edades en las que Hogwarts no se lee; se espera.
La diferencia entre un libro pasajero y uno esencial es que algunos terminan en la última página, mientras que otros se quedan viviendo con nosotros para siempre, como esa luz que se deja encendida en otra habitación para que no nos dé miedo el pasillo. A veces, esa luz la enciende un profesor que sabe leer en voz alta. Esos que consiguen el milagro de mantener a una clase entera en silencio voluntario. Y eso, en ciertos cursos, ya roza la fantasía épica. Muchas veces el amor por la literatura empieza mucho antes de los análisis sintácticos y los comentarios de texto. Empieza en momentos mucho más pequeños: una biblioteca del colegio, un cuento antes de dormir, una página doblada para continuar mañana o un niño descubriendo, por primera vez, que dentro de los libros hay algo más que dibujos.
La literatura infantil nunca ha sido un género menor. Escribir para niños es, de hecho, uno de los retos más difíciles de todos, porque exige algo que el adulto pierde con los años: la capacidad de tomarse la imaginación completamente en serio.
Merece la pena volver a estos libros de vez en cuando. No para regresar a la infancia, sino para recordar que hubo un tiempo en el que abrir un libro todavía tenía el poder de cambiar el mundo de sitio.
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