Dopaje y récords: La primera edición de los Juegos Mejorados pone en tela de juicio el deporte
La competición celebrada en Las Vegas prometía récords imposibles y libertad total para los atletas dopados, pero acabó reabriendo el debate sobre qué queda del deporte cuando desaparecen las reglas

Los 'Juegos Mejorados' tuvieron lugar el pasado domingo, 24 de mayo, y fueron retransmitidos en directo a través de plataformas como YouTube o Twitch. / Enhanced Games

Primero fue una idea que parecía una broma de internet. Después llegaron los inversores, el dinero, las promesas de récords imposibles y una puesta en escena propia de Las Vegas. Los llamados Juegos Mejorados (Enhanced Games) se presentaron como el futuro del deporte con atletas dopados que ni lo esconden, premios millonarios y un discurso de libertad absoluta sobre el cuerpo. Pero detrás del espectáculo había una pregunta mucho más incómoda porque si para competir vale todo, ¿sigue siendo deporte o se convierte en otra cosa? Su primera edición dejó una imagen tan ruidosa como reveladora donde el protagonista fue el exceso, solo hubo un récord y hasta tres atletas que competían limpios se hicieron con el oro.
Según defendían sus organizadores, la razón de ser de esta nueva competición era permitir que los deportistas pudieran elegir entre competir “naturales o mejorados”, siendo estos últimos atletas bajo los efectos del dopaje. Los promotores, respaldados por grandes empresarios estadounidenses como Donald Trump Jr., hijo del actual presidente de Estados Unidos, daban por hecho que quienes recurrieran a estas sustancias iban a pulverizar las marcas logradas hasta ahora por atletas limpios. Para reforzar ese relato, además, ofrecían grandes sumas de dinero a quienes lograran batir algún récord.
La realidad: mucho ruido, un solo récord y varias victorias limpias
Pero ¿qué ocurrió realmente en esta primera edición de los Juegos Mejorados? Bajo un estadio temporal instalado en el aparcamiento de un casino de Las Vegas compitieron 42 atletas, la mayoría de ellos recurriendo a sustancias como testosterona, EPO (eritropoyetina), hormona del crecimiento o esteroides. Aunque las expectativas eran altas y los organizadores estaban convencidos del espectáculo que iban a ofrecer, al final de la noche solo se registró un récord “mejorado”.
El protagonista fue el nadador griego Kristian Gkolomeev, que completó los 50 metros libres en 20,81 segundos, siete centésimas por debajo de la plusmarca legal del australiano Cameron McEvoy. Gkolomeev, que hace un año entró en la cultura enhanced o “mejorada”, no solo recurrió a la química, sino también a la física prohibida de un bañador de poliuretano que mejora la flotabilidad y la penetración en el agua. Con trampas o sin ellas, se marchó aquella noche con 1,25 millones de dólares más en su cuenta bancaria.
Sin embargo, lo más llamativo fue otra cosa: tres atletas que compitieron sin doparse acabaron ganando en sus categorías. Ese detalle reventó buena parte del relato que habían construido los organizadores alrededor de esta competición.
Fue el caso, por ejemplo, de Hunter Armstrong, que se impuso en los 50 metros espalda a dos rivales dopados, o de los velocistas Tristan Evelyn y Fred Kerley, quien además de llevarse el cheque de ganador lanzó una pulla a sus contrincante porque les dijo que tenían que “entrenar un poco más duro, ponerse las pilas”.

Fred Kerley fue uno de los competidores "limpios" de los Juegos Mejorados. / Fred Kerley
Qué se rompe cuando se normaliza el dopaje
El verdadero problema de este tipo de competiciones es que rompen la idea misma de deporte limpio y de igualdad entre deportistas. Desde la Agencia Estatal Española para la Lucha Antidopaje en el Deporte, Carolina García considera que el deporte «debe basarse en el esfuerzo, el entrenamiento y el talento, no en el uso de sustancias para obtener ventaja en la competición», porque «cuando se permite el dopaje, deja de existir una competición justa para todos».
La jefa del Departamento de Políticas de Prevención del Dopaje en el Deporte también rechaza el argumento de los organizadores, que hablan de libertad individual y del fin de la “hipocresía” del deporte. A su juicio, «la libertad individual no puede estar por encima de la salud de los deportistas». En este ámbito, recuerda, existen normas precisamente para proteger a quienes compiten y garantizar que «todos lo hagan en condiciones justas». El dopaje no solo perjudica a quien consume sustancias, sino también «al resto de deportistas que juegan limpio y a los jóvenes que ven en ellos un ejemplo».
Los riesgos, además, son «muy graves». Estas sustancias «pueden aumentar el riesgo de infartos, ictus, trombos, alteraciones hormonales, daños hepáticos, problemas psicológicos o incluso muerte súbita». En el caso de la EPO, por ejemplo, explica que aumenta la viscosidad de la sangre y puede provocar «problemas cardiovasculares severos». A todo ello se suma otro factor especialmente preocupante: presentar estas prácticas como algo normal o incluso espectacular puede transmitir a los más jóvenes el mensaje equivocado de que doparse es necesario para triunfar, cuando en realidad supone «un peligro importante para la salud».
Además, la propia competición dejó en evidencia otra idea importante con las victorias de deportistas que no se doparon porque «demuestran que el rendimiento deportivo depende de muchos factores». Entre ellos, García destaca el entrenamiento, la preparación mental, la técnica y la constancia. El dopaje, subraya, «no garantiza el éxito y no sustituye el talento ni el trabajo realizado previo a la competición».

La velocista Tristan Evelyn se impusos a sus competidoras sin recurrir al dopaje. / Enhanced Games
Una idea muy peligrosa
Carolina García pone también el foco en los jóvenes y en el peligro de que lleguen a pensar que «para ganar o destacar en el deporte es necesario doparse». Eso dañaría «seriamente el espíritu deportivo y valores fundamentales» como el esfuerzo, la superación personal, el compañerismo, el respeto a las reglas y el juego limpio. Además, transmitiría la idea equivocada de que competir en desigualdad es algo aceptable.
El deporte, insiste, debe seguir siendo un ejemplo de trabajo, dedicación y hábitos saludables, no de prácticas que ponen en riesgo la salud y desfiguran el sentido de la competición.
La llegada de los Juegos Mejorados da mucho que pensar sobre la verdadera esencia del deporte. Porque, si deja de premiar el esfuerzo, el talento y las reglas compartidas para convertirse en una carrera entre cuerpos químicamente empujados, no solo cambian los resultados. Cambia también el sentido mismo de competir. Y entonces lo que se pierde no es solo una medalla, sino la propia idea de deporte que durante décadas se ha intentado proteger.
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