A menudo nos encontramos paseando por las calles de nuestra ciudad sin tener consciencia de los espacios por los que transitamos. No nos percatamos de que, al desplazarnos por la ciudad, existe un número enorme de variables que influyen, sobremanera, en nuestra persona.

Cátedra de Cooperación para el Desarrollo

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Entre estas variables, el diseño urbano es, sin duda, una de las más importantes. Esto se debe a que la capacidad de desplazamiento de las personas que habitamos y transitamos las ciudades está enormemente condicionada por el planeamiento urbanístico, el cual viene definido por el enfoque vital de aquellos que tienen la capacidad de decidir cómo quieren que sean los lugares en los que vivimos.

En la actualidad nos desarrollamos como sociedad de manera mayoritaria en ciudades que priman el desarrollo económico por encima del desarrollo social. Pese a que esta afirmación pudiera resultar sorprendente, si se realiza un ejercicio de análisis de las urbes que conocemos, seremos capaces de percatarnos de que los espacios dedicados al disfrute, esparcimiento y desarrollo personal de los habitantes de las ciudades han quedado relegados a un segundo o tercer plano.

Parques, plazas, zonas verdes o espacios libres de tráfico aparecen de manera aislada como elementos extraordinarios o en las periferias urbanas. Sin embargo, los espacios al aire libre han sido concedidos al tráfico rodado, a aparcamientos, contenedores u otro tipo de barreras limitantes, mientras que el ocio y disfrute se han trasladado a las superficies comerciales. De esta manera, el proceso de vivir ha quedado reducido, de manera general, a una constante que puede resumirse en dormir, conducir, trabajar, estudiar, comprar, conducir y dormir.

Este estilo de vida nos aleja a unos de otros y acusa las diferencias sociales que puedan existir entre las personas que habitamos las ciudades, ya que nos convierte en seres menos permeables. En consecuencia, vivimos hoy en una sociedad más heterogénea e individualista que ayer.

Por lo tanto, el actual diseño urbano de la mayoría de las ciudades, así como el progresivo individualismo, nos han situado en una posición de enorme debilidad social. Esto, si bien no es un hecho del que hayamos sido conscientes como sociedad, sí es una realidad que estamos comenzando a percibir y a vivir. Tanto es así que el miedo está cada vez más presente en nuestro día a día, y esto es tan triste como preocupante, ya que el miedo es un fortísimo motor de decisión, a la vez que una potente herramienta de manipulación.

El miedo es tan poderoso que, una vez que lo hemos percibido, cargamos con esa experiencia para siempre, ya que nunca la olvidamos. Y esto, en el caso de las ciudades, puede suponer que se realicen alteraciones en nuestros itinerarios cotidianos, viéndose así nuestra libertad de movimiento mermada, en muchas ocasiones, sin tener consciencia de ello.

Para combatir tanto la percepción como los espacios del miedo existen dos enfoques diferentes y complementarios. El primero se basa en la actuación sobre el tejido social y se apoya en la educación para el desarrollo y la ciudadanía global. Esta metodología recoge una serie de actuaciones que favorecen el proceso de cambio en las sociedades por medio de acciones conjuntas y colectivas, donde se pone la vida en el centro y, a partir de ahí, se construye la sociedad a la que se aspira.

Este es un proceso participativo que requiere del consenso y la implicación de todas las personas que engrosan el conjunto de los estratos sociales, obteniéndose en consecuencia una conciencia colectiva como sociedad, en la que los problemas y temores de unos pueden ser comprendidos por los otros. Esto da lugar a procesos empáticos y asertivos que desembocan en sociedades conscientes e igualitarias donde, paulatinamente, se van eliminando estigmas como la xenofobia, el racismo, la aporofobia o el machismo y, por ende, disminuye notablemente la percepción del miedo, puesto que solemos temer aquello que desconocemos.

El segundo enfoque existente para combatir la percepción del miedo es el urbanismo inclusivo, cuyo objetivo es transformar la sociedad, modificando el espacio físico en el que esta se desarrolla. Para alcanzar este objetivo es necesario trabajar sobre cinco principios que deben estar presentes en todas las ciudades: la proximidad, como cualidad que facilita la movilidad de las personas; la diversidad, que facilita que en dicha proximidad puedas encontrar los equipamientos y bienes de consumo, ocio, cultura y servicios necesarios, independientemente de tus características personales; la autonomía, permitiendo a las personas utilizar los espacios de manera libre a cualquier hora del día; la vitalidad, otorgando vida a las calles y a los espacios urbanos para que las personas tengan espacios de encuentro y socialización; y, por último, la representatividad, favoreciendo la participación ciudadana en las decisiones referentes a cómo se quiere gestionar y utilizar el espacio urbano.

Si estos cinco principios rigiesen el diseño urbano de las ciudades, se favorecería enormemente el desarrollo de las personas que en ellas habitan como sociedad y, en consecuencia, la percepción del miedo también descendería.

Desafortunadamente, transformar completa y radicalmente nuestras ciudades es hoy por hoy imposible, como imposible es que el conjunto de la sociedad asuma como propios los valores de la educación para el desarrollo y la ciudadanía global y, de manera proactiva, tenga lugar un cambio en nuestra forma de ser y de relacionarnos. Asumir estas realidades es fundamental para poder trazar estrategias de actuación realistas que minimicen la percepción del miedo en las urbes que habitamos, ya que, como se ha citado previamente, el miedo es capaz de alterar nuestra libertad de movimiento.

Ahora bien, para poder trazar actuaciones y estrategias basadas en las metodologías de la educación para el desarrollo y la ciudadanía global y en la modificación del diseño urbano, poniendo en práctica los cinco principios del urbanismo inclusivo, es necesario conocer previamente cuáles son los espacios y lugares donde se recogen mayor cantidad de percepciones del miedo, así como conocer cuáles son las causas de dichas percepciones.

Para ello, se propone utilizar la metodología Encuesta – Mapeado por su enorme potencialidad, ya que una encuesta correctamente diseñada y ampliamente distribuida puede aportar gran cantidad de datos y respuestas precisas con las que posteriormente realizar un análisis estadístico y un mapeo, obteniéndose como resultado no solo el conjunto de causas que han dado lugar a la percepción del miedo, sino también los lugares. Una vez identificadas las causas y los lugares, se podrán poner en marcha los mecanismos de actuación necesarios para transformar la ciudad y educar a las personas de manera que el miedo se minimice y nuestro desarrollo como sociedad sea posible.

Existiendo el conocimiento y las metodologías necesarias para transformar nuestras ciudades y sociedades, queda en manos de quienes las gobiernan hacer uso productivo y beneficioso para la sociedad de las herramientas que están a su alcance o, por el contrario, decidir enfocar sus esfuerzos en otros aspectos, permitiendo que la segregación social y el miedo vayan, cada día, a más.