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La hambruna no es solo hambre

Paloma Martín de Miguel

Directora de Operaciones de Acción Contra el Hambre en África

La Clasificación Integrada por Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC, por sus siglas en inglés) lanzó el pasado 5 de febrero una alerta que confirma lo que las comunidades en Sudán y las organizaciones humanitarias llevan meses denunciando: la situación es catastrófica. En Um Baru y Kernoi, en el norte de Darfur, los niveles de desnutrición aguda han superado los umbrales propios de hambruna.

No es todavía una declaración formal, pero sí una señal inequívoca de que el país se precipita hacia el abismo. Esta alerta se suma a las hambrunas ya confirmadas por el IPC en El Fasher, en 2024, y en Kadugli, en septiembre de 2025. Con estos datos, Sudán se convierte en el país con más territorios en hambruna o en condiciones de hambruna activa del mundo.

El IPC funciona como un termómetro del hambre. En las fases iniciales, la gente aún come, aunque con dificultades; a medida que las etapas avanzan, las familias recortan gastos, venden bienes y reducen la calidad de la alimentación. Después, la desnutrición se instala de forma masiva y, en la fase más grave, se derrumba todo: salud, agua, ingresos y protección.

Para declarar oficialmente una hambruna, deben cumplirse tres criterios extremos: que al menos el 20% de los hogares no tenga acceso suficiente a comida, que el 30% de los niños sufra desnutrición aguda grave y que la mortalidad supere dos muertes por cada 10.000 personas al día, no solo por no comer, sino por la combinación de inanición, desnutrición y enfermedad.

La hambruna no aparece de forma repentina. Se construye día a día, con cada mercado cerrado, cada convoy bloqueado, cada centro de salud sin suministros y cada familia obligada a huir sin nada. Es un proceso lento, visible y medible, que siempre da margen para actuar antes de que el daño sea irreversible.

En Sudán, la guerra ha devastado las cosechas, destruido mercados y cortado rutas comerciales. Hoy, 29 millones de personas viven en inseguridad alimentaria aguda, y millones más sobreviven al límite. Además, el país enfrenta la mayor crisis de desplazamiento interno del planeta, con casi diez millones de personas forzadas a huir dentro de sus propias fronteras.

Más de un tercio de los centros de salud está fuera de servicio y brotes de cólera, sarampión, malaria y diarreas se expanden sin capacidad de respuesta. Porque una hambruna no es solo falta de comida, es un país sin agua, sin salud, sin ingresos, sin protección, sin acceso humanitario y sin redes para sostener la vida.

Pero la hambruna no es inevitable. Es siempre el resultado de decisiones humanas, de bloqueos, de violencia, de abandono y de indiferencia. Y, por tanto, también puede revertirse con decisiones humanas.

Sudán aún no ha cruzado el punto de no retorno. Pero la ventana para actuar se estrecha con cada día de bloqueo, de violencia, de silencio político o de falta de recursos. Y lo que está en juego no es solo una crisis alimentaria, sino una frontera ética que no deberíamos permitirnos traspasar como comunidad internacional.

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