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Patricia Simón, periodista y escritora: "El discurso de odio es más ruidoso y lo ha inundado todo"

Lleva más de dos décadas cubriendo migraciones, movimientos sociales, conflictos y crisis humanitarias en más de 30 países.

Patricia Simón, periodista

Patricia Simón, periodista / JOSEMA MOLINA

¿Cómo ha cambiado el mundo en las dos décadas que lleva cubriendo conflictos y crisis humanitarias?

La segunda presidencia de Donald Trump lo representa muy bien. En realidad, todas las ilegalidades y vulneraciones del derecho internacional a las que asistimos ya existían, pero no eran tan evidentes porque afectaban a otros colectivos; en Europa, a las personas migrantes y refugiadas. Pero todo se ha exacerbado y, además, se hace de una manera más impúdica.

¿Por ejemplo?

Israel ya no tiene problemas en cometer un genocidio televisado, las políticas racistas son ahora son políticas de Estado… El fascismo ha ido creciendo y ya ocupa la Casa Blanca y, además, explicita las afrentas contra las normas por parte de muchos gobiernos, porque verbalizarlas es una forma de normalizar su desprecio y acabar con ellas más fácilmente. Son tiempos de aceleración de la destrucción de todos los avances que habíamos conseguido. Pero, al mismo tiempo, en todos esos escenarios, encontramos gente organizada para defender los derechos y la posibilidad de seguir viviendo en el planeta.

¿Cómo ha cambiado la forma de contarlo?

Hay dos corrientes en direcciones contrarias. Nunca ha habido tantos periodistas con una ética y un compromiso con los derechos humanos tan claros, que hacen un periodismo excelente. Pero, al mismo tiempo, tenemos toda una industria de la desinformación y del odio bien financiada por esa ola reaccionaria, y que además tiene los algoritmos fascistas a su favor para difundir su discurso.

¿Es esta dualidad tan novedosa?

De nuevo, es una exacerbación de algo que ya teníamos antes. En el caso de España, hay presentadoras, como Ana Rosa Quintana, que lleva más de 25 años sembrando la discordia y rompiendo la convivencia con discursos de odio. Pero eso lo vemos ahora trasladado a discursos políticos, plataformas digitales y redes sociales. El discurso de odio es mucho más ruidoso y lo ha inundado todo, y el problema es que lo seguimos llamando periodismo, cuando es lo contario, y así resulta mucho más fácil distribuir esa propaganda fascista tan destructiva.

Usted publicó el libro ‘Miedo: Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio’. ¿Aún resiste?

Hacía años que no asistíamos a un movimiento civil tan potente y transnacional como el de solidaridad con Palestina, que en realidad es un dique de contención contra todos estos poderes que intentan secuestrar las democracias. Y eso se plasma luego en diferentes manifestaciones; en Estados Unidos, para frenar a los grupos paramilitares; o, en España, para la regularización de nuestros vecinos y vecinas migrantes.

¿Están logrando los medios transmitir esa esperanza?

El periodismo no está aprovechando lo suficiente el potencial de contagio que tiene la lucha de las personas que se resisten a ser gobernadas por el odio. No son mártires ni se sacrifican por una causa, son gente apasionada que ama la vida. Si lo contásemos desde ahí, más personas darían el paso de implicarse para defender la dignidad y la democracia.

¿Cómo se articula la relación entre guerra, paz y periodismo?

Sin los medios de comunicación, los conflictos no podrían perpetuarse en el tiempo porque necesitan que la población los apoye y los vea inevitables. Hay que convencerla de que es necesario recortar en sanidad o educación para destinarlo a armas, o de que tiene que enviar a sus hijos a combatir. Antes de que caigan las bombas, se genera un discurso que deshumaniza al otro y lo presenta como una amenaza que valida las razones de los agresores.

¿Ha sido testigo de esa manipulación?

Al principio de la invasión rusa, una de las cosas que más les dolía a los ucranianos era que sus familiares de Rusia les dijeran que lo que estaban viviendo era una mentira, y que en realidad era el propio Zelenski quien les atacaba para ponerlos en contra del Kremlin. Les resultaba una doble violencia. Eso da cuenta de la importancia que tienen los medios cuando se convierten en órganos de propaganda al servicio de los conflictos, pero también de que podemos ser agentes de construcción de paz.

¿Cubrir una guerra implica una responsabilidad moral?

El ejercicio del periodismo ya implica un compromiso moral. Pero, cuando además estás cubriendo escenarios en los que ocurre lo peor que le puede pasar a un ser humano, la responsabilidad y el compromiso son básicos. Hay que contar quiénes están pidiendo negociar o cuáles son las salidas a ese conflicto. Hay que romper el relato épico creado en torno a la guerra para poner el foco en la retaguardia, en cómo se preserva la vida en medio de tanta muerte. El lector no debe sentir que está ante el relato de un videojuego o de algo excitante porque, en el frente o la retaguardia, hablamos de seres humanos agotados, aterrados y hambrientos, que solo quieren volver sanos y salvos con su familia.

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