Sueños de futuro en Potosí
Cáritas Zaragoza lleva 25 años cooperando con la oenegé boliviana K'anchay, que ofrece educación formal y formación agroecológica en internados a jóvenes de familias campesinas que viven muy dispersas en los Andes, sin escuelas cerca de sus hogares

Ariel Choque, Liseth Daniela Janco y Guiller Cabrera saludan a la cámara en la plaza de Pastriz / SERVICIO ESPECIAL
Liseth Daniela Janco Chiara y Ariel Choque Colque observan sin perder detalle, con la curiosidad del joven que admira por primera vez algo bello, la torre de la iglesia de Pastriz (Zaragoza), bajo la que posan para este reportaje. No es de extrañar. Acaban de descubrir el arte mudéjar aragonés.
De hecho, estos dos estudiantes de 17 y 16 años no habían salido nunca de Bolivia. «Es la primera vez que volé en avión», reconoce Liseth Daniela. Ambos han estado de gira por Aragón, junto a Guiller Cabrera Sotez, director ejecutivo de la oenegé K’anchay, e invitados por Cáritas, , gracias al apoyo de GearUp y el Ayuntamiento de Zaragoza.
Han tenido una agenda apretada, recorriendo parroquias e institutos para «hablar de nuestras experiencias y nuestra cultura, o sea, de cómo vivimos allá», indica Ariel. Pero también de todo aquello que anhelan para el futuro de sus comunidades y para sí mismos, aspiraciones con las que estos jóvenes del empobrecido norte del Potosí boliviano pueden permitirse soñar, en gran parte gracias al trabajo de K’anchay, a diferencia de lo ocurría con las generaciones anteriores.
«Tenemos tres pilares, que son vida comunitaria, estudio y trabajo. De todo eso hemos hablado, más que todo de la producción de hortalizas y frutos y del estudio», continúa el chico. «Y del buen rendimiento académico que estamos logrando los estudiantes de las zonas rurales», apunta la joven.
Cáritas Diocesana de Zaragoza lleva 25 años cooperando con K’anchay, mediante proyectos para mejorar la agroecología, el acceso a la educación de calidad y el fortalecimiento de formas de vida comunal sostenibles en Potosí y Cochabamba. Cuando empezaron a colaborar, recuerda Guiller Cabrera, «solo encontramos un bachiller en toda la provincia».
Hoy en día, en estas comunidades indígenas, «hay casi 200 profesionales y 600 bachilleres, y de ellos, algo importante también, el 30% son mujeres, teniendo en cuenta la cultura ancestral quechua, donde la mujer tenía dificultades para el acceso a la educación», remarca Carmelo Crespo, técnico de cooperación en Cáritas Zaragoza. «En estos momentos, en que la cooperación está tan en entredicho, el trabajo de K’anchay y Cáritas Bolivia demuestra que sirve, y llega realmente donde tiene que llegar», apostilla.
Hace un cuarto de siglo, sostiene Crespo, «vimos que era importante intervenir en esas comunidades porque allí había un problema de desnutrición y de distancia grandísima de los chicos y chicas que iban a estudiar hasta las escuelas». En un departamento tan árido y elevado como Potosí, en plenos Andes, con una densidad de población de alrededor de siete habitantes por kilómetro cuadrado, más baja que las provincias españolas más castigadas por la despoblación -Teruel y Soria rondan los nueve-, muchos de sus habitantes viven dispersos en las montañas, alejados de cualquier núcleo urbano y, por lo tanto, de cualquier centro educativo.
«Allá no había escuelas cercanas donde acudir, y frente a eso hubo mucha deserción de los estudios», indica Cabrera. Por eso «construimos internados donde acogemos a niños, niñas y adolescentes de primaria y secundaria, y en estos 25 años se crearon muchas escuelas rurales», rememora el director de la oenegé boliviana.
En estos centros se combina la educación formal con la formación para desarrollar iniciativas comunales en un marco democrático. El tercer componente capacita a los estudiantes en formas de producción agroecológica sostenibles, para lo que cuentan con reservas de agua, parcelas productivas, placas solares y módulos para el manejo de ganado bovino, porcino, cobayas y aves de corral. Este trabajo en agroecología se extiende hacia a las comunidades para garantizar una economía familiar digna.
Desde su creación, 7.000 estudiantes han pasado por las aulas de K’anchay. Algunos son «ingenieros, abogados o médicos, y muchos de ellos ya trabajan en nuestra institución, conduciendo proyectos de gran importancia. Sin embargo, falta mucho que hacer. Todavía hay niños que están en camino de desarrollo. Y los que me acompañan ahora -en referencia a Liseth Daniela y Ariel-, que retornarán con los ojos más abiertos, tienen muchos sueños de seguir adelante, pero este deseo no es fácil de cumplir», agrega Cabrera.
Liseth Daniela sueña con convertirse en médico, y Ariel todavía duda entre ser profesor, odontólogo o ingeniero. Ambos provienen de familias campesinas muy humildes y, si lo consiguen, será gracias al apoyo de esta organización.
Más alimentos y de mayor calidad
Este 2026, la cooperación española en Bolivia cumple 40 años. Una veintena de oenegés españolas trabajan este país, entre ellas, Cáritas. Como establece el marco de asociación entre ambos países, concentran sus esfuerzos en el acceso igualitario al agua y al saneamiento, a la alimentación y a un medio ambiente saludable; en la cohesión social, a través de la educación y la salud; y en la gobernabilidad democrática, con especial atención a la reducción de las brechas de género y los derechos de los pueblos indígenas.
En esta línea, el más reciente proyecto de cooperación de Cáritas Zaragoza en Bolivia, financiado por la Diputación de Zaragoza, se ejecuta en el Centro Educativo Agroecológico que K’anchay tiene en Vila Vila (Potosí), donde estudian y viven 27 alumnas y 37 alumnos. Su principal objetivo es incrementar la producción agroecológica y su calidad para garantizar la alimentación de los internos, gracias a la mejora de las instalaciones productivas y de la formación agropecuaria
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