Vacaciones sin barreras, un derecho pendiente
Cistina Pallàs
Hablar de vacaciones es hablar de descanso y emoción. Cada año, eligimos con ilusión el destino que visitaremos, hacemos planes y esperamos disfrutar de unos días diferentes. Sin embargo, para miles de personas, esa libertad de elección sigue estando condicionada por una pregunta: ¿será accesible el lugar al que quiero ir?
En Aragón viven más de 63.300 personas con movilidad reducida, para las que viajar significa enfrentarse a pequeños obstáculos –escalones, puertas pesadas, ascensores poco espaciosos…- que convierten el ocio en un ejercicio constante de planificación y, en ocasiones, de renuncia.
El informe ‘Viajar con movilidad reducida’, elaborado por la Fundación Mutua de Propietarios, confirma esta realidad. Tres de cada cuatro aragoneses consideran insuficiente la oferta de turismo accesible y el 87% afirma encontrar barreras arquitectónicas de forma habitual durante sus viajes. Son cifras que deberían hacernos reflexionar, porque hablan de una exclusión que sigue normalizada.
La accesibilidad continúa condicionando las decisiones de viaje de muchas personas con movilidad reducida. Los hoteles urbanos concentran la mejor valoración en términos de accesibilidad, mientras que otros destinos, como la playa o los entornos naturales, siguen percibiéndose como espacios donde las barreras arquitectónicas limitan la experiencia. Avanzar hacia un turismo verdaderamente inclusivo exige extender la accesibilidad a todos los entornos, garantizando que ninguna persona tenga que renunciar al destino que desea por la existencia de obstáculos evitables.
Además, el informe también nos alerta de otra barrera menos visible: la conciencia social. Dos de cada tres personas con movilidad reducida consideran que la sociedad desconoce las dificultades que encuentran cuando viajan. Esto nos demuestra que la accesibilidad, lejos de ser únicamente un modo de eliminar barreras físicas, es también una garantía de tranquilidad, autonomía y calidad de vida para todos.
En una sociedad cada vez más envejecida, la accesibilidad no es un problema exclusivo de quienes hoy están en silla de ruedas. Diseñar espacios accesibles no es pensar en una minoría, es anticiparse a una realidad demográfica, porque todos llegaremos a ser personas mayores, y todos somos candidatos a sufrir una lesión temporal que nos impida movernos con plena libertad.
La accesibilidad debe dejar de ser un valor añadido para convertirse en una exigencia. Y conseguir que cualquier persona pueda elegir dónde descansar sin que las barreras arquitectónicas decidan por ella no es un gesto de solidaridad, sino una cuestión de derechos, dignidad y un reflejo de la sociedad inclusiva y solidaria a la que aspiramos.
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