Una máquina de coser, envuelta en mantas, es todo lo que Sarwar Achikzai, de 50 años, se lleva consigo en su huida después de que la matanza tribal que ocurrió el pasado domingo en la región de Shindand, a 100 kilómetros de Herat, sede de parte del contingente español en Afganistán, le hiciera temer por su vida y la de su familia.

Entre 23 y 30 personas murieron en el último episodio de un típico conflicto entre clanes afganos, candente desde hace más de 30 años y que amenaza con hacer aún más volátil la seguridad en el oeste de Afganistán. Nada novedoso en este país centroasiático sino fuera porque entre los muertos se halla el señor de la guerra Amanulá Khan, principal aliado de las tropas españolas, que hacía de "colchón" ante el empuje de los talibanes desde las provincias del sur del país, según admitieron fuentes del propio contingente español.

La masacre tuvo todos los ingredientes de una lucha ancestral por el poder que degeneró en una cadena de venganzas. "Aquí, Amanulá disparó contra el hijo de su rival, Naser Bashir", explica Gul Ahmed Acheckzai, de 38 años, y vecino de la zona, señalando piedras y arena ennegrecidas por la sangre, y un pequeño montículo, donde, a decir de los vecinos, fue ejecutado el propio Naser con las manos atadas a la espalda. No lejos de allí, un puesto de control montado por soldados del Ejército afgano intentaba, el martes, que nadie penetrase en la región con armas en la mano.

Pero los charcos de sangre no eran los únicos testimonios recientes de los enfrentamientos de Shindand. Unos centenares de metros camino abajo se hallaba la carcasa carbonizada y ennegrecida de un vehículo, al que algunos lugareños aún se acercaban dos días después de los combates para hacerle una fotografía con sus móviles. En el interior del coche, que fue alcanzado por el disparo de un cohete, había restos de armamento y vidrio fundido. "Este coche había sido enviado por Amanulá como avanzadilla para explorar el camino", dijo Mohamed Nurzai, señalando el vehículo, por una herida que tenía en el codo causada por la culata de un arma.

Como casi todo en Afganistán, el relato de los hechos difiere dependiendo de qué tribu proceda. Pero lo más destacable de la matanza del domingo pasado es el éxodo de civiles hacia otras poblaciones en una región, la de Shindand, situada a 100 kilómetros de la base donde se hallan las tropas españolas, amén de la pérdida de un importante aliado en la zona para España.

"Han matado a todos"

Según fuentes militares españolas, Khan se había proclamado favorable a la presencia de la Fuerza Internacional de Ayuda a la Seguridad (ISAF), encabezada por la OTAN, desde que médicos españoles le salvaron la vida tras un atentado. Sus milicianos ejercían de "colchón" con los talibanes en el sur, de acuerdo con las mismas fuentes, y su fallecimiento provocó que se elevara a C (o Charlie) el nivel de alerta en la base.

Con las hostilidades aún recientes, los civiles que huyen de la zona no parecen tener intención de volver por temor a represalias. En burros y otros animales, los desplazados cargaban leña para pasar lejos de sus casas los meses de invierno. Como el anciano Yuma Khan, de 66 años, quien aseguraba que logró salvar la vida gracias a encontrarse de compras en el bazar de la ciudad. "Han matado a todos, solo han sobrevivido los que estaban en el mercado", relataba.

Por el momento, las tropas extranjeras no han tenido que intervenir, y se han limitado a mostrar su presencia en el teatro de los combates --presencia que no incluyó a fuerzas españolas, pero sí a militares rumanos y fuerzas especiales estadounidenses--, para que dos delegaciones oficiales, una enviada por Kabul y otra por las autoridades de Herat, pudieran mediar entre ambos bandos. "Nos han prometido no combatir durante un mes e intentar arreglar las cosas", explica el jeque chií Azizulá Najafi, miembro de una de las delegaciones oficiales. No obstante, advirtió: "Si el Gobierno no consigue solventar el problema, es posible que toda la región se desestabilice".

Porque en un país como Afganistán, los conflictos tribales se arrastran durante décadas y las deudas de sangre se transmiten de generación en generación.