Los kalashnikovs que utilizan los agentes encargados de imponer el orden en el problemático distrito de Farah Road, a 60 kilómetros de la capital provincial, Farah, en el oeste de Afganistán, pueden realizar solo unos pocos disparos antes de encasquillarse. Los dos únicos vehículos Ford Ranger con que cuentan los hombres del comisario Haji Abdulkasim Khadri, además de ser un excelente blanco para los talibanes, apenas dan abasto para cubrir la inmensa extensión de territorio desértico, en la que deben patrullar más de un centenar de soldados españoles de la Fuerza de Intervención Rápida (QRF, por sus siglas en inglés).

Y desde que Khadri y sus hombres asumieron la vigilancia de la zona, hace 70 días, después de que los talibanes tomaran el control dela comisaría local durante varias jornadas, ninguno de los nuevos agentes, cuyos pantalones de tallas excesivas apenas logran sujetarse al cuerpo gracias a un cinturón, ha visto un afgani (divisa local de Afganistán) de sus salarios.

"¿Acaso nos han preguntado a ver si necesitábamos armas?", se lamenta Haji Abdulkasim Khadri cuando se le pregunta si la Fuerza Internacional de Ayuda a la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés) le había proporcionado armas para hacer frente a la insurgencia talibán. "Cuando asumí la responsabilidad de Farah Road, los talibanes estaban a 10 kilómetros de mis oficinas; ahora están a 50; si tuviera armas y apoyo, los rebeldes talibanes ya no estarían aquí", aventura.

Los hombres de Khadri se enfrentan a un enemigo muy superior en armamento y recursos, que ha logrado poner en jaque a gran parte de la provincia de Farah, al sur de Herat, un inmenso territorio patrullado por los militares españoles destinados en el país que ocupa unos 300 kilómetros de oeste a este y otros 200 kilómetros de norte a sur. La comisaría de Farah Road es testimonio mudo del asedio al que ha sido sometida en los últimos meses por los insurgentes. Impactos de lanzagranadas, agujeros causados por los tiroteos e incluso algunas de sus estancias carbonizadas constituyen el recordatorio de que los insurgentes se hicieron no hace mucho tiempo con el control del lugar.

Las huellas de las bombas

El tramo de carretera de unos 60 kilómetros entre Farah Road y Farah también lleva la huella de los enfrentamientos. Varios socavones de bombas, uno de ellos consecuencia de la explosión del artefacto que acabó con la vida del soldado español Jorge Arnaldo Hernández Seminario el pasado julio, muestran que la estrecha ruta asfaltada es una trampa mortal para policías y militares de la ISAF, lo que obliga a los policías a transitar por esta ruta secundaria en vehículos civiles sin placa por razones de seguridad. Solo en medio año, más de 20 policías han muerto en el trayecto entre Farah Road y la capital de la provincia.

Los talibanes actúan a plena luz del día, sin que los vecinos de los pueblos al borde de la carretera parezcan querer tomar partido en esta guerra del oeste afgano que va, día tras día, creciendo en intensidad. Este diario comprobó el pasado sábado cómo entre primera hora de la mañana y el mediodía dos artefactos habían sido colocados en la carretera sin que ningún campesino o vecino lo impidiera o incluso avisara a la policía.

Los talibanes ya estaban presentes en Farah el pasado año, pero la intensificación de los enfrentamientos crece de forma paralela a la desilusión de los lugareños por las promesas incumplidas de reconstrucción y desarrollo del contingente multinacional.

El Equipo de Reconstrucción Provincial de Farah (PRT, por sus siglas en inglés), brazo de la ISAF encargado de la reconstrucción en las provincias, está en manos de militares de Estados Unidos, y apenas ha hecho nada por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos civiles, lamentan algunas fuentes locales. Yuma Gul, uno de los jefes de distrito de la provincia, se queja de que los habitantes no tienen ni para beber agua corriente. "Hablan y hablan, pero lo único que hemos recibido del PRT han sido bolígrafos y blocs de notas".