La política económica es, tal vez, la principal herramienta política, y más en la actual coyuntura. Pero ahora que la economía está en el centro del debate es necesario realizar análisis, también, únicamente desde la perspectiva técnica. Hace poco más de un año todo el sistema financiero global estuvo a punto de saltar por los aires y, en paralelo, nuestro modelo económico ha evidenciado debilidades crónicas. En el pico de la crisis económica mundial, todos y cada uno de los países desarrollados actuaron coordinadamente tratando de impedir el colapso financiero global y, en la medida de lo posible, incentivar la actividad económica con medidas monetarias (bajada de los tipos de interés) y fiscales (ayudas e incentivos). En España no fue necesario rescatar a nuestro sistema financiero y con mayor o menor fortuna los incentivos suavizaron la caída.

Ahora hay ciertos síntomas de recuperación económica nada homogéneos, pues los puntos de partida y las medidas han sido diferentes en cada país. Por eso la coordinación global brilla por su ausencia. España tiene, todavía, recorrido objetivo para endeudarse pues nuestra relación de deuda sobre el producto interior bruto (PIB) es menor a la media de nuestro entorno. Pero no hay que olvidar que el margen real es menor que el teórico, pues la deuda soberana no está exenta de ataques. Es momento de reducir, poco a poco, los estímulos y de plantear cómo recuperar la ortodoxia presupuestaria ajustando el gasto e incrementando los ingresos a las arcas públicas. No hay mucho margen de maniobra. Cómo se haga depende de los protagonistas: Gobierno, sí, pero también empresas y sindicatos. El qué hacer, en el fondo, es compartido por todos: retirar con extremo cuidado la respiración asistida a un enfermo que sigue débil y que si recae tendrá problemas muy serios. Y eso si la deuda soberana no entra en crisis. Si llega ese caso, no habrá un problema en Dubái, Grecia o España. Será un problema mundial y para el que nadie conoce la receta.