El 20-D introdujo una nueva regla en la sociología electoral en España. El bipartidismo, que se había nutrido históricamente por igual de los distintos segmentos de edad, perdió a los jóvenes. Desde entonces, Podemos es líder entre los votantes menores de 45 años, una generación hastiada de la vieja política, a la que considera responsable de la frustración de sus expectativas vitales. El PSOE se impone en la horquilla de 45 a 64 años, Ciudadanos mantiene su núcleo más amplio entre los 25 y los 34 -pero no gana en esta franja- y el PP es líder solo entre los jubilados, según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

La radiografía pone deberes a los partidos y les señala las grietas por las que pueden perder votos. La del PP resulta evidente: su electorado envejece. Según cálculos del propio partido, del 2011 al 2015 perdieron 900.000 votantes por edad. Sin embargo, esto no implica que las fuerzas hegemónicas entre jóvenes vayan a imponerse por relevo vegetativo.

MÁS Y MÁS FIELES

Hay factores que dificultan ese cambio. En primer lugar, los sénior son mayoría. La franja a partir de los 45 años suma casi el 60% del electorado. De hecho, el PP rompió una tendencia histórica cuando se impuso en el 2016, perdiendo entre los veinteañeros y treintañeros. Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero habían ganado entre los jóvenes. En resumen: los mayores son más, son más fieles, y el domingo votan.

El reto para Podemos y Ciudadanos es mantener el voto joven y para el PSOE, recuperarlo. Les va a resultar arduo por el perfil de un electorado flexible, que no ha construido una identificación partidaria sólida. Lo auguraba en las elecciones andaluzas del 2015 un dirigente podemista: «Mientras los electores digan ‘voto a Podemos’ y no ‘soy de Podemos’ el vínculo es débil y el riesgo de que cambien de opción es mayor».

La reflexión no es gratuita. Los estudios demuestran que los jóvenes no se sienten tan atados a su voto y necesitan un contexto de fuerte movilización para llegar a la urna. Es decir, sus simpatías no se traducen en papeleta si no hay una poderosa ola que les empuje. En Podemos lo sufrieron. Subidos a la remontada, el 20-D, creyeron en un sorpasso al PSOE el 26-J, pero la abstención -sobre todo en las grandes ciudades- desbarató las encuestas y sus pronósticos de victoria.

Los politólogos recuerdan que el fenómeno se da en buena parte de Europa. Un ejemplo. Con baja movilización de electorado joven, el brexit ganó inesperadamente en Gran Bretaña. En cambio, en las pasadas elecciones legislativas el líder laborista, Jeremy Corbyn, selló su crecimiento gracias a un 70% de electorado joven fuertemente implicado.

RIESGO DE DESMOVILIZACIÓN

El voto joven es, además, poco tolerante a la frustración de ver que su partido no gana ni tiene capacidad de influir en el Gobierno. «Si pierden siempre y se convierten en una minoría permanente aumentará la desmovilización, es un riesgo importante», señala Pablo Simón, politólogo de la Universidad Carlos III de Madrid, que insiste en la debilidad de la identificación de los jóvenes con las nuevas formaciones. «No hay una solución evidente. Deberían consolidar la identidad de partido, pero si no logran forzar cambios en el Gobierno, tendrán problemas porque aumenta el riesgo de desmovilización», opina.

Pone un ejemplo: si el Ejecutivo (PP) se vuelca en medidas de protección para los jubilados que le votan y descuida los permisos de maternidad o las becas de jóvenes, el efecto puede ser negativo para los nuevos partidos si sus electores les ven como una opción ineficaz.

¿Pueden los jóvenes del voto de esperanza frustrado mudar su papeleta a PSOE y PP? Dependerá la incidencia de dos efectos que los politólogos han analizado en el comportamiento electoral. Uno es el ciclo vital, asumir que al ir desarrollando vínculos sociales a lo largo de la vida los ciudadanos votan más.

Y dos, el generacional. El impacto de los acontecimientos impresionables hasta los 26 años afecta a las actitudes políticas. La Transición modeló a una generación, el fin del felipismo generó otra más antibipartidista, y, está por ver el efecto del cuatripartidismo en los millennials.

¿Qué activa más su voto? ¿El sentimiento de indignación por un Gobierno con políticas que les ningunean o conseguir arrancar victorias a ese Gobierno? Ahí estribó buena parte de la pugna estratégica en Podemos y anida una de las claves de un futuro electoral que no está escrito.