Algún día alguien me explicará para que sirven los veedores; esos personajes que, según unos, van por las ganaderías dando la pista sobre la presentación del ganado (estado de los pitones, por ejemplo) o para adivinar cual puede embestir.

Pues bien, al veedor de ayer que no le paguen la comisión y ni un exquisito cafelito matutino en la cueva de El Chapi, que tan amablemente sirve los desayunos (revuelto incluído) y lo que se precie, en los bares de la plaza a primera hora del día, como el mejor de los matadores que actúan en La Misericordia. Todo arte en la suerte suprema.

Por una razón muy sencilla, porque todo el mundo sabe que un toro alto, ensillado y con muchos kilos, (el más chico de ayer pesaba 515 kilos y el más grande 578) nunca puede embestir. No, por el peso, que algo influye, sino por lo que más cuenta, la morfología.

Porque todos eran altones y un toro altón, con la cara por arriba, nunca puede humillar y si no puede humillar, nunca embestirá y menos si es manso de libro, como los de ayer. Y si embisten lo harán con la cara alta y a ver quien lo torea, con los pitones por el pecho.

A lo anterior, hay que añadir que, como todos los astados tenían poco fuelle, los pobrecicos animales aún levantaban más la cabeza y la boca (por supuesto) para que les entrara bien el aire a sus vacíos pulmones.

Por eso, todos los matadores dejaban tanto espacio muerto entre serie y serie, para que los toros pudieran respirar, aunque, también les venía bien el descanso a los espadas.

Bueno, pues con estos mimbres, los tres estuvieron bien y resolvieron la papeleta con dignidad y profesionalidad.

Lo mejor de la tarde llegó de la mano de Jesús Millán, en su primero. Con el capote remató la labor con una excelente media verónica y luego, con la muleta, cuajó dos series por el pitón derecho, de las verdad, con valor, temple y ligando los muletazos con la emoción de la incertidumbre. Con su segundo nada pudo hacer.

Padilla compareció para matar la corrida pero, cuando se dio cuenta de lo que pasaba en el ruedo, se puso las pilas y se acreditó como un perfecto director de lidia, prestando atención a la jugada y resolviendo las situaciones con sabiduría y prontitud

Con sus dos toros estuvo valiente. Sobre todo en el cuarto, al que había que lidiarlo con rapidez de piernas, como un buen fajador.

Eugenio de Mora no se amilanó en ninguno de sus dos enemigos y se sirvió de su estatura para lidiar mejor la vulgaridad que le tocó en suerte.