Al concluir Serrat la interpretación de Hoy puede ser un gran día los espectadores, puestos en pie, le tributaron una de las ovaciones más largas y calurosas que se han escuchado en Mozart en un concierto de música popular. Con esa canción cerraba el cantante casi dos horas de actuación, y pretendía retirarse. Pero tuvo que rendirse a la evidencia: el público, que llenaba la sala, quería más. Y más dio Serrat: De vez en cuando la vida y Fiesta.

Completó con esas dos piezas un programa de 20 canciones en el primero de los dos conciertos que ha dado en Zaragoza durante las fiestas. Un concierto íntimo, trufado de anécdotas y comentarios jocosos (esos con lo que Serrat, como los mejores intérpretes de El Club de la Comedia, pone de manifiesto su mejor vena de actor), acompañándose con la guitarra y apoyado por el piano, sugerente, preciso y detallista de Ricard Miralles.

Serrat no vino a presentar M“, su disco más reciente (nada cantó de ese álbum), sino a mostrar un repertorio que dibujaba, o casi, todas sus facetas como compositor e intérprete. Abrió la velada con Menos tu vientre, y continuó con Mediterráneo, Una mujer desnuda y en lo oscuro, Tu nombre me sabe a hierba, Esos locos bajitos, Señora (informó de que ha incorporado esta pieza recientemente al directo, después de muchos años de no cantarla), Por dignidad, Me gusta todo de ti (pero tú no), Cantares, Can§o del lladre (una pieza popular catalana del siglo XVII)...

Una cuidada selección, sí, que, lamentablemente, no llegó al público con la fuerza y la emoción de antaño. Serrat, como intérprete, no pasa por sus momentos mejores (cuando menos el martes), y echa mano para resolver su apuesta de trucos de artista experimentado. Una lástima, pero así están las cosas. Quedan, eso sí, las canciones.

Penélope, Es caprichoso el azar, Disculpe el señor, Una de piratas, Muñeca rusa, Romance de Curro El Palmo y No hago otra cosa que pensar en ti también sonaron el martes en la Mozart, configurando una propuesta que, de haber contado con un Serrat algo más en forma, habría armado una gran noche.

El placer no fue completo: el gusto de escuchar canciones hermosas, esas que ya están instaladas en la memoria colectiva, quedó mermado por una actuación muy profesional, pero con escaso poder de comunicación. Pena.