La plaza casi se llenó, pero nos dieron garrafón del puro, porque los ejemplares que se lidiaron no eran de marca, (aunque así se llame el ganadero zaragozano). Su juego fue de los de resaca y de las malas, por lo que habrá que concluir que eran de garrafón, como en los mejores tiempos.

El comportamiento de los siete ejemplares que saltaron a la arena fue exactamente igual, como copiados uno del otro: No se movían, cabeceaban, topaban en lugar de embestir y de vez en cuando se echaban la siesta, por aquello de la resaca o de la garrafa. O sea todos repitieron el mismo juego, como los papagayos.

Los que de verdad triunfaron fueron los espectadores que comparecieron en La Misericordia con otro espíritu del que es habitual. Mucho menos crítico, más a favor de lo que sucedía en el ruedo y con una ilusión de que triunfen los toreros. Sobre todo para aprovechar, que digo aprovechar, amortizar el precio de la entrada. Porque, si además se toman en serio la tarde, es para enfadarse y mucho. En otras épocas las broncas se hubieran oído hasta en la Misa de Infantes.

El Juli no tuvo su tarde. Tampoco su ilusión. Ni supo meterse al público en el bolsillo, teniendo en cuenta lo poco que se exige en Zaragoza, ni arriesgó. Con su segundo, pareció que las cosas podrían mejorar, porque hasta hizo un quite, por faroles, más atropellado que otra cosa. Pero fue el quite del perdón o de la cartera (sin acritud, eh).

A Manzanares le faltó decisión. Se justificó, pero se pudo haber justificado más y mejor, sobre todo en la lidia del quinto, un animal que con una chispa más de fuerza hubiera tenido alguna posibilidad.

Con este toro, el alicantino ligó alguna serie por el pitón derecho y los bondadosos espectadores lo agradecieron.

Eduardo Gallo hizo lo mejor. Con el capote recibió a su primero bajando bien las manos, en unos lances cargados de personalidad. Con la muleta se la jugó en sus dos enemigos. Prueba de ello es que los dos le voltearon. La verdad, es que en el sexto el toro no tuvo más remedio que hacerlo, porque se quedó abrazado a él. Pero se lo agradecieron los espectadores.