La actividad del día grande de las fiestas comienza a las siete de la mañana. Mantones, faldas, medias, camisas, zapatos, cachirulos, chalecos, fajas y alpargatas. Y flores. Sobre todo flores, el complemento más importante de todos los que participan en la ofrenda.

Con las prisas, los cordones se desatan, se caen los pendientes y hasta se producen olvidos tan importantes como dejarse las flores en casa y darse cuenta de ello en la calle. Mientras, las paradas de los autobuses, a las 8.30 de la mañana están repletas de baturros.

Los puntos de acceso a la ofrenda, son un auténtico ir y venir de gente.En el acceso número ocho, situado en la calle Cádiz, el grupo de las 9.10 de la mañana se prepara para incorporarse al desfile. A pesar de la hora tan temprana, ya hay retrasos y la salida se produce finalmente a las 9.20.

Los parones por el camino se aprovechan para recolocarse el mantón o buscar horquillas para el pelo que se ha salido del moño. Y por supuesto, para matar el hambre de las 9.45 de la mañana. El pan de hogaza, chorizo y la bota de vino ayudan a que el trayecto hasta el Coso sea más corto.

Una hora después de la salida, llega la entrega de las flores. La gran mayoría de los oferentes de primera hora de la mañana optan por las flores blancas, que formarán el manto de la Virgen del Pilar. El momento más importante, la entrega, es el más rápido. Los ramos, agrupados por colores, comienzan el ascenso por la estructura metálica. Minutos después formarán parte del gigantesco manto que viste a la Pilarica durante unos días al año.