Premio gordo el que se llevaron los aficionados que acudieron a La Misericordia. Fue la tarde más completa del ciclo hasta ayer y permite muchas interpretaciones.

La primera, en cuanto a la presentación. Hubo ejemplares de variado peso. También hubo uno de 495 kilos (el quinto), con los cuatro años cumplidos en el mes de septiembre. Nadie lo protestó, tenía pinta de toro.

Otra interpretación responde a la negativa del presidente a devolver al tercer toro de la tarde, que cojeaba ostensiblemente de los cuartos traseros y que al final de su lidia, se recuperó. Se supone que el Usía acertó.

Seguimos interpretando y llegamos a la faena de Manuel Jesús El Cid en su primero. Una labor en la que abundaron los tirones, por ambos pitones, y en la que, además, el espada sevillano se mostró más acelerado que otra cosa. Pero para algunos estuvo bien.

Con su segundo las cosas no mejoraron. También tiene sus interpretaciones. El comienzo de la labor de El Cid fue trepidante, era como si le pegara muletazos a la máquina del AVE. Se ponía y con tres o cuatro muletazos, como mucho, daba una serie. Pero, en realidad El Cid no daba nada; se daba los muletazos el mismo toro que se comía la muleta. Al final de la faena, sus seguidores decían que se había templado. Pero, para mí que seguía acompañanado con la muleta las embestidas del toro, que es diferente a torear. Lo mejor del sevillano, en esta faena, premiada con una oreja, fueron los pases de pecho.

Lo más lucido de El Fandi llegó en el quinto, con las banderillas. Antes, en el segundo y se pueden hacer otras muchas interpretaciones, realizó una labor con la muleta muy encimista, en la que faltó la distancia adecuada y el preciso reposo. La estocada no tiene interpretaciones. Fue sensacional.

César Jiménez salió a por todas. Con su primero, en el que obtuvo su trofeo, hubo voluntad a raudales y una buena serie por la derecha. Con el que cerraba plaza, las cosas fueron por buen camino hasta que se desengañaron los dos, el toro y el torero.

No hubo dudas al ovacionar los pares de Alcalareño al primero y en la devolución del segundo, tras partirse una mano.