Era la primera vez que Alejandro Talavante se vestía de matador de toros en La Misericordia y deslumbró por su entrega sobre el ruedo, tal y como lo ha venido haciendo ante los aficionados esta temporada. Se quedó sin trofeos por culpa del acero, en el primero, y por los constantes avisos que le enseñó el último. Pero su huella quedó marcada en el aficionado como un diamante a tener muy en cuenta a partir de ahora.

Hasta entonces, las únicas y no muy brillantes actuaciones del extremeño en Zaragoza habían sido de novillero. Pero ayer, dio un golpe de efecto y un importante paso en su esperanzadora carrera. El público se quedó agradecido gracias al elevado desparpajo y valentía, y a esa manera de quedarse vertical y quieto ante el toro.

Le faltó matar y tener mayor tranquilidad, pero eso se aprende desde la experiencia y madurez de quien está solo en la temporada de su estreno. Fue tal la ansiedad, que el tendido y su propio apoderado le pedían que matase a su segundo cuanto antes, dadas las malas intenciones que llevaba. "El toro ha estado pendiente de mí constantemente. Ha sido más una pelea que lo que es el toreo, pero esto también emociona y sirve".

Abandonó La Misericordia cojeando tras propinarle el sexto un gran revolcón, aunque feliz por el reconocimiento del respetable. "Lo he dado todo. La pena es que he fallado con la espada, pero la gente la he visto muy receptiva. Me ha gustado la plaza y he disfrutado", añadió. Lo tiene muy claro y sabe qué suelo pisa y por dónde está el camino. "A la gente he querido enseñarle a Talavante, no he querido demostrarle nada. Aquí no hay que demostrar, hay que hacer", sentenció a sus 19 años.

La única oreja fue para Salvador Vega con el primero de su lote, el mejor de la tarde. Pudo hacer más en el otro, con el que llegó a ponerse pesado. "El juego ha sido desigual e incierto. Mi valoración es positiva. Una vez más, corto pelo en esta plaza y eso es importante". El que no salió nada satisfecho fue Morante. El sevillano cerró su boca tras escuchar tres avisos y asestar ocho pinchazos a Dudoso. Acabó con su propia paciencia.