Couleurs Mecaniques en la plaza del Pilar con su espectáculo A l´aire de rien bajo el cielo nocturno. Un batería encaramado en lo alto de una estructura. Canciones francesas de la gran época de las caves parisinas de los 50 acompañando a los contorsionistas. Danza minimal, escenificaciones, todo sensual y cómico, como sólo los franceses saben, pero tan lento y patafísico como un filme de Godard.

Los acróbatas se colocan arneses para unos juegos elásticos de puenting, en tanto unos personajes estrafalarios deambulan por la escena, entre redobles de caja. Teatro del absurdo con música maquinera y el juego de comicidades sueltas sobre los flejes de las camas elásticas, a todo lo que da la goma, sin mayor misterio.

Ballet contemporáneo, teatro de objetos, aria de Carmen, de Bizet, con un coro de gente heterogénea, que hubiera valido más para música de Schömberg. El color pardo se avenía con la noche. Las campanadas del reloj del Pilar ya estaban acalladas y salió la artista quitándose los guantes a lo Gilda, después la falda, después la blusa...

Y comenzó a ascender por unos lienzos blancos, enroscada, un verdadero ballet a diez metros sobre el suelo. Jugaba con las telas como si fueran alas, se envolvía como una crisálida, velada y desvelada, agitándose como una araña.

Aún quedaba el trapecio y los giros en el aire de los demás artistas. Decía Sartre que era admirable que exista el ser en lugar de la nada y que ya sería bastante con que existiera una sola gota de agua como ejemplo. Pero se quejaba de que hubiera tal exceso de seres, de cosas, ese abrumador insistir de la existencia. Anoche era un ejemplo.