Reían los niños cuando el Patito Feo tocó el agua con su ala y la retiró escapao porque estaba muy fría. Y luego, cuando el Pato Salvaje aparece y pregunta "Tiene que estar fría ¿no?", todos los niños dijeron: "¡¡Siiiiiii...!!", cómplices. Era el teatro de marionetas abierto en el Parque Pignatelli, títeres que muestran a seres amables e ingenuos que preguntan por el tío de la cachiporra: "Dónde se habrá metido?", y los críos, alargando los brazos: "¡¡Ahí detrás!!".

Esa complicidad con los buenos redimía a los críos de sus travesuras y los metía de lleno en el cuento. Hasta creaba una graciosa división de opiniones cuando llega el lobo y dice: "Por aquí ha estado un pato, ¿no?" y los más ingenuos respondían unos síes pesarosos y verdaderos, pero los más avisados soltaban un "¡nooo!" de mentirijillas que sonaba a gloria.

Tienen los niños su bestiario bien archivado, de modo que a la pregunta del Patito asustado ante la aparición de una mariposa sobre si es un animal peligroso todos unánimes negaban. El caso es que cuando termina el cuento, los padres y abuelos, regresados a la realidad, miraban los relojes y planificaban lo que queda de la mañana.

Pero los niños no ven diferencia alguna entre el mundo del cuento y el mundo real. A una chiquilla a la que su yaya le compró un globo en forma de sable se echó a correr veinte metros realmente convencida por un instante de poseer la herramienta para lanzarse a conquistar del mundo.

Ernst Gombrich (1909-2001), uno de los teóricos contemporáneos del arte, cuando dice que un caballo de juguete representa a un caballo, deja claro que la palabra representar no significa que imite la forma, sino que realmente sustituye a un caballo. Que "el factor común entre un caballo y un palo es la función y no la forma".