Existe un mantra sorprendentemente extendido entre los jóvenes que se reproduce desde el final del verano hasta la llegada de las Fiestas del Pilar. Tiene que ver con el curso escolar, y viene a decir algo así como “después del Pilar, me pongo a estudiar”. Será por ello que los jóvenes disfrutan cada año como si fuera el último, durmiendo cuando sale el sol para rendir como compañeros de la luna.

Es fácil identificar que las fiestas han llegado a Zaragoza observando cómo visten los más jóvenes: peto blanco —o de colores, al gusto del consumidor— firmado por media ciudad; sudadera, que el frío ya se hace notar en octubre; y cachirulo a la muñeca, acompañado de la llamativa pulsera que da acceso a los recintos festivos.

Espacio Zity, ahora, Parking Norte y el pabellón de Interpeñas, no hace tanto, han aglutinado durante los últimos años el ocio juvenil con sus conciertos y verbenas. Sin embargo, lo cierto es que la fiesta comienza en las grandes explanadas de los espacios organizadores con una macroreunión social donde los jóvenes demostraban, efectivamente, que Zaragoza es un pañuelo.

A su lado, en Valdespartera, las ferias. Lugar de reunión para las juventudes y de atracción para los más altaneros, siempre presumiendo de puntería en las garitas de tiro y de valentía ante la casa del terror, se trasladaron a la periferia de Zaragoza en 2005 tras décadas situándose en la zona de Miguel Servet. Y la Oktoberfest, que pone el punto más germánico de las Fiestas del Pilar con una amplia variedad de cervezas y algún que otro accidente al brindar las jarras…

Igual que las peñas, siempre bien representadas por sus jóvenes con los disfraces más originales, los bailes más estrafalarios y una actitud más que positiva para animar el ambiente de las calles junto a las charangas. Y es que, si algo tienen en común los jóvenes de cualquier época, al igual que cenar de pie un bocadillo de calamares, es que están siempre en boca de todos.

Como en la plaza de toros, donde cada mañana se reúnen los más atrevidos y los menos dormidos en la arena de La Misericordia para emular a los recortadores del concurso y llevarse, en el intento, algún que otro revolcón.

Pero no todo corresponde a la jarana en los Pilares de la juventud. A las tradiciones no se puede fallar, y allá que se les ve siempre vivarachos —alguna vez, ciertamente supervivientes— junto a la familia para rendir homenaje a la Virgen en la Ofrenda de Flores.