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Cultura

El eco de una imagen

ALFONSO HERNÁNDEZ26/09/2018

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El faro

/ Algo tenemos de faro sacudidos por las olas en el finisterre. Abocados a naufragios del alma y el corazón, sin duda del físico, resistimos sin embargo por la luz que guía la supervivencia, por una fuerza interior que claudica no sin antes haber besado todos los vientos que se han dejado. Solos sobre una roca erosionada, a punto de ceder al último golpe de mar, buscamos en el horizonte una embarcación en la que reconocernos, otra vida que salvar para salvarnos en ella, por ella. Firmes, altivos, rociados por la espuma de la rebelde juventud y bañados por las lágrimas del ocaso irremediable. Bellos versos que surcan el cuaderno de bitácora de la existencia aun sabiendo que nuestra ruta de tesoros se sumergirá en el papel mojado del olvido. Candilejas de un teatro incendiado por el deseo de otro amanecer de rosas líquidas sobre el rostro. (Con permiso, dedicado a Sonia Fernández García) Foto: Petros Giannakouris / AP
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El Oscar en su clímax

/ Si hubo un momento top en la descafeinada entrega de los Oscar, una gala que en su puesta en escena va perdiendo fuelle a pasos agigantados, correspondió a ese instante en el que Lady Gaga y Bradley Cooper se reunieron en el escenario del Teatro Dolby de Los Ángeles para interpretar la deliciosa amargura titulada "Shallow", del filme "Ha nacido una estrella". Los protagonistas de la película y de la canción, que se llevó por goleada el premio para el que estaba nominada, se citaron junto al piano y alcanzaron un clímax de complicidad de elevadísima temperatura artística. Hasta tal punto que consiguieron transmitir una profundidad humana que hizo creer al mundo que les unía mucho más que la profesionalidad. Cuando se miraban y cuando dejaban de hacerlo; cuando se entrecruzaban las voces y cuando se esperaban; bajo una luz de naranjos en flor que se posó con dulzura en las caricias de un dueto ¿enamorado? La magia del cine estuvo concentrada en esos minutos, en el arte de hacer y convencer a los espectadores que los personajes se liberan del autor para construir un universo íntimo, tan real que lo es. Ambos se podrían haber llevado una estatuilla más para casa en el caso de que se hubiese permitido una votación improvisada cuando cesó la música, porque Gaga y Cooper nos convencieron de que la ficción supera a la realidad, de que llegaron a besarse aunque no lo hicieran. Porque lo auténtico no reside en lo que se ve sino en lo que se siente. De eso va este maravilloso negocio de la vida y sus producciones, de traspasar la pantalla, los corazones y la superficie donde no nos puedan hacer daño. FOTO: REUTERS
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La muerte y Julieta

/ La muerte es el tema más recurrente del ser humano aunque dedique toda su vida a evitarla. Pasan las culturas, las civilizaciones y los presidentes de EEUU y nadie la desplaza del trono de la tragedia por excelencia. Su trabajo es vitalicio; levantan suntuosos mausoleos en su honor; las patrias y los sacerdotes le entregan orgullosos a sus hijos, y no hay amor legendario que se precie que no la tenga como principal invitada de la última escena. Povoca temor y respeto. Dolor... y consuelo también. Nada ni nadie en la historia tuvo tanto poder. Se podría decir que es la quintaesencia de la felicidad. Incluso dispone de un bono gratuito para la eternidad. Y, sin embargo, siempre lleva esa cara larga de acelga y un caminar arrastrado, como si las almas recogidas le hubieran dejado en los bolsillos toneladas de reliquias de recuerdo, bisutería de agradecimiento por el viaje guiado. Algo chirría en el acontecer de esta funcionaria. Quizás la rigidez del horario y la ausencia de vacaciones; puede que de tanto traslado de espíritus, le haya brotado mala conciencia... O, sencillamente, añore ser por una vez Julieta. Bella, frágil, enamorada y mortal en Verona. FOTO: Vincenzo Pinto / AFP / Getty
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El alma astillada

/ En ocasiones, el alma se nos desviste en un frío lugar del ártico emocional, y todo se congela. La sonrisa, el corazón y sus ramificaciones razonables entran en un doloroso estado de hibernación. La soledad y los silencios navegan entre interrogantes náufragos de respuestas, lejos de cálidas orillas, mar adentro de la desolación. Es la cara oculta de la vida, eclipses que entregan sin resistencia nuestros reinos a la oscuridad. A la espera de que suba la marea para iniciar un nuevo viaje con los restos del anterior. En el horizonte de las personas heridas, dice la leyenda, existe un lugar habitable. El alma, astillada, rema en el hielo. FOTO: Alexandre Meneghini / Reuters
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La vida fantástica de Julius

/ Como otros seres en aquel recóndito planeta de vidas fantásticas, Julius tenía un don. Mientras había quien detenía la luz de las sombras, la lluvia de arena, el viento de pétalos o el vuelo de los pájaros metálicos, él lo hacía con su corazón. Miraba a un punto fijo, se concentraba sin esfuerzo y se desplazaba por intransitables pasillos espaciales. Su viaje era muy popular en la comunidad, y cada vez que clavaba los ojos en las estrellas y se ausentaba, un numeroso corro de curiosos se formaba a su alrededor, esperando a que regresara y relatara durante el resto de la noche su nueva experiencia mortal. Al recuperar el latido, siempre volvía con ricas historias de una extraña tierra azul donde sus habitantes amaban. Nadie entendía muy bien el significado, porque en aquel recóndito planeta de juegos paralizantes, los sentimientos se reducían al asombro. Aquel día, Julius tardaba en reactivarse. Lo suficiente como para que fuera declarado fuera de servicio. En la autopsia, no le encontraron el corazón. Había elegido otra vida fantástica, la eternidad compartida en la tierra de la pasión. (Dedicado a Rosalind Franklin ExoMars Rover, el robot que debe aterrizar en la superficie de Marte en 2021) FOTO: BEN STANSALL AFP
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El regreso de Medusa

/ Medusa está de vuelta. No la trató demasiado bien la mitología, ni tampoco Rubens cuando dibujó su cabeza amputada por Perseo, cubierta de serpientes y supuesta maldad libidinosa por venganza de Atenea. Bella, de mirada pétrea para el enemigo, condenada a la monstruosidad por la furia divina tras ser violada por Poseidón. Medusa está de vuelta. Ha regresado en cada mujer, cuyos cabellos peinan el viento de la libertad, dueña de su destino en contra de manadas olímpicas, de constantes vejaciones. Aún sorprendida en sus sueños por una espada asesina sobre su cuello. FOTO: JUAN HERRERO EFE
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Dame un like

/ La fotografía no nos cuenta nada nuevo y sin embargo tiene la facultad de decirnos quiénes somos o aspiramos a ser con un móvil embellecedor en la mano: un like ególatra o un like mercantil. En muchas ocasiones, sin duda, un SOS. Las redes sociales se ofrecieron como amables nichos donde desnudarnos, un canal sin peaje para enlazar informaciones, comunicar o compartir. Hoy, con su maquinaria fagocitadora, ha conseguido despojarnos de casi todo el vestuario, incluido el abrigo del pudor, para exponernos como artículos de su ingente escaparate. Presos en absoluta libertad si no se tiene conciencia de la herramienta y sus prestaciones más útiles; prisioneros de una ficticia independencia si no se controla su seductora adicción. Maniquís de la felicidad filtrada en el caso que nos propone la imagen que acompaña al texto. No todo lo carga el diablo en este superpoblado cosmos del selfie, pero muchos usuarios venderían su alma por un 'me gusta' a la supuesta originalidad. Sin importar si procede de la sinceridad, del interés o del anonimato. También se pueden retocar esos pequeños detalles. FOTO: Denis Balibouse / Reuters
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La construcción más repugnante

/ La construcción más repugnante tiene nombre: muralla. Sin derecho a réplica, la impone el poderoso y la sufre el débil, presentado como amenaza pandémica. La historia está delimitada por estas moles artificiales que se justifican por todos los motivos imaginables: económicos, políticos, sociales, religiosos, étnicos. Veneradas en algunos casos, altares en la guerra y cruces en la paz, siguen brotando de lo más vergonzoso de la arquitectura humana, que pretende proteger al pueblo sin el pueblo. La tierra parcelada entre el bien y el mal según el evangelio de los sacerdotes bañados en el incienso de los bienaventurados por el statu quo. Pierden la vida o la esperanza quienes intentan hallar un mundo más amable al otro lado, donde la rica cosecha crece sobre el abono del miedo. Al cruzar el río de la vida, unos y otros somos espaldas mojadas hacia la última fortificación natural. Quizá la muerte sea la democracia perfecta, la geografía sin vergonzantes obstáculos. FOTO: Ed Jones / AFP
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Qué demonios hago aquí

/ Todos nos hemos preguntado alguna vez, o en algún tablado, qué demonios hacemos aquí, adverbio de lugar que se dota a sí mismo de pasaporte para viajar sin límites de kilometraje por la estupefacción existencial. Los automatismos o la ausencia de ellos nos conducen a una vida que creemos la nuestra, una propiedad adquirida en la convicción de que se ha construido bajo el control más absoluto. Familia, trabajo, ocio, amistades y otros satélites forman el círculo de la supuesta felicidad. De la satisfacción al menos. Siempre cojea alguna de esas patas y cuando lo hacen la mayoría, el caos. Pero es en el equilibrio, o lo que se entiende como tal, cuando el individuo se siente vulnerable a la autenticidad. Desde la cumbre de los objetivos cumplidos, el vértigo suele presentarse sin previo aviso. Qué demonios hago yo aquí. En este trabajo, con esta pareja, en este teatro que me importa más bien poco o nada. La crisis se eleva como una ola devastadora que arrasa hasta con los principios. Quise ser surfista y soy agente inmobiliario; me enamoré ciegamente de menganit@ y comparto sábana y pasta de dientes con fulanit@; me propuse conocer mundo y todos los veranos los sufro en un apartamento prestado (sin wifi). Hierve la rebeldía, el deseo de volver a empezar allí, en otro lugar, en el paraíso perdido. Y al cruzar la puerta --las puertas-- con salvaje determinación innovadora, el confort de lo cotidiano te guiña el ojo. Y acabas dentro de un traje de astronauta, perdido en un bosque sin animación. Tan normal. Presurizado. FOTO: Richard Bouhet / AFP
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Melancolía

/ A todos nos ocurre con mayor o menor frecuencia. La melancolía es un dulce pájaro de juventud que se posa sobre las cumbres nevadas de la memoria. Y desde allí, nos muestra paisajes que fueron o creímos más bellos que los ahora transitados; siluetas de personas con o sin rostro que en, ordenada procesión, saludan felices por el valle de los reencuentros. El alma se encoge ligeramente con el roce de esas alas del tiempo que acarician los recuerdos, depositados a flor de piel de corazón para convertirse en un solo latido de añoranzas. Por el cauce de la melancolía, por la huella de los grandes cañones que escarba la vida, fluye la tristeza hacia el mar del pasado. Allí donde nos espera el naufragio para ser evocación de otro que aún está por hollar esta cima de la nostalgia. FOTO: Daniel Slim / AFP
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El pájaro que fue ballena

/ Todos quisimos ser algo o alguien diferente. O lo soñamos, que es otra forma de deseo encubierto. Aunque se presente con idénticos modales, nada tiene que ver con la felicidad terrenal, esa que conceden los genios de la lámpara a modo de publicistas. Se trata de uno de los múltiples vértices de la utopía, una sana reivindicación por atrapar lo imposible y jugar a domesticarlo a nuestro antojo. Volar como un pájaro ocupa uno de los primeros puestos de ese ránking de íntimas pasiones del ser humano. Ligeros y libres; braceando para avanzar sobre paisajes naturales, idílicas postales de la naturaleza que se van sucediendo con aéreo frenesí. Saludan con brevedad las nubes y nos observan perezosas las montañas coronadas de nieve. El cielo es nuestro hogar, cálido, acogedor, sin fronteras para la imaginación. Una bandada se cruza en el camino dibujando la silueta de una ballena. Quién puede cuestionar que no sea el espíritu de Moby Dick, por fin pájaro inalcanzable para los arpones. Quién nos puede impedir ser diferentes cuando sopla el viento de la fantasía. FOTO: Amir Cohen / Reuters
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Para quienes lloran en Nochevieja

/ La vida se hace corta y los años largos si no breves. Esta aseveración viene ligada, por lo general, a las personas que han cruzado el ecuador de su caducidad, puesto que las otras celebran la festividad cada día sin meridianas melancolías ni cronómetros existencialistas. Una paradoja puesto que el tiempo es el mismo y no siempre es igual para ambos. Se presenta así esa fecha para celebrar la vida con la bienvenida a un año. Y la muerte con la despedida del viejo. En todos los hogares, sin distinción de clase ni condición, al menos uno de los comensales tiene motivos para llorar durante ese paso fronterizo ya que por la travesía ha perdido algo. Un ser querido, una ilusión, un amor nonato (?), un fragmento de salud. Bienes materiales, que también desatan la tormenta lacrimógena en los más prosaicos pero no menos sensibles. El 31 de diciembre reúne en el calendario más o menos occidental esa contradicción de ánimos alrededor de una mesa, de ecosistemas emocionales que brindan por la felicidad futura entre burbujas no siempre con gas. Nos recomienda una amiga, prudente ella y sin duda más especializada en este tipo de canales comnicativos, que en esta cuenta de Instagram hay que sortear y evitar la redacción personalizada. Lo siento querida, las redes sociales las alimentamos nosotros con lo que consideramos, aún en el error, de interés general para el ser humano. Platero y yo te echaremos de menos en Nochevieja y, mientras podamos, elegiremos la senda de la libertad para exponer nuestras emociones aquí y en Las Vegas. Porque el espíritu indomable, sin rigideces tecnológicas ni estilísticas, es el que nos permite avanzar hasta cada 31 de diciembre para escribirte que te queremos. Para llorar las ausencias y atracar en el 1 de enero con la esperanza de partir hacia una vida más corta, posiblemente más intensa. Foto: Amir Cohen / Reuters
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La derrota de Laura, la nuestra

/ Una de las integrantes del operativo de la búsqueda de Laura Luelmo llora al enterarse del hallazgo del cuerpo de la joven. La fotografía es un llanto ahogado en la sinrazón. La desolación personal colisiona con la sensación de fracaso universal en este impactante encuentro sin dioses a los que rezar, de rostros extraviados entre el dolor y la impotencia. La muerte tiene mil máscaras y ninguna amable. Esta, la de la profesora asesinada en Campillo, pertenece a la del carnaval de la infamia, a esa repugnante procesión de acontecimientos que reúnen en el mismo crimen ignominias indescrifrables para la gente de bien. Acoso, rapto, violación, agonía... Una mujer más martirizada. Una mujer menos que se suma al camposanto del terror, esa tierra regada de sangre inocente con perversa cotidianidad masculina. La mujer de la imagen se derrumba por todos frente a su doble indefensión, como ser humano y pieza de caza en un coto de leyes ciegas y permisivas. Siente la derrota de Laura. La suya. La nuestra. de sangre inocente con perversa cotidianidad masculina. La mujer de la imagen se derrumba por todos frente a su doble indefensión, como ser humano y pieza de caza en un coto de leyes ciegas y permisivas. Siente la derrota de Laura. La suya. La nuestra. FOTO: EFE
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La memoria de los demás

/ La memoria de nuestros primeros años pertenece a los demás. Es un archivo construido por los historiadores más próximos, biógrafos y guardianes de recuerdos de esos días de exclusivo aprendizaje de los sentidos. Con el tiempo, novelistas de episodios de vivos colores donde nunca se pone el sol y jamás reina el dolor. Bajo ese arcoiris de emociones, nos relatan entusiasmados cómo empezamos a andar cual muñecos de trapo; cuándo encendimos los rostros con una carcajada imprevista; qué forma tenía el llanto de las reclamaciones; de qué estaban hechas aquel par de sílabas que revolucionaron el hogar al ser pronunciadas por sorpresa. Fueron colonos de una tierra de promesas, las nuestras, que comenzaban a florecer bajo la lluvia de su tutela. De toda esa información tomamos prestada el alma, pero nos es imposible ponerle cuerpo salvo por algún vídeo o fotografía que atestiguan que la felicidad fue protagonista absoluta de nuestro rostro como inocente, nítida y asombrada pantalla de cada descubrimento. Y sin embargo, cómo nos echamos de menos en el amanecer donde, nos cuentan, reinaba el sonido de las caricias. FOTO: Danish Ismail / Reuters
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Los nuevos rostros de la paz

/ La paz es un bien infravalorado. Incluso mal visto e incómodo. La utilización de la fuerza a todos los niveles, patrióticos o domésticos, ha sido y es la punta de lanza de la mayoría de las civilizaciones para establecer fronteras culturales, económicas, religiosas y físicas. El recibimiento a un guerrero con la espada bañada de sangre o empuñando un fusil ideológico se realiza bajo un aparatoso boato litúrgico. El reconocimiento a quienes luchan en el bando contrario, en la defensa de los derechos humanos y la no beligerancia, se contempla como un bien colateral, premiado con el Nobel de la Paz, galardón que tuvo género masculino y que, con morosidad, va acelerando el protagonismo de la mujer en su lucha por las igualdades y el respeto. Desde que se estableció en 1901, el premio lo han recibido 90 hombres y 20 mujeres, siete de ellas en el siglo XXI. la última, la iraquí Nadia Murad por sus esfuerzos para acabar con el uso de la violencia sexual como arma de guerra y en conflictos armados. Lo ha compartido con un hombre en la misma misión, el congoleño Denis Mukwege. Son los nuevos rostros de la paz en una batalla interminable por despertar conciencias dormidas, por hacer de este mundo un planeta respirable para los inocentes. FOTO: HEIKO JUNGE (AP)
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De qué están hechos los besos

/ Parece siempre el mismo, balanceándose sobre el péndulo de la primera vez. Una boca contra la otra respiran los alientos de la inquietud, atropellándose los labios, encontrándose en loca armonía, confunsión de aire que sobra y oxígeno que falta. Puerta de la pasión, antesala de la ternura, habitación con vistas al ¿amor? En el tiempo que se detiene, los relojes del cuerpo emprenden una carrera de fiero canibalismo informativo, que va desanudando secretos en el silencio que todo lo cubre. El beso es la mecha de una noche explosiva que puede durar un día o una vida. Quizás un segundo eterno. Comparte la materia de las ilusiones: aletea mágico antes de que se produzca y pervive en la distancia imposible de retomar. Parece el mismo, pero siempre se disfraza maravillosamente del primero en tu boca. FOTO: Zhang Wei (Getty)
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¿Quién hace reír al payaso?

/ Los payasos tienen, por vocación, el oficio más difícil: que la risa flote sobre este mar de lágrimas. Se disfrazan con vestuarios y maquillajes de formas y colores extremos para captar la atención en el circo de la distracción, en cualquier calle peatonal de la alegría. Artistas de pura raza, con esa sátira corporal y sus premeditadas torpezas se inmolan de inteligencia en cada actuación. Elegantes y turbadores. Sin pasar por el aro de fuego, sin contorsiones arabescas, sin fieras a las que domar ni temerarios lanzamientos de cuchillos. Sin red, son los reyes de la pista para niños y niñas mágicamente despojados de la edad. El mayor espectáculo del mundo puede sobrevivir sin la mujer barbuda tragando sables, el funambulista ciego sobre el alambre del desamor, los elefantes de trote jerezano e incluso el algodón de azúcar. No podría soportar, sin embargo, que de su cartel se cayeran estos actores de método que cuando se apagan los focos regresan a la roulotte con cientos de carcajadas acompañando su legendaria aura perdedora. Entre bastidores flota la pregunta: ¿quién hace reír al payaso? Del acordeón de Gensi brotan una música de pálida melancolía y una sonrisa de gentil esfuerzo antes de la próxima sesión. Quizás su felicidad resida en una rosa blanca lanzada por un admirador anónimo, en dejar que se deslice una lágrima por los pasadizos secretos de una vida dedicada a que los demás se sientan vivos. FOTO: Clemens Bilan (EFE)
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Matrimonio sin casco

/ Es de público conocimiento que las relaciones humanas implican algunos riesgos elevados. Entre ellas, el matrimonio se lleva la palma aunque en ese contrato y en los dulces sentimientos primigenios que lo acompañan se incluya una coqueta cláusula de perpetuidad. Formalizar la pareja en los altares, sin embargo, suele producir vértigo desde el primer minuto. Con el tiempo, pocos son los alpinistas del amor que sobreviven en pareja en una pared vertical como ninguna. Con la amenaza del vacío a los pies y la pasión, por lo general, abandonando la cordada, el éxito de este compromiso más allá de la ceremonia depende en su mayor parte de una excelente preparación mental e incluso física. Sí, para casarse y no despeñarse en el intento hay que tener una base formativa de atleta porque según se avanza, las placas de hielo se multiplican. Estos novios chinos han querido ser originales y lo han logrado paseándose por la cara de mayor atractivo turístico de la Montaña Chaya. Aun asegurados por arneses y cuerdas, se les ha quedado una cara de pánico contenido, de sonrisa boba, de "quién demonios me diría a mí que me metiera en esto". Lo que el espectador debe deducir es a cuál de las dos aventuras temen más. Lo que nunca falla en una boda como dios manda es la guasa de familiares, amigos e invitados furtivos ya suene Paquito el Chocolatero en el salón de un restaurante (chino) o salga la música de la grieta de una roca mandarina. Algo saben los comensales del matrimonio que van con casco, disfrazados y partiéndose de risa.
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Gatillo fácil

/ El móvil ha convertido nuestras vidas en parte de sus mecanismos. Ya no es aquel pequeño y gracioso armatoste con antena incorporada que permitía a los civiles establecer contacto telefónico sin necesidad de cableado. Más que para quedarse vino para alimentarse. Tres décadas después de completar su alunizaje en el mercado, la tierra es un planeta de lunáticos, de siervos de sus poderosos y atractivos tentáculos y aplicaciones que desembolsan en muchos casos precios galácticos por su propia esclavitud. Perfectamente maquillado como un imprescindible elemento de comunicación (su gran y cada vez menos valorada prestación), encierra una celda abierta de par en par a la sociedad donde exhibir sin pudor pensamientos prestados, opiniones microelaboradas, imágenes tuneadas, confesiones inconfesables y todo tipo de mundos íntimos en un bucle que ceba el voyeurismo. Mi reino por un like, por un meme, por un selfie con la puerta de Mauthausen y sus rayos C de fondo... Todo vale y todo es posible, como, por ejemplo, que una palestina y un miembro de las fuerzas de seguridad israelíes se apunten retadores, amenazándose con transmitir en directo su odio. Nunca hubo un arma con el gatillo más fácil. FOTO: Ahmad Gharabli / AF
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Un viaje sin dioses

/ El hombre edifica sus creencias religiosas sobre la misma piedra: en su infinito desconocimiento del auténtico sentido de su vida y la consecuente indefensión que origina, las culturas que han recorrido las cañadas de la historia han puesto su destino de aplicado rebaño en manos de seres o entidades superiores. Antes la mitología y ahora la fe monoteísta. Es posible que mañana un cactus en el desierto de Wirikuta. La cuestión es que en el traspaso de súperpoderes y adoraciones, la parte contratante incluye una cláusula innegociable: un participación en la inmortalidad, a fin de cuentas el reclamo de la fianza. Los dioses y los demonios no son, sin embargo, más que un vehículo ficticio de sus representantes en la tierra, intermediarios que han satisfecho sus mundanos intereses políticos y económicos con un producto vacío tras su excelente presentación. Dios salve a los mártires, pero el paraíso para este migrante que quiere desplazarse de Guadalajara a Estados Unidos consiste en que se detenga el coche al que reza y suplica. Lo importante es tener el mejor viaje posible con una mochila ligera de promesas eternas y bien dispuesta de emociones carnales. Foto: Go Nakamura/Reuters
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La huella del poeta caído

/ Todos los cementerios tienen vida propia. Ostentosos jardines presididos por mausoleos de sospechoso gusto funerario y austeros campamentos de soldados desconocidos. Superpobladas avenidas de nichos latinos e hileras de patrióticas cruces de barras y estrellas. Construidos para que el fiambre descanse en paz, producen sin embargo un cierto escalofrío en el vivo sea pariente o visitante casual. Porque algo se mueve en esa quietud, como bien saben el ser humano y sus literaturas. No es la bata de cola de la muerte, que contrae matrimonio varias veces a diario en su altar preferido. Tampoco el crujir por aburrimiento de los huesos caducados. En los camposantos, lo que se escucha es la huella del poeta perdido en busca de un verso para asesinar al amor no correspondido y hacer de su dolor hermoso cómplice del crimen. Nadie regresa del otro mundo salvo el rapsoda sin abandonar éste. Caminando sin ser visto sobre sus propios pasos, sin distinguir el alma del cuerpo, espíritu descorazonado sobra la nieve suicida. Todos los cementerios tienen su poeta caído. FOTO: Virginia Mayo / AP
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El beso de la sombra

/ La sombra, nuestra más íntima e inalcanzable réplica chinesca, es la primera en presentarse y la última en abandonarnos. Al llegar la noche o en la caída del telón de la vida. Toma cuerpo los días soleados y en los nublados busca el amparo de los silencios del alma, frente a la ventana del día, esperando a que la bese un rayo de sol para escapar del letargo asceta. Sigilosa y discreta, una película sin positivar, negativo de los secretos filmados en los cuartos más oscuros, en las alcobas inconfensables. Un caminante sin voz sobre el paso de las huellas profundas o ligeras. No pocas veces refugio donde abrigar la soledad deseada o impuesta. Silueta siamesa, juego de formas, espejo negro. No es la falta de aliento la señal que debería certificar la muerte, sino la confirmación de que la sombra ha salido por la puerta en busca de otro autor que no encontrará. Reclamando el beso de la luz apagada. FOTO: Ozkan Bilgin / Anadolu Agency / Getty
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Venecia sin ti

/ Para entender el amor, o tocarlo, hay que visitar sin invitación el desamor. Y viceversa. Aun así, tampoco conducen ambas direcciones, con sus rotondas, curvas y desniveles, al misterio de su naturaleza química y física. Una tormenta desbocada de emociones y sensaciones que, por lo general, converge en el desencanto una vez consumido y consumado por el tiempo o la sinrazón. Cantado y escrito para la eternidad y, sin embargo, evaporado entre la rutina. De nuevo elevado a los altares del sacrificio en la novedad, en el reenganche de otra piel, aroma, palabras, promesas de infinitud... La sospecha de que el amor no es cosa de dos sino de uno mismo también tiene sus feligreses: el placer de reafirmar el yo con tú adoración. Lo que parece cierto es que no existe fenómero humano que, pese a su publicidad poética de modelo único, presente mayor variedad de gamas. Se juega a la ruleta rusa subido a una noria sin contol ni barra de seguridad, con una permanente sensación de caída al vacío con una bala en el estómago. La felicidad y el dolor intercambian lugares de privilegio en el corazón. A codazos o a besos, con su inquilino balancéandose en un columpio de inseguridades. Entender el amor es como entender Venecia, bella por su exclusividad pero condenada al hundimiento. La fascinación por lo contradictorio de embriagadores rincones y melancólicos canales. Sin ti pero siempre contigo.FOTO: Stefano Mazzola / Awakening / Getty
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Insurrección

/ El arte urbano viaja en los vehículos suburbanos de la creatividad, transporte transgresor, vitalista, revolucionario, expresionista y rebelde. Comunica y late en la calle, un lienzo sin fronteras donde expresa, voluptuoso y sin intermediarios, la ciudad amordazada. Furtivo, ilegal, en muchas ocasiones animal de la noche, se posa en las fachadas como pantalla de las inquietudes e injusticias sociales. Reivindica y grita. Este hijo suyo espera sentado en la ventana de un edificio dublinés. Pálido, como ausente, ataviado de secretos. Nada teme frente al vacío; nada tiene que perder. Los brazos cruzados de paciencia; los ojos abstraídos por la meditación. Se sabe vivo por la mano de su autor, que le ha regalado el alma de un fantasma para protestar por el precio de las viviendas. El niño habita dos mundos sobre la cabeza de los transeúntes, el de fantasía y el de la cruda realidad. Insurrecto en su paz. FOTO: CLODAGH KILCOYNE (REUTERS)
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La biblioteca que somos

/ Una biblioteca es el espejo de vidas ciertas, noveladas, con o sin base científica. De historias preñadas en prosa o verso por el germen de los fantasmas y las musas de su autor. No hay lugar de mayor riqueza en el planeta que estos santuarios, como este del Trinity College en Dublín, por donde las palabras y sus personajes gritan en silencio para captar la atención del lector que los visita. Viajar por sus entrañas supone un ritual emocionante hacia un lugar mágico: el descubrimiento final de que en cada página escrita en mil lenguas y millones de lugares, uno se siente identificado, reflejado sobre ese cristal de tinta transparente que son los libros. FOTO: Clodagh Kilcoyne / Reuters
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La buena madre

/ Las buenas madres ejercen sin titulación, con un doctorado entregado el primer día de su propia naturaleza. Están donde deben, cuando deben, mientras deben, si deben y no deberían. Porque una corriente interior, como el arroyo que nace en el vientre de la montaña que son, les arrastra de por vida --y más allá si fuera necesario-- hacia el oficio de perpetuo guardián. El silencioso desprendimiento de una lágrima en la noche; el crujido mudo de un sueño alterado; la más mínima nota quebrada de su hijo recién nacido vista pañales o gobierne naciones, hacen que se transformen en tempestad de caricias y preocupaciones. Abrigan, acunan, arrullan, acompañan... Sufren y aman, en ocasiones sin saber distinguir bien ambos sentimientos, que forman un nudo imposible de desenredar con la pasión. Esta cría de ualabí de cuello rojo aprende a contemplar desde la bolsa protectora. Apenas la luz y la forma de los objetos le llegan a los ojos, pero en su aprendizaje distingue un calor inextinguible, una llama que estará a su lado incluso en el mismo infierno para decorarlo como un paraíso. FOTO: RONALD WITTEK / EFE
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La leyenda del gigante

/ Los gigantes desfilan por la cultura como seres temibles, y sin embargo en la desembocadura del ser humano terminan casi siempre en el delta de la ternura. Porque hay en su monstruosidad, en algunos de sus feroces o teatrales cometidos, una empresa impuesta por la naturaleza literaria, una desproporcionada y colosal maldición que arrastran con desgana por la cañada de la mitología y las tradiciones. Pertenecen a una estirpe de mensajeros del terror cuyas misivas de sangre y amenazas no son de su puño y letra, sino del tintero de las leyendas negras. Cíclopes, ogros, titanes... Moles todopoderosas que pagan ese privilegio con una soledad equiparable a su tamaño. Es como si el hombre los hubiera creado para traspasarles la melancolía, también sus más abominables pecados y vergüenzas, hasta transformarlos en su propia caricatura aumentada. Un niño y una marioneta gigante de buceador se saludan en las calles de Le Havre. No se perciben miedos, ni diferencias. Tan solo la complicidad de dos corazones que se cruzan en la enormidad de un universo cómplice reducido al reconocimiento del uno en el otro. FOTO: Charly Triballeau / AFP
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Un lugar en la vida

/ Viajamos por el tiempo y por el espacio, cruzando fronteras, océanos, valles y cordilleras en la aventura incompleta de la vida, descubriéndonos más sabios y desnudos, más fuertes y vulnerables con la mochila rebosante de contradicciones. Somos pasajeros de un tren de única dirección sobre los raíles de un presentimiento turbador: el de ser propietarios de un pasaporte prestado. Esa travesía inquietante y enriquecedora, de breves paradas en apeaderos de la alegría y largas esperas en las estaciones del dolor, se puede hacer en soledad o en compañía, no siempre eligiendo. En muchas ocasiones, el loco maquinista del corazón hace descarrilar el vagón de la incierta armonía individual hacia un campo de sueños compartidos, donde todo adquiere sentido en otra persona. Las fronteras se borran, los océanos se abren y las cordilleras hacen franqueables todos sus senderos. Se posa el pájaro sobre la cabeza del ciervo y sobran las preguntas y las respuestas. Puede que despertemos de nuevo siendo espectadores del paisaje a través de la ventana, o, por contra, colonos de un horizonte definitivo, de un lugar en la vida tan frágil y enigmática. La elección del destino es nuestra única pertenencia. FOTO: Marvin Recinos / AFP
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El alma en el infierno

/ Precisas y desgarradoras fotografías nos enseñan a diario cómo el hombre agrede la tierra sin compasión. Por interés económico o por puro placer patológico. En el reverso de esas imágenes, hay asociaciones y particulares que luchan, incluso dejándose la vida, por sensibilizar a los habitantes de que este planeta les pertenece hasta cierto punto, en lo que establezca el calendario biológico de cada cual. Pero la tendencia suicida y la ignorancia egocentrista entienden la naturaleza como propiedad de su tiempo y, por lo tanto, se adjudican la potestad de su administración sentados sobre el trono de un vertedero ético y ya también físico. Esta instantánea de Pedro Nunes ha sido tomada tras un incendio en la montaña de Sintra, en la localidad portuguesa de Cascais. El fuego lo ha consumido todo menos el mensaje, poderosamente representativo del dolor de los pequeños detalles de una gran catástrofe. Recoge la viva expresión del alma inocente en el infierno, dibujando curvas corporales para, inútilmente, huir de la llamas. El silencio del horror amplifica la bárbara estupidez del crimen. Ni siquiera la muerte, por respeto, acude a este tipo de funerales organizados por puro capricho asesino. FOTO: REUTERS / Pedro Nunes
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El corazón de Joker

/ Detrás de todo gran villano hay una gran tragedia personal. O un pequeño drama íntimo que se estampa con el paso del tiempo contra las paredes insonorizadas que encierran los secretos. El comic les ofrece un hogar, como a Joker, para que purguen su dolor con malvada terquedad, sin límites morales, fuera de toda ley. Para completar la catarsis necesitan un antagonista, un héroe que represente y defienda los valores ultrajados, que dé sentido a su obsesivo placer por la destrucción. Un tipo bien parecido que, por lo general, carece de riqueza introspectiva: hace el bien porque lo exige el guión y cumplida la misión se convierte en uno más. Los viles de oficio lo son en realidad por terapia y nunca renuncian a su personalidad. Fracasan en la escena final porque es lo que vende en taquilla, pero su alma de ángel caído perdura más allá de la muerte que ni temen ni rechazan por la puerta de salida que le ofrece el historiador. Cada vez que alguien se disfraza de Joker, no solo da vida al criminal, sino también a un ser humano que antes de instalarse en las cloacas quizás expuso demasiado su corazón a la mentira del amor eterno, hasta que se lo acribillaron a balazos. FOTO: Georgi Licovski/EPA
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La armonía de la felicidad

/ El cielo lo ocupa todo pero la atención se clava por completo en una forma de querer, en un juego millones de veces repetido que no por ello deja de ser único y exclusivo. Un padre eleva a su hijo una tarde de verano, siendo ambos el paisaje de una danza ancestral que combina el movimiento de las ilusiones con la armonía de la complicidad. Una sinfonía alegre se escucha por delante de la propia visualización, del plano principal. El grito del pequeño sintiéndose pájaro mientras por el estómago le revolotean las mariposas del vértigo; la satisfacción del hombre sabiéndose árbol firme sobre cuyas ramas se agita la hoja de la propia savia, mecida por un viento de profunda calidez. La imagen nos transporta a ese espacio de la memoria reservado a la felicidad plena y tan poco visitada (el cielo que todo lo ocupa). Merece la pena volar con las alas prestadas por el amor; merece la pena ser atril de tu partitura. FOTO: Ahn Young-joon / AP
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"Oh Señor"

/ Mahatma Ghandi (su estatua) recibe un puntual bautismo higiénico por estas fechas para celebrar el nacimiento de uno de los grandes profetas de la paz del siglo XX. Como la mayoría de los personajes que han luchado por los derechos humanos sin métodos violentos, acabó amortajado antes de su fecha de caducidad natural por el psicópata que estaba de guardia (o al servicio de la conspiración) en ese instante de la historia. Hoy, sus cenizas siguen surcando el río Ganges mientras se venera bastante más la escultura que le recuerda que los hermosos legados que regaló en herencia. Tiene el hombre esa costumbre de sacar al ilustre muerto a pasear y dejar bien enterrado bajo el festejo el catecismo de su incómoda sabiduría. El operario jefe encargado de la limpieza ha estimado oportuno colocar los anteojos que distinguieron a Ghandi para que pueda observar cómo está el mundo sin él. Lo hace con los párpados cerrados, como cuando uno quiere desmarcarse de una mala acción o se avergüenza de ella. Por lo que se puede apreciar, o el presupuesto no daba para acompañar las gafas de lentes o han preferido que Mohandas Karamchand Gandhi continúe descansando en aquella paz con pétalos de libertad que soñó en vida. Sin pertubar su alma en un planeta en constante pie de guerra, líder de una carrera infernal hacia la autodestrucción. «¡Hey, Rama!». FOTO: Noah Seelam / AFP
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Distante hermosura

/ Zaragoza 1.45 AM. Las formas de la luna son como un almanaque de estados de ánimo. Sin perder su enigmática y solitaria belleza, lo mismo se entrega por completo que se refugia en la cara oculta. Indescifrable entonces, comprender sus fases es un ejercicio inútil. Queda el placer de contemplar su hermosura distante, su fría estampa, y aullar bajo el influjo de una noche de maravilloso e incompleto viaje a su hermético corazón (Foto: Alfonso Hernández)
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El sueño real de la sirena

/ Las sirenas, como este grupo que se reúne puntualmente para nadar en la playa israelí de Virgin Beach de Kiryat Yam, llevan siglos surcando la vida del ser humano. Nacieron del vientre de la mitología griega y su leyenda se extendió por los tiempos sin tiempo de la literatura, la escultura, la música y la pintura hasta instalarse en la inmortalidad de la poesía, donde toman cuerpo alimentándose de almas náufragas o de intrépidos aventureros del corazón. Claro que existen, como aquello que se sueña. Pasajeras singulares del arte en todas las culturas, son promesas en la cresta de la ola que va a morir a la roca, seductores cantos en la inmensidad inabarcable del océano, aroma imposible de rosas blancas tierra adentro. “Pero hacia el ensueño navegando un día, escuché lejano canto de sirenas y enfermó mi alma de Melancolía", escribió Ramón María del Valle-Inclán. No existe viejo zorro de mar que en alguna ocasión haya dirigido su proa hacia la dulce perdición de un horizonte romántico cuyo destino final es ser víctima del propio sedal. Juegan las sirenas en la playa. Lloran los hombres en el tintero para escribirlas y describirlas.FOTO: ABIR SULTAN (EFE)
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Lágrima universal

/ Llora, durante una protesta contra la inseguridad laboral, la esposa de un trabajador que murió mientras limpiaba una alcantarilla en Nueva Delhi. Un cadáver en la alcantarilla en Nueva Delhi para el occidente burgués despierta el mismo interés emocional que la elección de la corbata o los pendientes adecuados para acudir a una fiesta de forzado protocolo. Posiblemente, menos. Toda tragedia que ocurre fuera de nuestra elaborada burbuja de confort moral, a millones de kilómetros, es el breve y molesto crujido de un pájaro estánpandose contra el cristal. Si sucede en la puerta de enfrente, entonces se pasa la bayeta de la correcta vecindad. No está el mundo civilizado para perder el tiempo en las penurias ajenas con todos los correos, mensajes de de redes sociales y llamadas pendientes por contestar. El auténtico drama sería perder el móvil, no el fallecimiento de un operario en el sur de Asia. Si es que existe. Esa lágrima que se apodera sin esfuerzo de la fotografía trata de explicarnos que el planeta del desconsuelo carece de fronteras, de distancias clasistas o geográficas. Que la muerte nos hace igual de vulnerables en un oficina que persiguiendo ratas en un pozo séptico. Silenciosa, sin prisas, se descuelga la gota por el rostro mudo de una mujer que ha perdido a su marido. Todo es sencillo en la composición de su aflicción. El manantial de sus ojos es punto de encuentro universal. No es obligatorio llorar con ella, pero esa lágrima es tan nuestra como suya. Y seremos afortunados si un día no muy lejano alguien, antes de anudarse la corbata o colocarse los pendientes frente al espejo, siente que una de ellas se le escapa al recordarnos. FOTO: ADNAN ABIDI REUTERS
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La sombra del alma

/ Las sombras del alma vagan sin luz alguna por los laberintos del dolor, como la de este inmigrante dentro de un vehículo policial en Málaga. Apenas se percibe una silueta abatida, lo que magnifica las líneas de hombre destruido, anulado, de regreso a la oscuridad y la derrota. Se percibe la destrucción con absoluta nitidez. También la decepción, el sello del terror en su nuevo pasaporte hacia la miseria. Su rostro carece de rasgos igual que de libertades, mientras su cabeza se derrumba sobre los hombros de la desesperanza. Viaja en el interior de un fracaso que no es otro que el del ser humano, esclavo de la insensibilidad, sombra sin alma. FOTO: REUTERS/Jon Nazca
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El rey león

/ Ruge el viejo león con idéntica dignidad y fuerza de sus días de vino y rosas en este sofocante septiembre del 2018. Es una instantánea poderosa, temible incluso para el policía que sostiene la valla del sistema no sin una muesca de respeto pese a su oficio en este caso represor. Sobre el espejo de ese casco protector se refleja una solicitud justa, la mejora de las pensiones y se posa el aliento de una reivindicación íntegra, innegociable política, económica y moralmente. Rejuvenece el luchador en su ira de animal herido, de gran cazador que reclama sin medias tintas que se reconozcan sus méritos laborales ahora que se encuentra en la reserva. La imagen puede conducir al error interpretativo. No trata de la lucha de una generación marginada, sino de la defensa de derechos básicos y atemporales. Ahora que la mansedumbre se propaga, promociona, impone y acepta como una virtud entre los jóvenes cachorros, es una magnífica estampa la de este depredador encolerizado que se niega a pasar por el aro. FOTO: EFE/Mariscal
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Lo que el Papa ve

/ Marcan sus labios una gentil sonrisa perfilada por la sinceridad, por la serenidad de hombre de Dios y, sobre todo, de dioses menores, de ciudadano libre de cargas divinas y humanas por un instante (si esto es posible en Palermo; si esto es posible para alguien que descansa cuando el agua de los ríos se detiene). En este imagen solo hay dos ojos. Radiante de fe el de ella; bordado de paz profunda el de Francisco. Mira el papa el smartphone pero se percibe una profundidad de campo mayor. Enfoca un lugar que traspasa la fotografía y las religiones, que apunta al corazón del observador observado, a quien parece lanzar una pregunta que no es necesario responder; una invitación que no es obligado aceptar; un dulce reproche sin el impuesto de la penitencia. Entre luces y sombras, como buen creyente, se introduce en el laberinto de cada uno de nosotros, paseando descalzo, acompañándonos entre sirenas extraviadas, unicornios desconcertados y esa legión de fantasmas que nos acechan a diario por los rincones del alma. Sin perder la calma, ofreciéndose de faro, mostrándose como una goleta más a merced de los vientos, dispuesto a naufragar en la misma roca. Transmite santidad para todos los públicos, sin prometer más milagro que esa sonrisa que todo lo ve y nada impone. Si acaso, que luchemos por capturar la felicidad aunque dure lo que un selfie. FOTO: REUTERS/Tony Gentile
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La gran inquietud

/ Luce orgulloso el agricultor, cuya camisa ya de por sí es una colorida huerta, con el repollo de 30 kilos que ha brotado en la campiña de Harrogate, en el condado de Yorkshire del Norte. Yorkshire deslumbraba hasta ahora en el mapa de nuestras vidas por su terrier, perro faldero de compañía de famosas de todo tipo de pelaje. También por su excelente abono para la siembra de músicos y grupos tan notables como Joe Cocker, The Housemartins, The Cult, The Human League, Pulp, Kaiser Chiefs o Arctic Monkeys, quienes antepusieron el estudio de grabación al tractor o la peluquería canina para labrar sus destinos. A partir de ahora será casi imposible mirar hacia el Norte de Inglaterra sin recordar a Ian Neale, ese hombre que subió a una colina y bajo de una montaña con semejante vegetal. Porque lo gigantesco despierta en el ser humano una tremenda admiración. Lo físicamente grande gana no pocas batallas de interés general a la suprema inteligencia. Si este repollo hubiera sido la ópera prima de algún pintor flamenco de bodegones, seguramente se habría muerto de hambre intentando colocarlo en la corte. Pero visto al aire libre y en intencionada comparación de medidas con su autor, adquiere el engendro vigor visual y genera cierta inquietud: ¿acabarán sus hojas en el puchero o, como ocurría con aquellas vainas de Don Siegel en 'La Invasión de los ladrones de cuerpos', seremos su alimento replicante nosotros, Arctic Monkeys y los terrier y sus famosas? FOTO: Peter Byrne/PA
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Títere del olimpo

/ Bob Bowman podría volar gracias a una cometa sobre una playa de Virginia. No hay por qué dudar de la fotografía pese a que el encuadre dispare el obturador de la imaginación. O de una realidad paralela y tan cierta como la original. Saluda, intrépido, la proximidad del huracán Florence, que es lo mismo que decir que está retando a los dioses, gobernadores de la naturaleza humana y, a la vez, gentiles patrocinadores de debilidades compartidas como la osadía. Suspendido en la nada, en el todo, cree columpiarse de la mano de Zeus, cielo y trueno, para vivir una aventura que persigue la inmortalidad efímera, el placer de balancearse lo más cerca posible del recolector de nubes. El fin es sentirse único, contemplarse todopoderoso desde el punto más alto de la vulnerabilidad. Los cíclopes, sin embargo, se aproximan con su batería de relámpagos para hacerle saber que su tiempo de héroe, de sultán del aire, pende del mismo hilo del resto de los mortales. Pobre Bob. Pobre trapecista sin red, títere del olimpo. FOTO: ALEX BRANDON (AP)
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Aria en la cabina de las maravillas

/ Una cabina telefónica de indudable raíz británica reconstruida como biblioteca en Long Clawson... La pequeña Aria Casey, de 2 años, disfruta dentro, aún ajena a otra cosa que no sea sonreírle a la vida, jugando sin dificultad a ser niña en ese jardín de sabiduría compacta en forma y fluida en los meandros de sus estanterías. Los libros, que sin apenas espacio para respirar se intercambian caricias, le abrigan y sus hojas le susurran. ¿Es posible que un conejo blanco vestido con chaqueta y chaleco esté invitándole a seguirle? Solo ella puede verlo en ese minúsculo país de las maravillas. En este santuario de la fantasía y el ingenio se escuchan las voces de Virginia Wolf (“Madurar es perder algunas ilusiones para empezar a tener otras”), Charles Dickens ("Un corazón que ama es la más verdadera de las sabidurías"), William Shakespeare ("Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero"), Lewis Carroll ("La regla es mermelada mañana y ayer, pero nunca hoy") o Lord Byron (“El amor es lo único que hay que ganarse en la vida, todo lo demás se puede conseguir robando”). Suena una llamada en la cabina. Al otro lado de la línea, George Bernard Shaw: "El hombre no deja de jugar porque se hace viejo. Se hace viejo porque deja de jugar". Aria le pide a su madre ir a los columpios. FOTO: REUTERS / Darren Staples
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No es para tanto

/ Nos tomamos la vida tan en serio que por momentos lo parece. Todo adquiere a nuestro alrededor categoría cósmica, de igual manera para elegir un bote de champú que pareja para el resto de los días con sus noches y ronquidos incluidos. ¿Somos para tanto? ¿Trascienden nuestros actos más allá de esta ladera en Cangas de Onís donde las vacas pasean sin preocupación freudiana alguna? A esa postal se ha sumado el ciclista, que posa cual pensador tubular de Rodin inmerso en sus reflexiones, lo que le da a la postal un tonalidad de paz budista no exenta de misticismo rural. El corredor ha decidido detenerse, pero no hay misterio en su rendición: ha hallado sentido a su existencia, que consiste en formar parte de un paisaje elegido así el pelotón lo olvide en busca de una gloria que nunca le interesó demasiado. El hombre y el animal conviven ajenos y sin embargo entrelazados por la franqueza del desinterés por lo rimbombante. ¿Por quién doblan las campanas? Jamás lo harán por el champú seleccionado. FOTO: AFP/ Miguel Riopa
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Un traje intocable

/ A finales de mes van a subastar en Londres el traje con el que Christopher Reeve dio vida a Superman en las películas de 1978 y 1980. Si ya llegamos a esto, la humanidad está definitivamente perdida. Es cierto que el esquijama que lucía el actor neoyorquino ha perdido glamur en comparación con las armaduras tridemensionales y mutantes de los superhérores actuales. El cinturón de plexiglás y el eslip --prenda que por cierto muestra sin tapujos alguno de sus poderes-- chirrían hasta povocar dentera y no tendrían un pase por la París Fashion week. Pero la capa desprende un señorío atemporal en el conjunto de esa iconografía del bien universal y, en definitiva, justifica el resto del estilismo --botas Abba incluidas-- por muy desfasado que nos parezca. Además, ¿qué ocurriría si Lex Luthor se lleva la puja? Deberíamos dejar en el perchero de lo intocable esta indumentaria (por qué creen que llevan guantes los operarios). Siempre habrá un Clark Kent dispuesto a cruzar la ciudad en un santiamén de esa guisa para bajar un gato de un tendido eléctrico, evitar que un anciano sea atropellado o detener un meteorito en dirección al Boston Herald. Si esto último es posible. FOTO: REUTERS/Toby Melville
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El imperio del sol naciente

/ Bueno, pues aquí estamos cariño... "¿Te acuerdas?" "¿De qué?", balbucea ella mientras repasan los álbumes de su vida entrelazada dentro de una escenario muy propio para la ocasión. "De cuando...." Y se hace el silencio entre la pareja más longeva del mundo, un universo comunicado por los raíles de la convivencia, por donde circulan a mucha más velocidad los recuerdos que las palabras, las miradas perdidas que se encuentran en tantas estaciones en común. Masao Matsumoto y Miyako Matsumoto se dejan fotografiar en una casa de reposo en Takamatsu, Japón. Una imagen en la que él posa con firmeza distraída y ella con atenta ternura rosa. La instantánea, tomada como fenómeno social y genético, no lo cuenta todo (imposible un objetivo que abarque ese campo de profundidades). Es una postal con pinceladas de hermosas victorias (o no tanto) contra el reloj vital y las relaciones exprés. ¿"Me amas?", pregunta ella sin que una sola sílaba salga de su boca. ¿"A qué hora se merienda?", contesta él. Son ya una sola memoria con la única necesidad de una única respuesta: descubrirse el uno frente al otro cada día en el imperio del sol naciente. FOTO: REUTERS
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El milagro

/ En esta fotografía de foco mesiánico, con Cristian Álvarez caminando entre aguas e ilusiones zaragocistas antes de un partido, hay diferentes lugares en los que reposar la atención. Inevitable centrarse en la figura del portero, cuyas manos se abren en cruz para sentir el cariño y la admiración de los fieles seguidores de su doctrina deportiva. Paz y amor dice su sonrisa, la de un líder espiritual atemporal (coetáneo de Cristo y heredero de John Lennon), sencilla divinidad con los pies en la tierra siempre que la jugada no le obligue a levitar de palo a palo, a obrar milagros cada fin de semana. En la misma imagen, la bandera ondea con el escudo como palio sobre el paso del santo rockero. La imagen pertenece a Ángel de Castro, pero el alma de la captura desprende el misticismo de una obra de Zurbaran. En la parte inferior, a la derecha de la instantánea, se amplían las lecturas, los significados. Un niño, pulcramente equipado con el traje del Real Zaragoza, alarga su brazo de tierno pero convencido discípulo. La palma de su mano derecha viaja para encontrarse con la del futbolista mientras un pariente le contiene la izquierda para que no pierda el equilibrio. Podría interpretarse que el pequeño no ha logrado tocar a su ídolo, pero su rostro soleado explica lo contrario: la aureola de Cristian ha calado en su corazón de cachorro. FOTO: ÁNGEL DE CASTRO
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La fotografía de un país

/ España siempre se ha lavado las manos con la Venezuela de Maduro, o si se ha tirado a la piscina lo ha hecho sin mojarse un pelo. Al margen, claro está, de esa comunión fenicia del progresismo morado con un regimen insostenible por los cuatro costados. La 'octava isla', donde miles y miles de canarios y de otros lugares de la península fueron en busca de fortuna (y la consiguieron) en la década de los 50, es hoy un país devastado con el que los políticos españoles mercadean votos de los descendientes y ventajas para las empresas muy bien instaladas en la república. El pueblo rico que acogió busca hoy, pobre, refugio en cualquier rincón de América Latina. El bolívar que un día tuvo una cotización paritoria con el dólar estadounidense, es moneda insultante. Ese pollo se cuatro kilos y medio que observan en la fotografía tiene tras de sí su coste en forma de billetes: 3.991.700 bolívares. Si el salario integral ha ascendido 2.555.500, no da ni para mil gramos. Que no lo rellenen con más mentiras ni intereses. La gente pasa hambre, Maduro. FOTO: REUTERS
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La trinchera de la dignidad

/ Hay guerras que se libran contra el enemigo y otras, además, que se emprenden en la trinchera de la dignidad. Este palestino discapacitado utiliza una honda para arrojar piedras a las tropas israelíes en Gaza. Amputada su patria y sus piernas, dibuja la sonrisa del esfuerzo en tierra de nadie para ensanchar las fronteras de su pueblo. Mientras el resto enarbola banderas y celebra el combate, David reta en solitario a Goliat convencido de la victoria sobre una silla de ruedas que ignora. No hay arma de mayor alcance que la convicción de que se lucha por algo justo. FOTO: REUTERS
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Pasión entre las ruinas

/ El estudiante mantiene la mirada clavada en la pizarra de la devastada escuela de Aal Okab en Saada, Yemen. Todo a su alrededor es destrucción y, sin embargo, como ausente, busca una respuesta, quizás el resultado de una ecuación imposible: el porqué de la condición animal del ser humano. Su quietud, sin embargo, parece la de alguien ajeno a este mundo, erguido y deslumbrado por esa poesía sobre el amor de Nizar Qabbani que se le ofrece agonizante de trazos apasionados. "Entre tus pechos hay aldeas incendiadas, millones de fosas, restos de barcos hundidos y armaduras de hombres asesinados. Ninguno de ellos ha regresado. Todos los que pasaron por tu pecho desaparecieron" (Pasión) FOTOGRAFÍA: UNICEF
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Fuera de control

/ Así es la vida. Un día estás en lo más alto o en una cima social más o menos elevada y, en un abrir y cerrar de ojos, sientes que has perdido el control sobre ella. Las decisiones que antes tomabas entre la algarabía, el respeto o la sumisión general a tu alrededor, ahora son una cuestión de otros, y cuelgas, como esta vaca suiza, en un vacío de incertidumbre. La pobre está lesionada y la trasladan en helicóptero hacia zonas de pasto. Llega un momento en que somos animales heridos por nosotros mismos, por el tiempo o por los designios de la jefatura en formato de destino y no queda más remedio que dejarse llevar hacia la dorada reserva. Eso sí, si aún das leche merengada, porque de lo contrario te dejarán caer en algún lugar del valle de los inservibles. Y si te ha dejado tu novi@, te jodes, o te creías que esto era para siempre Christopher Lambert. La inmortalidad es aire. FOTO: URL FLUEELER (AFP)
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El photocall de la dictadura

/ La polvareda que está levantando la exhumación de los restos de Franco y la intención del Gobierno de buscar al esqueleto del dictador un lugar "digno y respetuoso" para la sepultura si su familia no se hace cargo del muerto, no oculta que la mole del Valle de los Caídos tuvo su gancho para bastantes famosos. Una vez levantado para gloria de los vencedores, el régimen sacó buen partido propagandístico de su monumento insignia. Pocos políticos, deportistas y personajes populares de todos los ramos y nacionalidades se resistieron a la invitación de posar frente a la basílica y su cruz. Lorne Greene, el actor protagonista de la serie Bonanza; la actriz de Pipi Calzaslargas, la pareja de la serie Los Roper; Nixon; Di Stéfano… Paquito Fernández Ochoa, ganador del oro en los JJOO Olímpicos de Invierno de Sapporo 72, dio un paso más y se casó dentro. Y aquí, en la foto, que data de 1966, tenemos a Pelé, Joao Havelange y al bello Luiz Bellini, uno de los mejores centrales de la historia del fútbol brasileño, el día antes de que la canarinha jugara un partido amistoso contra el Atlético de Madrid en su preparación para el Mundial de Inglaterra. O Rei y la delegación debieron pensar que el mausoleo tendría cierto parentesco con su Cristo del Corcovado de Río de Janeiro. Con un pequeño matiz a favor de una de las siete maravillas del mundo moderno: en la estructura elevada en su país no reposa un sola gota de sangre derramada ni por las balas ni por la construcción. Dentro de unos meses perderá el encanto fascista de acoger en su seno al pequeño generalísimo, aunque conociendo un poco este país, no se puede descartar que sus fans le construyan un Graceland a la medida. Con photocall incluido. FOTO: EFE
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La novia cadáver

/ Esta mujer prueba un ataúd en Japón. Así, tan risueña y bien puesta. Verificando si las medidas de su última morada se ajustan a las suyas antes de adquirir la caja de pino (por cierto, muy de Ikea). Puede que sea una costumbre oriental, donde no se deja al azar ni el nacimiento del Sol. Tan ancha y larga se diría que está dando su aprobación a familiares y amigos. Que sí, que la eternidad se hace larga y no es cuestión de tener las piernas encogidas. Su gesto, sin embargo, contiene una mueca de angustia, con esa mano amenazante con cerrar las compuertas y adelantar el funeral como demostración completa del vendedor. La modelo se teme lo peor, y no es el precio. Porque una cosa es ensayar con el vestido de novia y otra bien distinta posar dentro de un traje sin devolución. FOTO TOTU HANAI (REUTERS)
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El manantial de la vida

/ La infancia es la patria de la libertad, un vuelo sin motores, el amanecer refrescante, el paraíso de los juegos eternos. Cada paso es un descubrimiento y el calor, un motivo para la mayor de las aventuras: cruzar el espacio desplegando las alas de la ilusión por lo mínimo, por lo sustancial, por el agua que nos da y alegra la vida. Manantial perenne al que siempre regresamos. FOTO: HEINZ-PETER BADER REUTERS