Derechos con voz propia
El movimiento asociativo de Plena inclusión celebra el 20º aniversario de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad

La cantante Laura del Frago, con el coro de Adislaf. / Servicio Especial
El foco iluminó la platea del Auditorio de Zaragoza. «Soy la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas» y «estáis invitados a mi fiesta de cumpleaños». Esta personificación fue el hilo conductor de la gala con la que Plena inclusión España y Plena inclusión Aragón conmemoraron, el pasado martes, y con el apoyo del Cermi Estatal y la Fundación ONCE, el 20º aniversario del tratado.
Sobre el escenario, 80 artistas con discapacidad intelectual y del desarrollo reivindicaron, a través del arte, su cumplimiento íntegro. Defendieron sus Derechos con voz propia, tal y como rezaba el título del evento. Cantantes, bailarines y poetas reivindicaron la cultura como uno de los lenguajes universales en favor de la inclusión.
En un contexto tan polarizado, «el arte nos devuelve un mensaje sencillo: la diferencia no es una carencia, sino una riqueza», sostiene Carmen Laucirica, presidenta de Plena inclusión España. «Esta gala se ha convertido en una prueba más de que la ciudadanía con la que soñamos no excluye a nadie; al contrario, crece más vigorosa en el valor de lo diverso».
El coro de la entidad zaragozana Adislaf fue el primero en desfilar por escena. Le siguieron artistas como el barítono canario Johann Sebastián Salvatori, Premio Nacional de Juventud 2025, rapsodas como el vasco Simón Ezaquiaga o el bilbilitano Mariano Ramos, los gigantes con zancos del Colegio Gloria Fuertes de Andorra, el grupo de teatro aragonés de la Fundación CEDES, La Remós Band de Benasque o la cantante zaragozana Laura del Frago.
«Celebramos veinte años de un hito que cambió miradas, cambió leyes y, sobre todo, cambió vidas», opina Santiago Villanueva, presidente de Plena inclusión Aragón. «Hace veinte años, el mundo dijo algo muy sencillo, pero muy poderoso, y que costó décadas de lucha: las personas con discapacidad tienen los mismos derechos que cualquier otra persona».
Esta afirmación, que es la columna vertebral de la Convención, supuso una auténtica revolución, por todo lo que implica. Porque, para que puedan ejercerlos en igualdad de condiciones, remover todos los obstáculos que lo impiden se convierte en una obligación para los estados que ratifican el tratado, como hizo España hace dieciocho años, en abril de 2008.
Esto supone que «los límites no están en las personas, sino en las barreras que la sociedad ha construido», agrega Villanueva. Y ahí es donde reside lo revolucionario de la Convención. «Pero, cuando trabajamos unidos, esas barreras se derriban», concluye.
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