Corea del Norte echó ayer un órdago al mundo al detonar ayer su primera bomba nuclear. El desafío abre otra brecha en la frágil seguridad de la región, una zona rica en conflictos históricos aún abiertos, ya que podría estimular la carrera armamentística.

A corto plazo, la prueba subterránea aprieta aún más la soga al cuello del régimen norcoreano, que se lo ha puesto muy difícil a los pocos apoyos que le quedaban. Y muy fácil a George Bush, para quien el país se integra en el eje del mal. El Consejo de Seguridad de la ONU condenó "con firmeza" el ensayo y EEUU hizo circular un borrador de resolución en el que se contempla la imposición de sanciones y el recurso al Capítulo 7 de la Carta de la ONU, que incluye el ataque militar.

Los servicios sismológicos de Corea del sur, Japón, EEUU y Rusia detectaron en la mañana de ayer temblores que iban desde los 3,5 hasta los 5 grados en la escala Richter en la localidad de Hwadaeri. Poco después fue la Agencia Central de Noticias de Corea del Norte la que informó de la prueba.

"GRAN SALTO ADELANTE" La agencia norcoreana señaló que el éxito del ensayo supone "un gran salto adelante en la construcción de una nación próspera y socialista". Según la propaganda norcoreana, la prueba contribuye a mantener la paz y la seguridad. Pyongyang defendió su derecho a la "legítima defensa" ante el peligro de que EEUU desatara una guerra nuclear en la región.

El potencial armamentístico norcoreano es un misterio, como casi todo lo que rodea al país más hermético del planeta. Algunas fuentes sospechan de que tiene plutonio para unas ocho bombas, pero que carece de la tecnología para introducirla en un misil. Corea del Norte, un país misérrimo, destina el 90% de su PIB al Ejército. A pesar de ello, los siete misiles que lanzó en julio pasado, y que precedieron a la crisis actual, se hundieron en el mar de Japón. El Taepodong-2, con presunta autonomía para alcanzar Alaska, aguantó 40 segundos en el aire.

El desafío va contra la lógica geopolítica. Para realizar la prueba, el tirano Kim Jong-il eligió el día siguiente a la histórica cumbre chino-japonesa en la que Pekín declaró que el ensayo sería "inaceptable".

China, su principal apoyo en la zona, evita el colapso absoluto del régimen comunista con sus ayudas económicas y de alimentos. Pekín y Moscú siempre se han mostrado muy comprensivos con los desmanes de Pyongyang, ejerciendo de contrapeso a la beligerancia de EEUU y Japón. Pero ayer, tanto China como Rusia condenaron sin matices a Corea del Norte.

Kim Jong-il también ha complicado sus relaciones con Corea del Sur. Ambos países siguen en situación teórica de guerra, ya que no han firmado ningún tratado de paz desde que acabó la contienda hace más de medio siglo. A pesar de las periódicas escaramuzas en la frontera, Seúl da una generosa ayuda a su empobrecido vecino. Incluso se opuso a su tradicional aliado, Estados Unidos, sobre las sanciones a Corea del Norte. Ayer, el vecino del sur dejó claro que las relaciones bilaterales han cambiado y que el problema de Pyongyang no podía solucionarse solo con "diálogo".

Las reacciones más duras llegaron del eje Washington-Tokio, cuya intención era imponer en el Consejo de Seguridad el Capítulo 7 de la Carta de la ONU. La adopción de sanciones económicas es probable, pero es seguro que China y Rusia, miembros permanentes del Consejo, bloquearán el uso de la fuerza.

Con la bomba norcoreana, las alarmas sonaron fuerte en el mundo. La OTAN celebró una reunión extraordinaria. El presidente de EEUU, George Bush, condenó una "provocación" que calificó de "amenaza para la paz y seguridad internacional".