Adiós a los croatas. La doble franja de cuadrados rojos y blancos de las gorras dio este apodo a los temidos Grupos Urbanos de Seguridad (GUS), creados hace apenas dos años por el anterior director general de la Seguridad Nacional, el entonces todopoderoso Hamidú Laanigri, y desmantelados ahora por su reciente sucesor, el exgobernador de El Aaiún Cherki Drais, alegando "optimización de recursos humanos". Su personal y sus medios se distribuirán entre los restantes cuerpos de seguridad marroquís.

Con su teórica vocación de proximidad, los GUS fueron bien recibidos por la población, pero su reputación decayó velozmente a medida que se acumulaban las denuncias de abusos cometidos por sus miembros. De ahí el abucheo generalizado que cosecharon en el desfile del cincuentenario de las Fuerzas Armadas, en mayo, mientras todos los demás cuerpos eran aclamados.

"Su disolución es una buena noticia. La gente creía que mejorarían la seguridad, pero resultó que ellos mismos eran el origen de muchos problemas", dice Abdelhamid Amín, presidente de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, que tiene documentados "al menos cuatro casos" de muertes de ciudadanos presuntamente a manos de agentes de este cuerpo. Entre ellos, la de Hamdi Lembarki, que recibió ante testigos una paliza mortal en El Aaiún (Sáhara Occidental) tras una manifestación independentista, y la de Abdelgafur Hadad, un joven de Salé que murió, según la versión policial, al lanzarse contra el escaparate de un cibercafé cuando huía.

Sin embargo, Amín cree que sin los GUS "no cambiará gran cosa. El problema sigue siendo que las fuerzas de seguridad no están sometidas al Gobierno y al Parlamento, sino que solo rinden cuentas al majzen", el entorno del rey, que controla los principales resortes del poder.

La desaparición de los GUS llega cuando las autoridades multiplican los gestos por la moralización de la vida pública y contra formas de corrupción que disfrutaban de una llamativa impunidad.