El peso de la sangría en Irak, que se ha cobrado ya las vidas de 72 soldados estadounidenses en lo que va de octubre, es cada vez más visible en el presidente de EEUU, George Bush, sobre todo por la proximidad de las elecciones legislativas, cuando su partido puede perder la mayoría en el Congreso arrastrado por esa guerra. Ayer el líder republicano reconoció que la situación es tan grave que hoy consultará con sus mandos militares para decidir si es necesario cambiar de táctica en el país árabe.

"En estos momentos es duro, pero constantemente ajustamos nuestras tácticas para poder lograr nuestros objetivos y, por el momento, la situación es difícil", dijo Bush. No obstante, no llegó a aceptar la necesidad de un cambio mayor, que afectaría a la estrategia en Irak, ante la rampante violencia y el caos que reinan en el país. Esto es lo que piden insistentemente no solo la oposición demócrata sino un sector creciente de los republicanos, asustados ante la perspectiva de una sonora derrota electoral el 7 de noviembre. Bush "no se pone nervioso por los sondeos", recalcó su portavoz.

Los nervios de hierro del presidente no son compartidos por sus correligionarios. "Yo no creo que podamos seguir manteniendo una estrategia de presencia incondicional e indefinida en Irak", comentó a The Washington Post la senadora republicana Olympia Snowe, convencida de que "habrá un cambio" de estrategia tras las legislativas. Su colega, el senador John Warner, comentó tras un viaje a Irak que todas las opciones deben considerarse, ya que el país va a la deriva, mientras que el también senador republicano John Sununu se declaró abierto a "cambios significativos" en la política de EEUU en Irak.

Una de las propuestas más polémicas sobre el futuro de Irak apoya la partición del país entre sus grupos étnicos, dándoles más autonomía en detrimento del Gobierno centralista que apoya Bush.