"Una ve a la gente pero nunca sabe lo que le pasa", comenta filosóficamente Miriam Chamani. Como muchos de los vecinos de Nueva Orleans, esta sacerdotisa vudú no podía comprender cómo Zackery Bowen había podido cometer su horrendo crimen, ocultarlo durante 10 días y después suicidarse, dejando una explicación tan detallada que parece un guión de cine para una película de terror.

Probablemente llegará a serlo, porque tiene los ingredientes necesarios: un crimen morboso en el que el asesino estrangula a la víctima, la trocea con una sierra y cocina los pedazos. Una romántica pareja protagonista que, además, vive su idilio en la Nueva Orleans devastada por el huracán Katrina, de la que se niegan a marcharse desafiando todas las órdenes de evacuación. ¿Se puede pedir más?

Pero, por mucho que se esfuerce, Hollywood nunca podrá superar a la realidad. "Llevo 40 años en esta profesión y es la primera vez que veo algo como esto", comentó el detective Anthony Cannatella el pasado miércoles, todavía tembloroso ante el espectáculo en el pequeño apartamento de North Rampart Street, sobre la tienda de vudú de Chamani, donde había encontrado la cabeza de Addie Hall medio achicharrada en una cacerola, sus manos y sus pies en otra, sus piernas y brazos, ya condimentados, en el horno, y su torso en el frigorífico.

El autor de esta horrible carnicería fue su amante, Zackery Bowen, según explicó él mismo en una nota manuscrita de cinco páginas que fue hallada en el bolsillo de su cadáver. Bowen, un californiano que había combatido en Afganistán e Irak antes de recalar en Nueva Orleans como camarero, saltó al vacío desde el tejado de un estacionamiento contiguo al lujoso Hotel Omni, en pleno corazón del Barrio Francés.

Casado y separado de su mujer y padre de dos hijos, a los 28 años se consideraba un fracasado, como él mismo dejó escrito. Pero era tan atractivo que le contrataron como barman para atraer a las mujeres. Una de ellas era Hall. Aventurera y hermosa, la joven se enamoró perdidamente de Bowen, con quien compartía edad y profesión, y le ofreció asilo la noche en que el Katrina llegó a la ciudad. Juntos saltaron después a una efímera fama, cuando se negaron a irse de la ciudad inundada.

"Vivimos el huracán de forma civilizada", comentó entonces Bowen mientras compartía copas con los periodistas, que convirtieron a la pareja en símbolo ultrafotogénico de resistencia a la adversidad. Addie añadió pimienta enseñándole el pecho a los transeúntes. Eran los días felices, cuando recogían ramas para hacer fuego y bebían cerveza o burbon porque no disponían de agua potable. Un año después, ambos están muertos y han vuelto a saltar a la fama, pero esta vez como personificación del crimen; aquello por lo que Nueva Orleans siempre ha sido célebre.

Sin remordimientos

"Esto no es un accidente. Tengo que matarme porque la maté", escribió Bowen en la nota. En otras ocho páginas del diario de su víctima explicó incluso su estado mental: "Me doy miedo a mí mismo no solo por la calma con que estrangulé a la mujer que he amado año y medio, sino por mi total falta de remordimiento. Siempre he sabido que soy una persona horrible".

El 5 de octubre, la pareja tocó fondo. "Le he pillado siendo infiel y le echo del apartamento", le dijo Addie al casero tras una fenomenal bronca. A la una de la madrugada, Bowen la estranguló y violó el cadáver varias veces. Al día siguiente la llevó a la bañera y comenzó a trocearla, con una sierra de mano y un cuchillo de cocina. No le dio tiempo a acabar, aunque eso no le impidió presentarse a su trabajo de repartidor de supermercado. Dejó patatas y zanahorias cortadas, para terminar el guiso.