El alcalde de Jacatepec, un pueblito del estado mexicano de Oaxaca, contrata a 10 nuevos maestros para que los niños vuelvan a clase seis meses después del inicio de la huelga de enseñantes. Medio centenar de huelguistas acuden a impedirlo. Los padres empiezan a tocar sus silbatos. A los 2 minutos hay 200 personas armadas con palos y machetes; a los 10 minutos, un millar de habitantes de las comunidades vecinas: los maestros rebeldes ponen pies en polvorosa y el pueblo celebra el control de las aulas. "¡A estudiar!", grita el alcalde.

Lo mismo, pero al revés, ha sucedido en otras poblaciones favorables a los maestros en huelga y a la naciente Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Las comunidades se levantan por encima de gobiernos y formas políticas, tras demasiados siglos de sumisión y rezagos, en un intento desesperado por labrarse su propio futuro.

En Oaxaca, el estado más pobre de México, los más oprimidos empiezan a tomar conciencia de su papel. Las remesas de los campesinos emigrados a EEUU hacen que, por encima de la industria turística, sean "las clases más desposeídas y las más agredidas por el sistema político y económico las que mantienen a flote la economía y permiten que la sociedad siga funcionando", como resalta el escritor oaxaqueño Fernando Gálvez. En cambio, en medio de una sociedad agraria destrozada, el turismo ha convertido a la capital del estado en una de las ciudades más caras de México, sin que los salarios abandonen los niveles más bajos.

Mientras los empleados apenas ganan algo más de 100 euros mensuales, la bonanza permite que políticos y empresarios vivan en residencias de superlujo y se muevan en coches millonarios.

Un trato justo y digno

Así como los zapatistas rompieron hace 12 años el espejo de Chiapas, los oajaqueños tratan de romper este desmesurado espejo del México profundo y lacerante. Es probable que, entre divisiones sindicales internas, los maestros vuelvan a clase, pero la APPO y las comunidades movilizadas proseguirán la que denominan "lucha por la dignidad".

Por las ondas de Radio Universidad y La Ley --ahora, Radio APPO, la Ley del Pueblo --, las emisoras tomadas por los insurgentes, se asoman los militantes anónimos de la revuelta para señalar, como lo hace una viejita: "Hay que seguir la batalla, compañeros, ese es el camino".

El gran pintor Francisco Toledo, frustrado mediador en el conflicto, destaca que "la crisis se torna día a día más compleja". Junto a él y otros defensores de los derechos indígenas, el abogado de la etnia mixe Adelfo Regino sostiene que "una de las razones básicas de la movilización de Oaxaca es la sistemática agresión a que han sido sometidos los pueblos indígenas". Para Regino y sus compañeros, el diálogo para una convivencia armónica en una sociedad marcada por la miseria y la injusticia debe empezar con una "consulta a las 16 etnias del estado", que totalizan la mitad de los 3,5 millones de oaxaqueños y viven en comunidades de alta o muy alta marginación, "como paso previo para brindarles un trato justo y digno".

La libre determinación

El abogado mixe va más allá: para una verdadera transformación de las condiciones políticas, al reconocimiento de sus derechos en la Constitución estatal debe seguir el "reconocimiento de la libre determinación y régimen de autogobierno de los pueblos indios a nivel comunitario, municipal y regional", y el de "sus tierras, territorios y recursos naturales". Adelfo Regino habla de algo similar a lo que logró en Chiapas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) con los acuerdos de San Andrés.

Con el protagonismo de las mujeres, las comunidades campesinas e indígenas gritan: "¡Basta!". Y en la ciudad de Oaxaca una canción popularizada por las ondas rebeldes se eleva con rabia: "Oaxaca, tienes que levantarte..."