No hace falta recurrir a los datos económicos tantas veces difundidos para darse cuenta de que la franja de Gaza se encuentra en una situación crítica. Un paseo y alguna conversación son más que suficientes para recoger continuos lamentos --"Estamos en una situación crítica"; "Es el Ramadán más triste que recuerdo"--, para ver más suciedad de lo habitual, para darse de cuenta de que las armas, nunca especialmente tímidas en la franja, imponen su ley más que nunca.

Hay un punto de inflexión teórico en la crítica situación de Gaza: la victoria electoral de Hamás en las elecciones legislativas del pasado enero.

Fue a partir de entonces que EEUU y la UE cortaron la subvención económica mensual sin la que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) no puede subsistir. Pero los otros dos factores que convergen para hacer de Gaza una zona desesperada son anteriores: las políticas de Israel --el cierre aleatorio y casi perpetuo de los pasos fronterizos y las operaciones militares-- y la lucha por el poder entre Hamás y Al Fatá.

NI EXPORTACIONES NI AYUDA Sin fronteras fiables, no hay más negocio que el mercado interno, al ser imposibles las exportaciones. Sin la ayuda exterior, no hay sueldos para los funcionarios, de los que vive gran parte de la población, por lo que tampoco hay dinero para consumo interno.

Sin sueldos, Al Fatá tiene un ariete de descontento contra Hamás, un arma en su lucha interna que el partido oficialista usa sin pudor. Sin funcionarios fieles, Hamás crea su policía, y el desgastado brazo político del movimiento no puede controlar al militar.

Descontrolados los milicianos, aumentan los ataques contra Israel, lo que lleva a un aumento del cierre de las fronteras y de las operaciones militares.

A más muertos causados por Israel, más descontento y rabia. A más rabia, más luchas fratricidas. Y más muertos. Para algunos, cuanto peor, mejor, ya que así Al Fatá tiene más argumentos contra Hamás y viceversa. Y la población, atrapada en este círculo vicioso, no ve salida. Es la Gaza del caos y la anarquía.