El término daños colaterales, eufemismo militar para referirse a las víctimas civiles de un bombardeo o un ataque, comienza a hacerse un hueco en el vocabulario de la Fuerza Internacional de Ayuda a la Seguridad (ISAF), el contingente multinacional encabezado por la OTAN destacado en Afganistán. Entre 50 y 63 afganos perdieron la vida durante un bombardeo nocturno en el distrito de Panjwayi, en la conflictiva provincia sureña de Kandahar. La masacre, la más sangrienta cometida por los aviones de la ISAF, se produce poco después de que esta fuerza multinacional extendiera su mandato a las zonas del país consideradas como feudos de los talibanes, y a buen seguro erosionará la credibilidad de la misión ante la población afgana.

Las contradictorias informaciones que llegaban de Kandahar indicaban que 25 casas o un campamento de desplazados habían sido destruidos desde el aire, de noche, durante la festividad del Laïd el Fitr, con la que los musulmanes celebran el final del mes sagrado de ayuno. Según Hah Wali, uno de los heridos entrevistado por la agencia Efe, el ataque se produjo contra un campamento donde se refugiaban "centenares de personas que habían perdido sus casas" a consecuencia de los combates.

MATIZACIONES Fuentes de la ISAF, que el día anterior habían anunciado la muerte de 48 talibanes en intensos combates, tuvieron que matizar lo dicho y admitir que, según informaciones creíbles, entre las víctimas de los bombardeos había civiles. Los portavoces de la fuerza internacional reconocieron haber causado muertos entre la población, aunque evitaron cuantificarlos, y afirmaron que el contingente hace "todos los esfuerzos para minimizar el riesgo de daños colaterales al llevar a cabo sus operaciones".

Organizaciones internacionales y las autoridades afganas expresaron su repulsa al bombardeo. Nic Mohamed, miembro del Consejo Provincial, manifestó "su rotunda condena" a este acto de la OTAN, y adelantó que presentará en Kabul pruebas de lo sucedido. La misión de las Naciones Unidas en Afganistán exigió una rápida investigación, y expresó su preocupación "por las informaciones de que un amplio número de civiles podrían haber muerto durante las operaciones militares". El Ministerio de Defensa envió una delegación para investigar lo ocurrido.

Aunque aún no se han alcanzado las cotas de violencia de Irak, 2006 está siendo, de lejos, el año más sangriento en Afganistán, cuando están a punto de cumplirse cinco años de la caída del régimen talibán. "La violencia en Kabul se ha multiplicado en un 600%", admitieron recientemente fuentes diplomáticas occidentales en la capital afgana. Los ataques suicidas han acabado hasta el mes de noviembre con la vida de más de 200 personas, mientras que en todo el 2005 no murieron más de 50 o 60 personas en este tipo de atentados, cometidos por afganos.

Las promesas incumplidas, la lentitud de la reconstrucción y el dinero procedente del opio han catapultado a la resistencia talibán. "Estamos en un momento crucial; la población, desencantada, está esperando decidir qué bando elegir", admitieron las mencionadas fuentes.