Bien es sabido que el tiempo tiene muy diferente ritmo dependiendo de la zona del planeta en la que uno se halle. Y también, que con una plaza de avión confirmada en la mano, dependiendo de si el viajero se halle en el Congo o en Nueva York, la garantía de poder llegar al lugar de destino no es la misma. Kabul, con los talibanes de nuevo dando que hablar, no está como para recibir a muchos turistas. Pero una cosa es segura: quien quiera viajar por este país, atravesado desde tiempos remotos por adictos a los viajes --el veneciano Marco Polo, sin ir más lejos--, deberá desprenderse de horarios y agendas, promesas de agencias de viajes y escalas ajustadas en aeropuertos. Deberá asumir que, si no quiere perder la compostura en un ataque de ansiedad en las montañas del Asia Central, todo puede volverse del revés en unos segundos.

Kabul, jueves 19 de octubre. Las oficinas de Ariana, líneas aéreas afganas, en el centro están abiertas, pero los empleados no parecen tener mucho qué hacer. "¿Cuándo sale el próximo vuelo a Herat?", pregunto, como cualquier recién llegado al país que desconoce los códigos locales. "No lo sabemos, vuelva mañana a las 8.30 horas y le confirmaremos si hay vuelo para el sábado", es la única respuesta. Y tan pancho. Ante una situación semejante, cualquier aspirante a emular los viajes de Marco Polo en su vida adulta puede preferir la seguridad de un vuelo a Italia y limitarse a la infancia del viajero en los canales venecianos.

Las esperanzas de hallar en el sector privado --Kam Air, segunda compañía aérea de Afganistán-- la atención que la empresa pública siempre niega no llevarán a ninguna parte. Los vuelos de Kam Air están casi siempre completos. Y sus empleadas, aunque más sonrientes, aceptan reservar plaza en uno de sus aviones de salida no garantizada para dentro de dos o tres días.

Pero, de la misma manera que, al pie de la cordillera del Hindu Kush, las cosas pueden volverse del revés rápidamente, también pueden enderezarse en un santiamén. Tras horas de insistir, un señor, trajeado y acompañado de cámaras de vídeo, hace su aparición en las oficinas. Es, nada más y nada menos, que Zamarai Kamgar, un desconocido para todos ustedes, pero un salvador para quien tenga compromisos ineludibles en otros rincones de Afganistán. Kamgar es el presidente de Kam Air y, a cambio de aparecer en su vídeo promocional, dio, con solo un grito, cuatro plazas para Herat a tres viajeros occidentales, incluyendo a este enviado especial y a un traductor local. Y los nos irritantes de las empleadas de Kam Air se transformaron en atribulados síes para un vuelo confirmado el día siguiente.

Tras las desventuras del día anterior, los sucesivos estados de euforia y desánimo, el vuelo también tuvo su dosis de desventuras: el Boeing 737 aterrizó en Herat con cuatro horas de retraso, el aparato hizo una imposible curva de aproximación que hizo que muchos pasajeros --incluyendo a los afganos, lo que era más preocupante-- se mirarán cariacontecidos, y los móviles, ese invento que tanto gusta a los locales, empezaron a sonar cuando el avión no se había posado. ¡Ring, ring!.