Frustración y dolor por las víctimas. Esas fueron las primeras reacciones de Baltasar Garzón al conocer la muerte de Augusto Pinochet. El juez de la Audiencia Nacional, que el 16 de octubre de 1998 ordenó su detención en Londres, lamentó que durante estos últimos ocho años, sus colegas chilenos no hayan sido capaces de sentar en el banquillo al responsable de 1.138 muertos y desaparecidos que el juez pudo acreditar en su investigación. El proceso continuará contra los otros 38 militares y civiles procesados.

A pesar de ello, el juez se congratuló porque las víctimas, al menos, hayan podido recibir cerca de nueve millones de dólares, parte de la fortuna que el dictador tenía oculta en el banco Riggs. Ahora, le investigaba por la posesión de lingotes de oro que habría ocultado en Hong Kong (China). Garzón, en declaraciones a este diario, expresó su "frustración" porque Pinochet no haya sido juzgado y condenado. Sin embargo, celebró el proceso que siguió a su detención y que ha cambiado las reglas del derecho internacional. Tras su orden de arresto, los dictadores saben que sus crímenes no son impunes.

El juez español recuerda hoy, como si fuera ayer, aquel 16 de octubre de 1998. Pinochet estaba en Londres ingresado en una clínica donde había sido operado de una afección lumbar. Garzón envió la orden de detención, vía Interpol, y los agentes británicos detuvieron al general. Comenzó una batalla jurídica que se prolongó hasta el 2 de marzo del 2000 cuando el entonces ministro del Interior del Reino Unido Jack Straw autorizó el regreso de Pinochet a Chile por "razones médicas". Garzón intentó, por todos los medios, interrogar al dictador antes de su viaje, pero el Gobierno de José María Aznar se negó a tramitar las alegaciones del juez contra la puesta en libertad del dictador. M. B.