Sea cual fuere el grado de incertidumbre que sigue rodeando esta última fase de la revuelta libia, se va aclarando la situación. Por ejemplo, ahora ya sabemos que la reaparición estelar del hijo de Gadafi, Saif el Islam, la otra madrugada, tuvo como escenario precisamente el Hotel Rixos, donde cerca de 40 periodistas extranjeros estaban confinados por fuerzas gadafistas desde hacía cuatro días. También ayer, en su enésima grabación misteriosa, Gadafi decía que se había dado una vuelta por Trípoli, de incógnito, y que no le parecía que sucediera nada anormal, y que "nadie había irrumpido en la ciudad". El último en enterarse.

Es urgente que se restauren la calma y la seguridad cuanto antes, pero lo que está sucediendo no tiene nada de extraordinario. Es propio de las revoluciones generar días de enorme confusión y rumores. Y de nuevo topamos con la compleja relación entre medios de comunicación, redes sociales y opinión pública. La existencia de las famosas redes, por ejemplo, no garantiza que ellas discriminen la información verdadera de la falsa, ni acelera el tiempo de clarificación de la situación.

Imaginemos por un momento que, en tres escenarios distintos en el tiempo, internet, Twitter, Facebook, CNN, Al Jazira, etcétera, hubieran estado presentes sobre el terreno: en la liberación de París entre los días 20 y 25 de agosto de 1945, en Barcelona y Madrid entre el 17 y el 25 de julio de 1936, o, ya puestos, en los famosos diez días que estremecieron al mundo en la Revolución de Octubre de 1917, que llevó a los bolcheviques al poder en Rusia (y que el periodista John Reed publicó en su día con dicho título). La gente de la calle ¿hubiera sabido antes y con mayor rapidez exactamente qué estaba pasando? No parece plausible.

Por tanto, hay que dar tiempo al tiempo. De los escenarios que están sobre la mesa, que Gadafi y sus leales puedan revertir la situación parece altamente improbable; de hecho, imposible. Que cueste estabilizar la situación en Trípoli puede ser cuestión de días. Que tarde en aparecer Gadafi no sería de extrañar, pero ya sucedió en Irak, y saber dónde paraba Bin Laden costó diez años: ello tiene poca influencia sobre el cambio en el país.

Ahora el reto es otro: hacer seguras las calles, establecer la autoridad del nuevo Gobierno del Consejo Nacional de Transición, disolver las milicias y crear unas fuerzas militares y policiales creíbles, y obtener un claro respaldo de la comunidad internacional para esta nueva etapa, sobre todo en la sede de las Naciones Unidas.

Incertidumbres, muchas, pero únicamente los nostálgicos de Gadafi y los partidarios del cuanto peor, mejor lamentan la ventana de oportunidad que se les abre a los libios.