En una cabina de prensa de uno de los grupos del Tea Party aparece un hombre pidiendo un lector de tarjetas fotográficas. "Durante los próximos tres días vas a ver cómo estalla aquí una guerra civil entre facciones que luchan por ser la voz del Partido Republicano", dice antes de desaparecer entre la multitud. Ese hombre es Larry Sinclair, uno de los personajes más excéntricos de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), un congreso que reúne cada año a la élite republicana y a todos los satélites del universo conservador.

Este año la autocrítica y el fuego cruzado han dominado la conferencia, mezclándose con las habituales teorías conspiratorias, como la de Sinclair. En el 2009 publicó un libro donde cuenta cómo supuestamente le hizo dos felaciones a Barack Obama cuando era senador de Illinois y cómo el hoy presidente le compró cocaína en Chicago antes de sacarse una piedra de crack y esnifarse varias rayas delante suyo.

Historias como estas ilustran el camino que le queda por recorrer al Partido Republicano para dejar de ser "el partido estúpido", según lo definió el gobernador Bob Jindal ante el Comité Nacional Republicano a finales de enero. Tras perder las elecciones en noviembre, los conservadores tratan de extraer lecciones de la derrota y redefinir su identidad de cara a las legislativas del 2014. Pero el psicoanálisis es complicado por la fractura entre facciones y la falta de un liderazgo claro.

Los centristas pugnan con ultraconservadores. Las nuevas generaciones con el establishment. Los aislacionistas en política exterior con los internacionalistas. Y las señales de malestar y rebelión abundan. El gobernador de Florida, Jeb Bush, dijo que el republicano debe dejar de ser "el partido antitodo", mientras el libertario cercano al Tea Party Rand Paul cargó contra la jerarquía diciendo que "el viejo Partido Republicano se ha vuelto rancio y enmohecido".