Cuando se escriba la historia de la presidencia de Donald Trump, Charlottesville deberá tener un capítulo aparte. Con su conflictiva reacción al estallido de violencia racista el fin de semana pasado en la localidad de Virginia, el presidente de Estados Unidos ha eliminado cualquier resto de duda, si quedaba alguno tras su campaña y los primeros meses de mandato, de su alianza con la extrema derecha. Y aunque los miembros del Ku Klux Klan, los neonazis y los supremacistas blancos hayan sido los principales protagonistas tras una batalla puntual, para entender la guerra hay que abrir mucho más el foco, hasta una derecha mucho más heterogénea agrupada ahora bajo el amorfo y elástico paraguas que se autodenomina «derecha alternativa».

Ha sido la ambigüedad moral de Trump, que ha equiparado a los grupos de odio con quienes protestan contra ellos, la que ha desatado la indignación. Pero sus palabras son la culminación, por ahora, del discurso ideológico que ha mantenido desde hace años.

LA DIANA DEL PRESIDENTE / En su diana han estado los inmigrantes y los musulmanes, los negros y las mujeres, las élites y las instituciones. Y a veces los disparos han sido directos, pero con frecuencia ha empleado la táctica retórica del silbato de perro: no hace falta decirlo todo para que el receptor escuche el mensaje. Cuando habla de violencia urbana o de fraude electoral está señalando a los negros. El muro de la frontera es una forma de retratar a quienes habitan al sur como indeseables. Y todos los musulmanes se convierten en sospechosos en sus denuncias del terrorismo islámico.

El receptor que buscaba Trump es el mismo que los republicanos persiguieron en los años 60 con la llamada «estrategia del sur», cuando también en código apelaron a sentimientos racistas tratando de conseguir el voto blanco conservador. Pero es también diferente: es esa masa que su estratega jefe, el recién defenestrado Steve Bannon, supo identificar y arengar desde Breitbart News y que se cree inmersa en una situación apocalíptica de colapso de los valores occidentales provocada por una mezcla de enemigos.

Trump y Bannon despreciaron la línea que había marcado el aparato republicano tras la dos derrotas de sus candidatos ante Barack Obama y no optaron por la propuesta de buscar acercarse a minorías, sino por movilizar precisamente a los blancos que no votaron por John McCain y Mitt Romney. Y tuvieron éxito. Un estudio reciente de la Universidad de Harvard sobre el triunfo del magnate inmobiliario, el brexit y el auge de los populismos sostiene la tesis de que estos reflejan, «sobre todo, una reacción contra un amplio abanico de cambios culturales que parecen estar erosionando los valores básicos y costumbres de las sociedades occidentales».

En sus siete primeros meses de presidencia Trump ha dejado claro que busca satisfacer a ese núcleo base, sin intentar ampliar su campo de apoyos. Dando pasos atrás en derechos LGTB, en la lucha contra el cambio climático o intensificando políticas de «ley y orden» que se ceban con minorías raciales ha respondido a algunos de sus intereses.

Como constataba ya en febrero el Southern Poverty Law Center, «la derecha radical ha tenido más éxito en entrar el mainstream político en el último año que en medio siglo». Y el miedo ahora es que esa entrada se traduzca en más violencia. Porque como dijo un columnista de The New York Times , «Trump es presidente no a pesar de las miserables cosas que dijo sobre los mexicanos, las mujeres, John McCain, Megyn Kelly y el resto, sino porque las dijo».

Que uno de los ejes de conflicto reciente sean las estatuas y monumentos de la Confederación, el bando esclavista y derrotado en la guerra civil, ha llevado a muchos a plantearse si un conflicto así puede repetirse. Y aunque muchos historiadores no lo creen, sí identifican uno nuevo, «algo similar en forma de guerra cultural» según le decía a The New Yorker Judith Giesberg, de la Universidad de Villanova. Es sin duda una guerra abierta. El propio Trump, en uno de sus momentos agresivos en la rueda de prensa del martes, espetó sobre la retirada de estatuas: «Estáis cambiando la historia, estáis cambiando la cultura».

Otro historiador que también habló con The New Yorker, David Blight, puso el origen de las tensiones actuales en la elección de Obama, tras la que «hubo tremenda resistencia de la derecha, los episodios de violencia policial y todas las cosas (del pasado) explotaron otra vez». Para Blight «no es solo polarización racial sino una convulsión sobre identidad».

Y para él sí existe un certero paralelismo con lo que ocurrió antes de la guerra civil. «Tenemos instituciones debilitadas y no solo partidos polarizados, sino partidos en peligro de desintegrarse, como pasó entonces». Por eso recomienda «mirar a los partidos» para tomar el pulso a la salud de EEUU. Observar al republicano no apunta a un buen diagnóstico.