Nacida el 26 de noviembre de 1920 en Stúpino, unos 100 kilómetros al sur de Moscú, hacía solo diez días que Liubov Alekséyevna Netúpskaya había soplado las velas de su centenario, cuando falleció, el pasado 6 de diciembre, en la ciudad bielorrusa de Gomel, donde residía con su hija y yerno desde hacía 30 años. La anciana conservaba una cabeza lo suficientemente clara como para reconocer que el azar la invitó a vivir, en la noche del 8 al 9 de mayo de 1945, un momento estelar de la humanidad, pues fue la responsable de telegrafiar desde Berlín al estado mayor de Moscú la noticia que el mundo anhelaba desde hacía más de cinco años: "La guerra ha terminado".

Cuando la Wehrmacht invadió la Unión Soviética, Liubov —en ruso significa «amor»— era una jovencita de 20 años. Ya no quiso retomar los estudios, sobre todo después de que Stalin decretara el traslado de su facultad, así como de fábricas y otras infraestructuras, a las estepas de Asia Central para protegerlas del tornado nazi. Porfió y porfió en la oficina de reclutamiento militar hasta conseguir, en mayo de 1942, que la admitieran en un batallón de telégrafos de reserva, donde la entrenaron en el funcionamiento de un aparato de comunicación para encriptar mensajes llamado Bodo. «Aunque tenía solo cinco llaves, resultaba muy difícil de manejar —confesaba la anciana hace tres años en una entrevista con la agencia rusa Sputnik—. Lo bueno es que podía mandar notas en un radio de 800 kilómetros». Después de un par de años adiestrando a chicas como telegrafistas y radioperadoras, la sargento mayor Netúpskaya pasó al ejército en combate en junio de 1944, integrada en un batallón que participó en la liberación del frente del Este.

En uno de los episodios más interesantes y controvertidos de la guerra, el Ejército Rojo decidió marchar sobre Berlín, mientras las tropas norteamericanas se quedaban rezagadas a lo largo del río Elba. Algunos historiadores sostienen que si hubieran esperado unos días —la rendición no podía tardar mucho—, habrían salvado las vidas de miles de soldados soviéticos. En cualquier caso, ahí estaba Netúpskaya, en el avance hacia la capital del Reich, la que iba a ser «la tumba del Ejército Rojo» a decir de Hitler, quien se suicidó en el búnker de la cancillería el 30 de abril de 1945.

Dos días después, su batallón entró en Berlín, una ciudad caótica, donde las gentes vagaban como fantasmas a la busca de un mendrugo de pan. En la tarde del 8 de mayo, recibieron una llamada en la villa de las afueras donde se habían instalado: necesitaban con urgencia dos telegrafistas y un mecánico. Sin muchas más indicaciones; uniforme militar y cabello recogido, como siempre. Trasladaron a los tres al edificio de la escuela de ingeniería militar, donde iban a tener lugar la negociaciones.

Netúpskaya no imaginaba lo que estaba cociéndose hasta que, desde una ventana, vio entrar al mariscal Gueorgui Zhúkov. Fue a la una de la madrugada, cuando un mayor entró en la habitación de las telegrafistas con el mensaje que, si bien en un capítulo discreto, la hizo ingresar en la historia. Entre otras condecoraciones, recibió la Orden de la Estrella Roja y las medallas por la liberación de Varsovia y la toma de Berlín.