Borja Lasheras, investigador principal del Centre for European Policy Analysis (CEPA), lleva más de una década yendo y viniendo de Ucrania. De allí, cuenta a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA, del grupo Prensa Ibérica apenas un par de días antes de volver, se ha traído muchas cosas. Lecciones de política, muchas, pero también amistades, historias y la sensación de haber encontrado allí más de un sitio al que llamar "hogar".

"Empecé a tener una doble vida un poco extraña con un pie en España y otro en Ucrania, una Ucrania diferente a la de ahora, en la que cuando entras empiezas a mirar los cielos porque te puede ir la vida en ello", cuenta.

Todo lo que se encontró lo explica en 'Estación Ucrania' (Libros del K.O., 2022), un relato del país que fue antes de que Rusia iniciase na invasión que ha condicionado la geopolítica y las vidas de millones de personas en todo el mundo en 2022. Sin contar, por supuesto, las decenas de miles de muertes que se ha cobrado ya un conflicto que, sea como sea cómo acabe, hará que Ucrania no pueda volver a ser la misma. Nunca será aquella que Lasheras encierra entre las páginas de su último libro.

No es una crónica periodística ni un diario de guerra, sino "un documental" en el que los ucranianos y el propio Lasheras van evolucionando y dibujando un retrato del país que fue, el que pudo ser y en el que apunta a convertirse si consigue repeler el último ataque ruso. Habla de Zelenski, al que considera "un buen tipo" que "nunca quiso la guerra", de la Unión Europea y de la recuperación del "culto al héroe" en un país que "va a intentar cortar todos los lazos" con su pasado soviético.

Pregunta: A ti Ucrania te atrapó mucho antes de la invasión.

Respuesta: No soy un cronista de guerra, suelo llegar muy pronto o muy tarde a los conflictos. Llegué tarde a la guerra de 2014 y pronto para la de 2022, que me fui una semana y media antes. Mi libro, en cualquier caso, no es una crónica de un conflicto, es un ejercicio de escucha, de hablar de verdad con los ucranianos a través de una serie de viajes repartidos en varios años. No se trata de un libro nostálgico, pero sí que tiene una cierta melancolía porque algunas de las personas que salen en él están peleando en el frente o ya no están.

P: ¿Cuántos recuerdos puede borrar esta guerra?

R: Muchos de mis amigos están en las listas negras rusas. Si caen en sus manos, saben que van a ser ejecutados, pero es que hay regiones que han sido completamente arrasadas. Kiev está resistiendo mejor por las defensas aéreas que tiene, pero otras, como Mariúpol, que era una ciudad de recreo extraordinaria, han sido borradas. Allí antes de la guerra se hablaba del proyecto ecológico o de cómo limitar el poder de los oligarcas, pero ahora ya no hay nada. Se han destruido sitios en Ucrania a los que uno podía llamar hogar, como una cafetería en Járkov en la que nos reuníamos y que fue bombardeado por ocultar supuestamente milicianos.

P: ¿Qué fue exactamente lo que te cautivó?

R: Lo que me encuentro cuando voy en 2015 es un país verdaderamente fascinante y que está en plena efervescencia. En Ucrania tenías de todo: movimientos democratizadores, mundo soviético, crónicas de guerra, ideas radicales... Muchos mundos entremezclados. Y, sobre todo, y creo queda muy bien reflejado en el libro, un momento de efervescencia política que era como una droga. Kiev era Berlín tras la caída del muro. La vida nocturna de las primeras fiestas techno, la vida diurna cargada de esperanza y de eclosión cultural... Seguía muriendo gente, pero la guerra estaba congelada. A Rusia no le había salido bien.

P: ¿Cómo era Ucrania a pie de calle antes de la invasión de este año?

R: Un país plural, cargado de sorpresas y en busca de un camino que apuntaba a ser el mejor que jamás se había abierto para Ucrania en toda su historia. Había un ansia de Europa, un anhelo de todo lo que representaba, y se palpaban muchas ganas de pasar página con respecto a su pasado. Todo ello a pesar de las tensiones internas, que siempre las ha habido, no hay duda, pero se aventuraba un periodo modernizador de un país que se lo creía.

P: ¿Crees que entonces estaba comprometida con el proyecto europeo?

R: Sí, pero eso no lo explica todo. Los ucranianos siempre se han sentido europeos, pero también porque ven a la UE como la antítesis de Rusia. Ven lo que está sucediendo en Bielorrusia, con las elecciones robadas y la influencia del Kremlin, y no lo quieren para ellos. Pero no podemos engañarnos: también había habido reveses en su relación con Bruselas con los visados que se alargaban, por ejemplo, y que hicieron que en algún momento se plantearan un camino en solitario.

P: ¿Y eso por qué se quiebra?

R: Eso lo rompe Putin el 24 de febrero de este año porque sabía dónde iba a terminar este proceso. Es la lógica imperialista de Rusia. Se dan cuenta de que cada vez más ucranianos están perdiendo la nostalgia soviética, que los jóvenes miran cada vez más hacia Europa, y eso se da también en el este y en el sur, hay que romper ese mito. Ucrania no despierta el 24 de febrero, despiertan los analistas, pero el país llevaba tiempo ya en ese proceso.

P: Pero, toda esa efervescencia se congela cuando estalla el conflicto, ¿no?

R: Eso era lo que yo temía a finales de febrero, pero gran parte de los personajes que aparecen en el libro todavía están luchando. Esa Ucrania todavía vive y es consciente de que es candidata a la Unión Europea y que no puede fastidiarla. Ahora mismo, eso sí, lo que prima es el culto al héroe y la unidad nacional.

P: Zelenski encaja muy bien en ese culto. ¿Ha cambiado tanto su imagen?

R: Yo estaba trabajando en Moncloa en el momento en que gana. Tenía un perfil un poco populista, venía de donde venía, y Putin comete el error de minusvalorarle. Mal asesorado, y eso lo sabemos, Putin decide la invasión pensando en que el presidente ucraniano se va a ir de Kiev a las primeras de cambio. Pero Zelenski se queda, y hay que dejar muy claro, porque la propaganda rusa dice lo contrario, que nunca quiso la guerra. Incluso llamó a Macron suplicándole para que intentase mediar. Obligado por las circunstancias, él se transforma y pasa de ser un líder cuestionado a ponerse al frente de su pueblo, y eso los ucranianos lo valoran enormemente. Personalmente, me parece un buen tipo.

P: ¿Qué va a cambiar la guerra en la conciencia de los ciudadanos?

R: Le doy vueltas a esa idea con mis amigos de allí muchas veces y no lo tenemos claro. Es un país traumatizado marcado por la épica de la resistencia, pero lo cierto es que están perdiendo lo mejor que tienen en el frente. Ilustra mucho que una de las primeras imágenes de la invasión sea los coches de los ricos huyendo por la frontera, así que a ver qué queda cuando todo esto pase. Es una tragedia de país.

P: ¿A qué camino les va a llevar esta guerra?

R: La simpatía a la UE no es lineal según las últimas encuestas fiables, pero lo que está claro es que Rusia es lo contrario a lo que quieren. Fíjate que en 2014 no tenían un sentimiento especialmente hostil hacia ellos, pero esta vez ha sido diferente. Se van a intentar romper todos los lazos culturales, religiosos, idiomáticos... No van a querer nada, pero es una ruptura que va a depender de cómo termine la guerra. Y todavía le queda.