No cabe duda de que la industria es un eje crucial de crecimiento económico de una región y elemento esencial de vertebración territorial y social. Actualmente, la imparable globalización de los mercados, la permanente y veloz transformación tecnológica y el establecimiento de una moneda única en la eurozona ofrecen al sector amplias oportunidades, aunque también importantes amenazas, para mantener y elevar sus niveles de crecimiento.

En este punto, para intentar que Aragón sea punta de lanza del desarrollo económico, aprovechando todas las oportunidades que ofrecen los nuevos tiempos, es necesario perfilar una política urbanística y medioambiental adecuada, pero sobre todo potenciar --de una vez por todas y con urgencia-- una política industrial adecuada a las características, necesidades y especificidades de la economía aragonesa.

De esta manera, Aragón necesita una política industrial que asuma la especificidad y singularidad de la situación económica regional, tratando de superar los déficits estructurales en que se encuentra mediante la defensa del tejido industrial existente y propiciando nuevas inversiones productivas que incidan en la diversificación de la actividad económica mediante el apoyo a nuevos proyectos en actividades novedosas en nuestra región.

Por ahora, el apoyo directo a la industria, especialmente a la de pequeña y mediana dimensión, está siendo insuficiente para variar el rumbo del sector industrial que se bambolea sin pausa en el estancamiento.

Aragón necesita una política industrial que apueste decidida y activamente por la industria como elemento generador de riqueza, que considere la importancia de las pymes, aprovechando e impulsando su versatilidad y capacidad de adaptación y que mejore al competitividad de las empresas mediante la innovación en la gestión.

Para ello, será preciso impulsar y estimular la mejora de los sistemas de calidad en las empresas, un mayor uso de la innovación tanto en los procesos y productos como en la gestión diaria, el diseño industrial, la imagen de marca y la identidad corporativa como valor añadido a la empresa y el producto, el desarrollo sostenido y las medidas de prevención y control medioambiental y de riesgos laborales, al internacionalización y apertura a nuevos mercados exteriores y la cooperación empresarial.

Además, se necesita una política industrial que incida en la generación de nuevas inversiones destinadas a la modernización y diversificación del tejido industrial y a potenciar los sectores de mayor crecimiento, sobre todo los que propician una mayor cohesión regional.

Es fundamental, también, contar con suficiente equipamiento infraestructural, un entorno financiero adecuado en cantidad, plazo, forma y precio a las necesidades de las empresas, un marco institucional sensible a las demandas y problemáticas empresariales y un entorno laboral, educativo, fiscal y sociopolítico eficiente y que apoye y estimule la figura y la labor empresarial.

Un aspecto crucial para la implantación con éxito de una clara y eficaz política industrial es la coordinación y el acuerdo de todos los actores que intervienen en el proceso, de forma que se logre una optimización de todos los recursos disponibles en el menor tiempo posible y con la estabilidad deseada a largo plazo. Así, el empresariado es consciente de que el correcto desarrollo de una política industrial requiere el consenso y el compromiso de todos los protagonistas de la actividad productiva, así como de la Administración.

M. M. AIRBE