Solo hay un día en el que las iglesias hacen la vista gorda y permiten cosas que, de normal, serían pecado: el día de San Antón. Las puertas de la institución están abiertas de tal manera que los animales, sean lo que sean, pueden presidir una solemne misa. El cartel de prohibido animales deja de tener validez durante unas horas y las competiciones de ladridos, aullidos y algún que otro canto de pajarillo, se convierten en una música celestial.

La iglesia de San Pablo es, anualmente, el punto de mira cada 17 de enero. En ella se bendice a las mascotas. A cada una para un fin que, claro, eligen sus dueños. Unos dicen que así, el animal será menos nervioso. Otros que gracias al agua bendita no enfermarán. Y otros, simplemente, acuden porque son creyentes y quieren disfrutar de la celebración del patrón de los animales.

El momento más esperado llegó después de la misa, cuando sale el santo en procesión por el barrio capitaneado por la Cofradía de Jesús Nazareno de Utebo. Unas 40 personas de la Banda de Tambores y Cornetas hicieron que las calles aledañas a la parroquia retumbaran al ritmo de sus tambores y asustaran a más de un animal. Tras el recorrido llegó el momento que los dueños de las mascotas esperaban: la bendición. Y hasta allí acudieron parte de los animales de la protectora de animales, Cecapa, con su chaleco amarillo.

EL MUNDO PERRUNO

La coordinadora, Mª Carmen García, explicó que era el primer año que participaban como protectora municipal. Aprovechó la ocasión para recordar que actualmente hay en la ciudad 150 mascotas pendientes de encontrar una familia que les adopte de los que, algunos, fueron diana del agua bendita.

Hasta San Pablo se acercaron mascotas de todo tipo, pero sobre todo perros. Ana Bailo y Conchita Pérez, rodeadas de perros, sostenían las jaulas de viaje de sus gatos. "Estamos en minoría", bromeaban. Daba igual dónde se mirara que se podía encontrar un perro. Grandes y, principalmente, pequeños lo que obligaba a andar con pies de plomo para evitar pisar a alguno de los cánidos que jugaba en el interior de la iglesia o en la plaza.

Pero en el día de los animales no era raro toparse con una cotorra argentina de 23 años. "Al principio está callada y quieta, como investigando el terreno y cogiendo confianza", explicaba su dueña, Vanesa Jaime, pero luego "empieza a cantar".