Puede dar la sensación de que de la riada del Ebro se ha dicho todo, o casi todo, pero quedan aún muchas incógnitas por contestar. A bote pronto se me ocurren unas cuantas, como por ejemplo por qué se tardó tanto en advertir lo que se nos venía encima tras las copiosas nevadas en cabecera a una altura que invitaba a pensar en un deshielo súbito. O la duda de si con embalses más grandes se hubiera laminado mejor la crecida, puesto que normalmente hubieran estado casi llenos en un invierno lluvioso. O qué hubiera ocurrido en Zaragoza de haber estado realizado el ya famoso, por manoseado, proyecto de riberas. Sin entrar en un punto de capital importancia para los municipios, como es la limpieza de los cauces, quién la autoriza, quién la paga, quién se opone a ella, si es que alguien lo hace. Cuestiones, en fin, que merece la pena responder para prevenir mejor la próxima gran avenida.