A las 22.45, el puente de Santiago se llenó de gente. Parecía el de Brooklyn en la salida del Maratón de Nueva York. Se acababa de cortar la circulación por las Murallas y por Echegaray y Caballero y toda una riada humana que venía del concierto de la plaza del Pilar y de muchos otros sitios se apostaron ante la Zuda. Tras dos avisos de cohete, comenzaron los fuegos artificiales que cerraban las Fiestas del Pilar. Pero se iniciaron con puro sonido. Una traca imitó los toques de tambor de Samana Santa y la gente reconoció aquel guiño que llegaba de muy lejos, porque este año los fuegos cambiaron de sitio.

El repiqueteo se fue acelerando hasta resolverse en una ascensión de luces blancas como tallos que brotaban para descender multiplicados en ramajes vegetales. Todo el mundo miraba la ascensión sucesiva de misiles que en la punta llevaban sorpresas: globos que parecían venirse encima de la gente y que dos segundos y medio más tarde traían el sonido que hacía retumbar las casas.

Los dibujos celestes tomaban forma de corazones rojos o de estrellas verdes y en el juego de la luz en movimiento aparecieron unas espirales giratorias como galaxias rabiosas que chocaban entre sí frente al paredón cósmico en negro. El río reflejaba las escenas, resoluciones concéntricas, bolsas de chispas como agujas que silbaban. Todo terminó en una gran luminaria general repleta de explosiones.