Bañarse en una piscina lleva implícito contar con al menos un socorrista, tener más gente nadando alrededor y disfrutar de un agua clara y, en principio, exenta de riesgos. Al hacerlo en un entorno natural "te la juegas y tienes que hacer caso al sentido común. Para empezar, el agua es turbia y en muchos lugares no se ve el fondo. Cada año, el cauce es distinto como consecuencia de la crecida del invierno anterior, por lo que se colocan más o menos piedras y matorrales dentro del agua. Los ríos y embalses tienen corrientes y pozas peligrosas. Y no hay vigilantes", explica Javier Sanz, presidente de la Federación Aragonesa de Salvamento y Socorro.

Santiago Carvajal, especialista es espeleobuceo, dice que "nunca hay que meterse cerca de las compuertas de una presa. Y si se hace, hay que preguntar si van a soltar agua". Respecto a los embalses advierte sobre la cantidad de ramas y árboles que contienen y no se ven, incluso cerca de la superficie. Y en ríos, recomienda ir a remansos.

"No hay que zambullirse si no se ve el fondo. Y menos todavía tirarse de cabeza. Ni siquiera en lugares conocidos. Sorprendería saber la cantidad de roturas de pie que se dan por esta circunstancia, ya que aparecen rocas que antes no estaban", añade.

Los expertos coinciden en que la condición indispensable para entrar en el agua de estos entornos es saber nadar, incluidos los niños, que continuamente deben estar vigilados.

También hay que prever posibles desvanecimientos por el contraste frío-calor, sobre todo en los ríos de montaña. "En las piscinas se recomienda ducharse para que el cuerpo se vaya acostumbrando a la temperatura del agua. Y en estas zonas, hay que introducirse poco a poco y mojarse antes la nuca y las muñecas", advierten. Además, en caso de que se produzca una situación de peligro, Javier Sanz destaca que "hay que flotar de espaldas, siempre con los pies por delante para proteger la cabeza. Y, poco a poco, dejarse llevar hasta alcanzar la orilla".