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LAS CONSECUENCIAS DEL CORONAVIRUS

Las calles de Zaragoza antes y después del covid-19

Varios expertos analizan la ciudad y las cualidades que tiene para atender las necesidades surgidas en la desescalada en la que se demandan corredores verdes y zonas de paseo

 

El paseo Echegaray es un ejemplo de itinerario para peatones y ciclistas. - CHUS MARCHADOR

Corredor verde Oliver- Valdefierro. - CHUS MARCHADOR

CARLOTA GOMAR
23/05/2020

Los balcones de las casas se han convertido en plazas públicas durante las semanas de confinamiento. Y las calles en lugares festivos y de encuentro durante las horas permitidas para el paseo, pero desde la lejanía. La pandemia ha marcado un antes y un después en una sociedad que ahora mide las distancias que le separan de los demás y huye del transporte público.

La crisis del coronavirus ha generado un miedo que dejará huella en las personas y que puede cambiar el concepto de ciudad y las necesidades de sus habitantes, que ahora evitan las calles estrechas y buscan los bulevares y paseos amplios. Por suerte, Zaragoza ya tiene mucho trabajo adelantado y lleva años transformándose en esta dirección. La Expo del Agua del 2008 y la línea 1 del tranvía contribuyeron a cambiar la escena urbana, con más itinerarios para peatones y corredores que conectan el centro con los barrios, pero no con todos, y una red ciclable envidiable. El objetivo: que las ciudades sean amigables y que no sea necesario utilizar el coche para desplazarse.

El arquitecto especialista en Urbanismo Pablo de la Cal, uno de los responsables de las riberas que tiene ahora Zaragoza, descarta la idea de que el concepto de ciudad desde el punto de vista urbanístico vaya a cambiar por la pandemia y las necesidades que se han creado. «Las ciudades son lo que son y se van adaptando con los años. No hay que hablar de un nuevo urbanismo, lo que tenemos que hacer es mejorar la ciudad y hacer las cosas bien para que sea más cómoda y accesible», explica. «Ahora nos da miedo sentarnos en un banco, caminar por una calle estrecha o subirnos al autobús, pero esto es coyuntural y volveremos a hacerlo», asegura. Coincide con Iñaki Alday, experto en Urbanismo y artífice de la primera reforma del paseo Independencia. «Cuando pasamos de 12 carriles a 6 se generó un gran revuelo y fue todo un escándalo. Hoy hay dos y el paseo se ha convertido en uno de los más utilizados», recuerda. Prueba de que ese era el camino es que los nuevos barrios se construyen con grandes avenidas y zonas de paseo.

Desde Nueva Orleans explica que Zaragoza tiene que seguir trabajando por mejorar los barrios consolidados, peatonalizando calles, creando pequeñas plazas y supermanzanas que permitan a sus vecinos disfrutar de su barrio en la calle. Admite que por su densidad es complejo pero que podría solucionarse creando paseos itinerantes hasta las riberas del Ebro o el corredor de Oliver-Valdefierro. De este modo, prosigue, los vecinos tendrían por donde pasear hasta llegar a una gran zona verde de la que carecen.

El problema que tiene la ciudad es que mientras en el centro se han creado corredores como el paseo Sagasta, Constitución, Gran Vía o Fernando el Católico, los barrios consolidados se han quedado en el olvido. «Por eso son tan necesarios los planes de barrio», apunta De la Cal que insiste en que hay que arreglar sus calles, crear plazas y zonas verdes para que no se conviertan en distritos envejecidos y sin atractivos.

En este sentido, el jefe de Planeamiento Urbanístico del Ayuntamiento de Zaragoza, Ramón Betrán, admite que las supermanzanas son necesarias «con o sin pandemia» y que hay que tender a crear más plazas en los distritos, sobre todo los más antiguos, que carecen de estos espacios. «Lo hemos hecho en el Casco Histórico, donde hemos creado solares y pequeñas plazas como la de Ariño o San Bruno». Según Betrán, la pandemia ha mostrado las debilidades y las deficiencias, sobre todo en las viviendas. «Nos hemos dado cuenta de que no solo son para dormir», matiza.

Alday añade que los barrios más pobres son los que más han sufrido el confinamiento por la habitabilidad de sus hogares, con pisos pequeños, sin luz, sin un balcón o un terraza lo que ha provocado una gran necesidad de disfrutar de la calle. «Lo que nos pasa es que estamos hartos de las redes sociales y queremos salir», añade, e insiste en que es vital atajar las desigualdades que con el coronavirus se han potenciado, pero que no son nuevas. 

«El gran reto que tenemos es el cambio climático, y las ciudades tienen que trabajar en esa dirección», comenta. Por eso ve esencial que se siga reduciendo el uso del coche en favor de los desplazamientos a pie, en bici o transporte público. Tanto Alday como De la Cal creen que Zaragoza tendría que apostar por la segunda línea del tranvía, ya que está comprobado que contribuye a mejorar la escena urbana y es más sostenible.

Betrán, que también cree que hay que potenciar el transporte público, ve prioritario que se creen recorridos para poder realizar los desplazamientos sin necesidad de coger el coche. «Esto solo se consigue si les ofrecemos alternativas con itinerarios para ir a pie o andando y con un buen transporte público», reitera.
A su juicio, la pandemia no ha creado nuevas necesidades ni debe afectar al urbanismo. «Espero que no cambie nada. Las personas somos seres sociables y las ciudades están pensadas para socializarse. La idea del distanciamiento social, ahora justificada, es contraria a esta norma. Tenemos que crear más espacios públicos y al aire libre para disfrutar». 

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