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UN AÑO DEL VIRUS QUE NOS CAMBIÓ LA VIDA

El consultorio como trinchera

Los profesionales de los centros de salud vivieron con temor la primera etapa por la falta de protección. Un año después, los equipos se han unido, pero acusan el cansancio

 

Pilar Albás (primera por la derecha) junto al equipo covid de Fraga, a las puertas del pabellón covid. - EL PERIÓDICO

La médico de Atención Primaria, Pilar Lafuente, a las puertas del centro de salud de Delicias Norte. - EL PERIÓDICO

LAURA CARNICERO
28/02/2021

Del miedo a lo desconocido al alivio de la vacunación. En apenas un año, los centros de salud han vivido una auténtica revolución. De ser la puerta más cercana al usuario, a cerrar a cal y canto y convertirse en la primera trinchera frente al virus. Con la desescalada comenzó un proceso lleno de incertidumbre entre el rastreo de casos, la realización de las pruebas y, por fin, la vacuna. Los consultorios aragoneses han capeado cuatro envites del coronavirus, y lo han hecho, aseguran sus profesionales, «más unidos que nunca».

Si la primera ola se cebó casi con todos por igual, el susto de la desescalada se lo llevaron en Fraga y en la comarca del Bajo Cinca. Pilar Albás, coordinadora de Enfermería y del equipo covid del centro de salud, recuerda que en ese momento «se hizo lo que se pudo, pero lo que hacía falta eran respuestas políticas que llegaron tarde». Los brotes en los mataderos y en el inicio de la campaña frutícola hicieron de Aragón la diana de todos los titulares del verano, y fueron los causantes de que la comunidad haya vivido una ola más que el resto de territorios en España. «En mayo ya abrimos un pabellón covid para los temporeros, pero solo un día después del fin del estado de alarma, estábamos de nuevo confinados perimetralmente», rememora Albás.

En ese momento, a la par que la lucha contra el virus se libró otra batalla contra la estigmatización. «Desde el minuto uno explicamos que estábamos detectando casos en todos los sitios, pero quienes no tenían las condiciones adecuadas de habitabilidad y la posibilidad de cumplir el aislamiento eran los temporeros. Por eso insistimos en ofrecer alternativas para evitar que se contagiaran unos a otros en las viviendas que compartían», indica. Un año después, las autoridades han empezado a moverse, pero Albás cree que las recomendaciones «se quedan cortas» de nuevo. «Ya estamos recibiendo migrantes, la nueva normativa dice que el empresario debe garantizar la vivienda, pero ¿qué pasa con los que no tienen papeles? Ahí está el problema, y se debería actuar para que tengan una ubicación fija y evitar los errores del pasado», insiste.

Del Bajo Cinca a Delicias

Los brotes del Bajo Cinca llegaron con unas semanas de decalaje al zaragozano barrio de Delicias, que vivió su particular explosión de casos entre julio y agosto. Allí se pusieron en marcha los equipos de control domiciliario de covid, para cerciorarse de que se cumplían las cuarentenas. «La ola de agosto nos pilló demasiado pronto. Contábamos con que tras la desescalada habría casos, pero aun así fue inesperado», recuerda Pilar Lafuente, médico de familia del centro de salud de Delicias Norte, que fue coordinadora del centro también en la primera etapa de la pandemia. «Lo más duro fue el mes de marzo, por la falta de equipos de protección, por la incertidumbre de no saber a lo que te enfrentabas y porque las decisiones de las autoridades sanitarias cambiaban de un día para otro», asegura.

La tercera ola --Pilares mediante-- también sacudió a estos ambulatorios. Pilar Albás recuerda un dramático récord. «El 1 de noviembre todo el equipo trabajamos 14 horas sin descanso, haciendo test masivos porque salían muchos casos en núcleos familiares, y nos encontramos con otro problema, que la gente no daba todos sus contactos estrechos», lamenta. Para Lafuente, en Delicias Norte la tercera y la cuarta olas han sido algo más livianas. «O quizá es que ya tenemos normalizada la situación», reflexiona.

A lo que no se acostumbran --ni quieren-- los profesionales sanitarios es a renunciar al contacto con el paciente, y lamentan las quejas de los usuarios. «Nos gustaría que la gente no nos viera así, nos estamos tomando mucho interés, trabajamos muchas horas y es cierto que hay cosas que se pueden hacer por teléfono. Tenemos que recalcar que los centros no están cerrados», manifestó Lafuente. Si el covid-19 ha traído algo positivo, ha sido el refuerzo de las plantillas y la unión de sus profesionales. «Estamos cansados, pero hemos hecho piña y los compañeros nos servimos de autoayuda», afirma Albás.

Ahora llevan dos meses abriendo camino hacia el final del túnel, con la vacunación. «El problema no es de nuestros recursos, es de la disponibilidad de los viales que nos mandan. Ojalá avanzara más rápido», añade Lafuente. Un año después, en la trinchera frente al coronavirus, el compromiso sigue intacto.

 
 
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